La biblioteca de los proscritos

Octubre 23, 2006

Capítulo 4 Graznarín

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DE CÓMO TRIUNFANTE SALIÓ GRAZNARÍN DE LAS URNAS Y EL BRUJO FRAGANTE LE MANDÓ LLAMAR A PALACIO PARA CONOCER
LA CATADURA DEL NUEVO ASPIRANTE.
 

El ansiado y temido día de la gran batalla de las urnas en la ínsula castellana llegó. Una muchedumbre se disponía a decidir sobre el futuro político del héroe trovador y de su fiel escudero. Ambos recluyéronse en el castillo que el gran Brujo tenía en la zona. La espera fue tensa y muy pendientes estuvieron de los datos y sondeos que los canallescos gacetilleros daban en radios, televisiones y prensa de diversas filiaciones.       A medida que los escrutinios alentaban sus ilusiones, nuevos amigos aparecieron por la sede prestos a dar ánimo y abrazos al valiente trovador. Coces turbado se mostró por tanta amistad espontánea y comenzó a cavilar mosqueado. Pensaba que si muchos se acercaban al señor Graznarín serían más a repartir, y privilegios por él bien ganados, podrían ser reclamados por vulgares aduladores que con falsas lisonjas, llenas de malicia, se dedicaban a trapichear en su contra para que perdiera la benigna influencia que sobre su señor ejercía. 

         Aprovechando un momento en que solos se encontraban, quiso plantearle a su amo la inmensa duda que se barruntaba entre sus sienes.

         –Mi señor y amigo Graznarín, muy preocupado me siento y en aqueste momento cierto dolor me reconcome en las entrañas. 

        –¿Por qué temes Curro? Estos hermosos momentos son de esperanza y grande ilusión, la victoria se acerca y sólo el comienzo es de una inmensa gloria que ante nosotros se arrodilla. 

        –Si por eso bien que me alegro, lo que preocúpame es ver a tanto zascandil avispado en busca de prebenda por los alrededores, y muy prestos dirígense a abusar de vuestra generosidad. Témome que con su falso vasallaje y sus malas artes pretendan alejarme de su confianza. 

        –No temas en vano mi fiel y querido escudero, por muchos que vieres acercarse y a mi cuerpo abrazarse, ninguno como vos tuviera mi confianza. Es grande y farragosa la tarea de gobernar, y sobre nuestros hombros, aunque poderosos, en solitario no podremos soportar. Necesitaremos consejeros, secretarios, subsecretarios, delegados y asesores que a nosotros obedezcan y que de responsabilidad nos descarguen en ingratas tareas. 

        –¿Tanta gente mi señor es necesaria para chupar del bote? –preguntó sorprendido. 

        –La gente de confianza nunca es suficiente, pero fíate de mi entendimiento que no todos los que vieres aparecer rebosantes de felicidad por aquesta puerta me harán creer que son fieles, pues de buena tinta sé que el siniestro sevillano ha enviado a alguno de sus bellacos con las turbias intenciones de cizaña sembrar entre mis fieles seguidores.

         –Deje a esos en mis manos señor, que como a alguno pille, con estos mis puños que en martillo convertiré, tal somanta de palos les daré que ni el sevillano ni sus madres volverán a conocerles.

             –Bien que te creo, Curro, y en ti mi total confianza ratifico. Mas te digo que nunca temas por mi gratitud, que si tú fiel siempre me fueras, el inicio de mi lista de por vida ocuparás y tus consejos serán los primeros que este servidor escuche.         –Gracias señor, y perdón le pido por mis indignos temores.

         –No tan indignos, ya dijo un glorioso gobernante que donde hubiera consejero diligente y precavido, lugar no había para asesor pervertido. 

        Un emisario llegó corriendo con la buena nueva trayendo: el pueblo había dictado su ley, Graznarín había triunfado en buena lid y las huestes del sevillano se batían en retirada antes que quedarse a reconocer su derrota e inclinarse ante el nuevo gobernante. 

