Aquellos que me conocen y que se han aventurado a leer mis novelas o piezas teatrales, saben que mi primera incursión en el mundo de los blogs (extraña e insulsa palabra que trataré de evitar) no podría llevar otro título. Pronto se van a cumplir ocho años desde que una fría mañana estaba en el Corral de Comedias de Almagro vendiendo las entradas para la representación de la noche. No recuerdo si se trataba de La Mandrágora, Entre bobos anda el juego o El médico a palos. No era un día en que hubiera muchos turistas en la ciudad y parecía que no íbamos a vender muchas entradas. Desde detrás de la reja de la ventana miraba la plaza, mientras el viento frío se incrustaba hasta los huesos. No parecía un día ideal para que la inspiración se acercara y me ofreciera una buena historia. Por entonces mi bagaje literario no era amplio: una novela autopublicada y otra terminada (ambas nacidas de guiones que nunca llegaron al cine). También había escrito varios cuentos, tres obras de teatro y otros guiones que estaban guardados en carpetas después de que un productor me amenazara con echarme del mundo del cine al negarme a alterar uno de mis guiones que él quería producir.
Después de muchos años de pensar en ello, sigo sin saber por qué algunas ideas que considero buenas terminan olvidadas en un callejón sin salida, mientras otras que no parecen muy originales me guían hacia hermosos caminos que merece la pena transitar.
En aquella mañana de otoño una conversación trivial sobre piratas y niños perdidos se convirtió en el origen de Y el pirata creó el mar, la primera novela que escribí sin contar con un guión previo. Entonces estaba muy lejos de imaginar todo el gozo y la emoción que me produjo esa novela, tanto en su gestación como en la repercusión que ha tenido en muchos de los lectores que se han atrevido a leerla y que se han convertido en los principales distribuidores.
Ocho años después bastantes cosas han cambiado en mi carrera, aunque sigo siendo un escritor ajeno a las grandes editoriales y a los agentes literarios. Ahora lo veo como una opción en la que merece la pena trabajar bajo el lema: Del autor al lector, con el que mantengo mi sello editorial, Baobab Ediciones; mi página web, ebaobab.com; y una tienda enfrente del Corral de Comedias de Almagro donde tengo toda mi obra a disposición de los que quieran conocerla y darme su opinión.
Ahora este «pirata» crea su cuaderno de bitácora con el título de La biblioteca de los proscritos, desde donde daré salida a aquello que no cuento en los libros, a algunos relatos y hasta una novela con forma de parodia política por entregas a la que se le pasó el tiempo de la publicación, aunque no el humor con el que miró una época de la historia de España que es difícil de clasificar como reciente o remota.
Francisco Romero