        Legión de aduladores al emisario siguieron y todos, enfebrecidos por el cava derramado, hasta altas horas de la madrugada la victoria celebraron. Planes y proyectos se hicieron por miles: yo no ambiciono y me contento con una consejería; para mí qué menos que una secretaría; modesto soy y de subsecretario me conformo; un pequeño despacho en palacio y ya me haré yo mis negocios, aunque tengo experiencia como vicedelegado. Mientras todos elucubraban y su futuro arreglaban, Graznarín se mostró sobrio y sereno, a todos escuchó y habló gustosamente con los cronistas enviados que entre ellos combatían fieramente por obtener el privilegio de conocer sus primeras impresiones. 

        Sus gestas a oídos del gran Fragante llegaron, y el brujo en su bola de cristal una visión tuvo del joven triunfante. A un fiel consejero puso de inmediato a investigar para que reuniera todos los datos y le hablara de ese nuevo portento que hechuras de primera figura tenía, aunque nunca presumía e iba camuflado de subalterno.

         El consejero corriendo llegó a la guarida en la que el brujo, desde antes del alba, laboraba perfeccionando sus últimos conjuros que no habíanle reportado los premios por él deseados, y molestos efectos secundarios aparecieron en los conjurados. Tantos lustros de hechizos factura pasábanle al viejo por su ambición de hallar el elixir de la eterna juventud que al Ministerio de Información y Turismo le devolviera o a su embajada en la Gran Bretaña, que tampoco mal destino fuera.        

        Fragante se levantó como un rayo y a su consejero interrogó sin desmayo. 

        –Vamos,¿a-qué-esperas?Dímelo-todo.¿Quién-es-él?¿Cómo-me-conoció-a-mí?¿A-qué-dedica-el-tiempo-libre?Contéstame,lo-quiero-saber-todo.Vamos-no-te-quedes-ahí-parado-mirándome-con-esa-cara-de-estúpido –dijo Fragante, para él nunca había tiempo que perder y las pausas estaban de más a la hora de hablar. 

        –Parece ser que el discípulo que vos deseabais ha llegado. Hombre hábil es, trovos brillantes no le faltan, al pueblo encandila con la pasión de sus palabras, y mucho respeto y cariño hacia vos guarda. Siempre en sus floridos trovos habla del grande y regio Fragante como al ídolo al que adora y en quien sus ideas inspira. Mayor ilusión no tuviera que vos en su seno le acogieras. 

        –Adulador-y-zalamero-ha-salido.No-fiome-yo-de-tanta-lisonja-llena-de-jabón,pues-éste-escurridizo-es-y-resbalones-propicia.Y-témome-que-mis-fieles-servidores-fáciles-sois-de-engañar-por-fríos-embaucadores-que-de-vuestra-ingenuidad-se-aprovechan.Necesidad-tengo-de-conocer-a-ese-señor-o-tunante,que-cuando-yo-lo-vea-decidiré-la-calidad-de-su-ralea.

         –Os aseguro que pareciome noble, gentil y honrado caballero. 

        –No-buenas-cualidades-para-político-son,pero-hacerle-llegar-el-mensaje-de-que-requerido-en-mi-trono-es-y-audiencia-le-concederé-para-conocer-sus-intenciones,y-si-complaceme-su-calaña,heredero-nombraré. 

         El mensaje del gran brujo Fragante puntual llegó a los oídos del señor Graznarín, que acopládose pronto había al puesto de gobernante de ínsula importante. Antes de emprender tan inquietante viaje reuniose con su fiel Curro y amplio debate tuvieron sobre cómo debieran abordar la corte del Fragante. 

        –Ya ves cuánta razón tenía cuando paciencia te pedí y que confianza tuvieras en mi presteza e ingenio. Si asaltado hubiéramos la corte del brujo para hacernos rápidamente con fortuna, breve historia seríamos y olvidados de cronistas yaceríamos lacerados.

         –Grandes profecías las por mi señor proferidas. Indigno y mentecato fui por mis cortas luces de antaño. Mas con vuesa luminiscencia he aprendido y en hábil estratega voyme convirtiendo. 

        –Muy cierto es Curro que cientos de leguas por sórdidos caminos ha recorrido vueso trovo y vueso seso hasta convertirse en pulido diamante que miles de brillos lanza a cualquier diestra oreja.

         –Abrumado siéntome con vuestros generosos halagos que excedidos parécenle a este humilde lacayo. 

        –Elogios no os regalo puesto que justos son, aunque senda larga os queda por recorrer para seducir con majestuoso virtuosismo a las masas que a vuestros trovos acudirán, y aún mucho más para desenmascarar a rufianes con la sublime locuacidad de vuesas proclamas. Mas ahora otro tema nos ocupa que peliagudo ha de resultar si preparados no estamos.–Hable mi señor, soy todos orejas.

         –Duras pruebas he de superar para la confianza ganar de Fragante caballero.

         –Airoso saldréis de la contienda señor y con mi fuerza y apoyo contaréis.

         –De esto hablarte quisiera. Esta prueba de hombría, para la que reclamado soy, solo he de afrontarla; sin ayudas ni sustentos esta pendencia superar debo para alcanzar el alto rango de primer caballero y brujo consorte. 

        –¿Qué será de mí mientras vos sufre de tan terribles poderes? 

        –En tus manos encomiendo mi ínsula durante mi ausencia. 

        –Pero señor, sin su aliento solo me siento, y terrible congoja a mi garganta sube ante la inmensa carga que he de llevar sobre mi chepa.

         –No temas Curro, con enjundia saldrás de la prueba y unos consejos te daré para que llevadera te sea la tarea. Hazte ver lo menos posible, las más de la veces las circunstancias por si solas cursan sin que gobernante se infiriere. Si gacetillero o cronista hablar contigo quisiera, a apretada agenda alude para evitar la refriega.

         –Y sobre inauguraciones, comidas o celebraciones, ¿qué hacer yo si surgieran? 

         –Nada previsto hay en fechas próximas, pero si los días pasaran y mi regreso no se produjera, reza por mí Curro.

         –Pero a vos no os puede pasar nada.

         –Perfectos no somos y nuestros días siempre un final tendrán, y si no nos volviéramos a ver a tu libre albedrío encomiendo mi ínsula y confiado en tu rectitud de gobierno. 

        La intensa emoción los embargó y lágrimas de sus ojos brotaron y a través de sus jetas corrieron por la inmensa pena que les causaba su primera separación desde que tan fraternal unión formaran.

Octubre 16, 2006

Capítulo 3 Graznarín

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DE CÓMO A LA CONQUISTA DE LA ÍNSULA SE LANZARON Y TRAS SUPERAR AFRENTAS Y CONOCER LOS PELIGROS DE LA PRENSA A PIE DE LA URNAS LLEGARON  

Terribles fueron sus primeras cuitas y muy graves las afrentas recibidas por las amenazas lanzadas desde las huestes del Virrey de Sevilla en los campos de Castilla, pero si de algo andaba sobrado Graznarín era de paciencia y astucia, que no Coces, ya que ansioso estaba por entrar en combate y repartir mandobles a diestro y siniestro que con los huesos de los tunantes en el suelo dieran. Como acceder no podían a los fortines de las ciudades más importantes, vigiladas muy de cerca por los malandrines adiestrados por Arfonzo el Batallador, tuvieron que comenzar su combate lanzando sus arengas por pequeños pueblos, diminutas villas y demás territorios alejados de la mano severa del señorito. Tierras todas que en su día habían pertenecido al ilustre y docto Duque de la Eterna Promesa, moderado caballero, alejado de pendencias e injurias, y lleno de buenas y nobles intenciones con las que confiaba gobernar a sus súbditos durante siglos, pero en gobiernos y políticas las buenas intenciones, sólo parecellas que no tenellas, decía uno de los dogmas básicos del manual del líder triunfador que cierta fría y rígida gobernante de la pérfida Albión, manca del brazo izquierdo pero de diestra implacable, había escrito y era libro de culto para jóvenes uniformados de pelo engominado que con ser líderes triunfantes soñaran. Graznarín se lo había leído con fervor y devoción, y en su libro de cabecera lo había convertido como si de Biblia se tratara. 

         Siguiendo un estilo populista en sus variados y floridos trovos, dichos en plazas de pueblo como si pregón de fiestas proclamaran, sus primeras victorias y adhesiones trajéronle. Mientras su amo trovaba con belleza, Coces, dejando de lado sus pendencias, bolsas de caramelos compraba y repartíalos entre grandes y chicos con sonrisa forzada, y con la orden dicha por su jefe de labios prietos y mueca sonriente, porque de boca cerrada no salían improperios. Curro, a pesar de su natural sufrimiento, airoso supo salir del encargo y muy pocos mamporros se le escaparon comparados con los miles de dulces regalados.

         La hábil estrategia electoral de Graznarín fue ganándose de la confianza de gentes descontentas por los indignantes olvidos que hacía gala en su mandato el Virrey de Sevilla, y su número de seguidores y adeptos fue en claro aumento, por lo que agenda hubo de comprarse para guardar nombres a quien entregar cargos a cambio de devociones si de triunfador saliera en el terrible duelo de las urnas.

         Con numerosos aliados y la justa fama obtenida por sus palabras, el cada vez más ilustre y admirado trovador vio cómo las puertas de los castillos se abrían y sus teatros se llenaban para escuchar al joven de poblado mostacho que a las huestes del sevillano ponía en retirada con la única arma de su pecho descubierto y su locuaz palabra. 

         Antes de su primera gran actuación ante una multitud ansiosa y con notarios de la actualidad, cronistas y peligrosos gacetilleros como testigos, llamó a su fiel Coces y cruzó con él unas importantes y muy decisivas palabras que a su futuro afectaban.

         –Sacrificio te pido mi querido Curro. Decisivo momento ha llegado para nuestro glorioso futuro, y fallos no podemos cometer que nos devuelvan a polvorientos caminos, posadas infestas e indigestos bocadillos de mortadela. Si en hoteles confortables queremos dormir, si en restaurantes caros anhelamos yantar, si por el cielo y autopistas deseamos viajar, y si nuestro sueño de palacio habitar queremos cumplir, tú has de poner mucha atención a mis palabras –dijo con gran solemnidad.

         –Tú díceme que yo escúchote con atención, y mi discernimiento sabrá con claridad entender el significado de tus dictados –dijo Curro, sintiendo que ya iba haciendo grandes progresos en la composición de sus propios trovos.

         –Hoy no sólo seré escuchado por el pueblo que me ama. En la sala también estarán presentes otros seres de oscuras y retorcidas intenciones, buscadores de carnaza como buitres, pero con garra afilada como leones. Parecen inofensivos cuando se acercan, sonrisa muestran y palmada presta, pero siempre hay que temellos como si de sarna se tratase.

         –Dígame señor quienes son esos truhanes que reventar su trovo pretenden. Ya ganas tenía de entrar en acción y os aseguro que sabré darles las caricias que se merecen. Después de conocer mis regalos, nunca más ganas les quedaran de acercarse a gente honrada –dijo frotando sus manos y con grande sonrisa en su cara.

         –¡Pardiez Coces, pero qué barbaridades dices! –exclamó asustado–Esa gente es intocable, y por el futuro de nuestra causa debemos estar a bien con ellos.

         –No os entiendo señor. Si enrevesados, taimados, infieles, traidores y pendencieros son, ¿por qué hemos de buscar sus favores? Cuando con cuatro mamporros o cachetes bien repartidos hasta el fin de los tiempos os libraré de ellos.

         –Gran y terrible error mi fiel Curro, estos tipos no obedecen las reglas de caballería, no aceptan duelos en igualdad de condiciones; pérfidos y escurridizos son, con sumisión y respeto te reciben, pero cuando les das la espalda, tienen la potestad de contar a millones de individuos lo que ellos quisieran aunque de verdades no se trataran, y muy influyentes son en las decisiones de las gentes que a las urnas se acercan.

         –Y digo yo mi señor que cómo de habérnoslas bien podremos con gentes de semejante calaña.

         –Dices bien, fácil no es de ganarse su confianza, hemos de evitar cualquier duelo u hostilidad con esos pendejos. Cuando ellos desenfundan pluma, desenvainan micrófono o apuntan con cámara, sonrisa hemos de poner y decir las hermosas palabras que ellos quisieran escuchar. Tampoco de parecer tontos se trata, pero sí de administrar las palabras y los gestos como si valiosos tesoros fueran. Sin que de vanagloria parezca, triunfos nos hemos de adjudicar e irónicas punzadas contra los sevillanos lanzar, pero que nunca parecieran agresiones, puesto que conciliatorio nuestro talante debe parecer y el gran brujo Fragante por nuestra listeza y habilidad nos debe apreciar. Y objetivo nuestro es que llamados a su corte en breve tiempo seamos.

         Curro comenzó a mostrarse inquieto, y se rascaba la cabeza con gesto extrañado.

         –Lección difícil esta mi señor. No sé yo si en tan poco tiempo mis entendederas asimilarán tanta sabia docencia que vos habéis lanzado hacia mi sesera sin indulgencia.

         –Por eso te suplico discreción y mucho silencio. Mantente lo más alejado posible de tan fieros malandrines y embaucadores, y en el caso de que ellos te asaltaran, tú las manos siempre prietas en los bolsillos y con una sonrisa, como si de anuncio de pasta de dientes se tratara, has de comentarles que en todo coincides con mis opiniones y que muy gustosamente yo les daré todas las respuestas a las preguntas que ellos formulen por arduas que fueran.

         –Así lo haré si vos lo queréis, aunque vive Dios que después de lo que habéisme relatado, me gustaría desfogarme con alguno de aquestos tipejos por los tremendos atropellos que vos dice que comenten y por sus traiciones al noble espíritu de caballería.

         –Ten paciencia, alguna vez lo harás, cuando las condiciones óptimas se presenten.

         –Y digo yo que si pillo a alguno solo, sin pluma, sin micrófono y sin cámara, y sin testigos cerca que puedan ratificar su palabra, ¿podré darle un pequeño correctivo como pago anticipado por sus patrañas? –dijo, esperando una mínima recompensa.

         –¡Peligro Curro! Mucho peligro tienen tus honorables intenciones, porque esos seres nunca indefensos se encuentran, y son como demonios que se reproducen por ciencia infusa y de sus cenizas renacen como dragones cornudos. Haz lo que te he mandado que nuestro triunfo está asegurado.

         –Sea como vos queréis. Afable y cordial me mostraré aunque conjuros y maldiciones para mis adentros pronunciaré para que los siete males les ataquen.

         –Sobre deseos y conjuros trátalos como gustes, pero de palabra que no se te escape ni un mínimo insulto.

         Cumpliéronse los objetivos del muy lúcido e ingenioso Graznarín, y triunfante salió de su primer recital de trovos en enorme auditorio y ante selecta audiencia. Los terribles críticos gacetilleros, lejos de calumniar al nuevo aspirante a líder, comenzaron a entrever al posible sucesor del brujo Fragante si en la aquesta de la urnas derrotaba al enviado del agreste sevillano, y algunos más despabilados se atrevieron a presagiar para un futuro no muy lejano el más terrible duelo que el reino viviera desde los tiempos de gran Rocinante. Por un lado el bello y cruel Felipe, trovador insigne, virrey de Sevilla y reconocido en Oriente y Occidente como el mayor hacedor de parábolas que los tiempos vieran, y que sólo con su verbo como daga había dejado malheridos en sin par batalla al valeroso Duque de la Eterna Promesa y al no menos arrogante gran brujo Fragante.

          Por otro lado estaba el muy aventajado trovador aspirante, todavía demasiado joven y sin tener la crianza que otorgaban los reveses que servían para moldear las agallas. Pepito, ambicioso y sabedor de sus poderes, muy preparado estaba para emprender tan singular batalla. 

Octubre 3, 2006

Capítulo 2 Graznarín

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DE CÓMO DECIDIERON DESFACER ENTUERTOS Y SALIR EN BUSCA  DE AVENTURAS Y PRESTIGIO QUE A OÍDOS DEL GRAN BRUJO GALLEGO LLEGARAN.  

Durante un largo periodo anduvieron Graznarín y Coces aprovechando las horas de recreo y asueto para abrir un intenso debate sobre cuales deberían ser los pasos a seguir que les situaran en el menor tiempo posible en los umbrales del poder. 

            Andaba el reino dividido en dos importantes bandos, aunque con desiguales fuerzas. Uno estaba dirigido por un viejo brujo gallego bullidor, parlanchín y dominante, pero inmenso trabajador al que era difícil pillar en doblez. El gran Fragante muy temido era cuando organizaba un aquelarre, de infinidad de trucos disponía, pócimas, conjuros y maldiciones para abatir a los pobres ingenuos que trataran de derrocarlo, y su memoria de ballena nunca olvidaba a aquellos infames sujetos que le traicionaban. Su mal de ojo siempre perseguiría a los que herejía cometieran contra su inmensa sabiduría.

             En cuanto al otro bando, y más poderoso desde las últimas justas democráticas, estaba regido por dos insolentes espadachines sevillanos, vocingleros, filibusteros y ambiciosos, de lengua viperina y modales plebeyos que, amparados en su juventud y en el oscuro pasado del gran Fragante, habían sido encumbrados como los grandes revolucionarios que libertad, igualdad, fraternidad, europeismo y OTAN al reino traerían. 

            Existía un tercer grupo con representación global, aunque era mucho menos extenso en número de adeptos que los anteriores y que tenía como líder y califa al gran pensador Boabdil el rojo, el último monarca comunista que en el mundo quedara. Amigo de la reflexión y de fuertes creencias religiosas, pasábase la mayor parte del tiempo rezando en su mezquita. De tarde en tarde, y sin previo anuncio, de su minarete salía y devastadora andanada lanzaba contra barco que a su puerto se aproximara, y dábale igual que lo tripulara amigo o encarnizado rival, pues muy dañado saldría de la refriega quien a tiro se pusiera. 

            Por supuesto existían otros grupos de gran enjundia y poder, pero muy lejos se encontraban y a todo el reino su poder no abarcaba. Esos últimos bandos pareciénronles a nuestros héroes que mucho distaban de saber apreciar las grandes gestas y  victorias que prestos a conseguir estaban. 

             Pepito y Curro se aplicaron y con esmero estudiaron las ventajas e inconvenientes que presentaban los dos bandos dominantes para encontrar al que sus inmensas cualidades mejor conviniera. Muy pronto el clan de los sevillanos descartado fue. Recién formado estaba, gozaba de buena salud y enorme lista de espera había entre sus fieles vasallos para obtener los altos cargos que el estado necesitaba. Además, tanto a Pepito como a Curro les habían enseñado en el colegio que las hordas socialistas y comunistas más devastadoras eran que los vándalos del norte, y toda buena gente sabía que a los niños y curas se comían. Ellos, fieles creyentes, no querían desobedecer a maestros tan cultos, honestos y religiosos. Así que como buenos y honorables caballeros causa tenían por la que luchar y enemigos acérrimos a quienes combatir en su santa cruzada: el  virrey Felipe de Sevilla y Arfonzo el Batallador eran los temibles infieles a los que se tendrían que enfrentar en sanguinarias contiendas que superarían a las más grandes batallas que jamás se narraran en novelas de caballería. 

            Decididos estaban a unir sus fuerzas a las del gran brujo Fragante. Sabido era en todo el reino que el viejo estaba cansado y decíase que buscaba sucesor al que enseñarle todos sus conjuros y pócimas secretas, que dotarían de un poder omnímodo y sobrenatural a aquel afortunado que le sucediera. Graznarín pensó que si todas sus cualidades aprovechaba, podría ser el sucesor del gran brujo, pero un grave problema existía que solución fácil no tenía. Si el presunto heredero no se presentara muy bien preparado para superar las temibles pruebas que el Gran Fragante pusiera, toda la ira de éste caería sobre el ingenuo que profanara su templo, y el desdichado impostor y farsante desaparecería para siempre de la faz del universo. El muy apuesto y valiente Barón Restringe y el emprendedor hidalgo Hernandito de la Mancha con las pruebas del brujo osáronse enfrentar. Intención tenían de alcanzar poderes sobrenaturales, pero escaldados y lacerados salieron de tan terrible embate y nunca jamás en la noche de los tiempos se supo de aquellos nobles impetuosos y no muy sensatos caballeros que al sitial del brujo optaron. 

            Coces pensaba que a ellos jamás les pasaría semejante desgracia, puesto que fuertes e ingeniosos eran y muy partidario se mostraba de coger al toro por los cuernos e ir directos al castillo. 

            –No creo yo que tan fieros sean los brujos como los pintan –dijo con gran suficiencia. 

           Pero Graznarín considerábase más astuto y por algo era el jefe. Pensó que no precipitarse la mejor solución sería, y dejar pasar el tiempo con paciencia, una postura sensata. No podían presentarse en la corte del Fragante en inferioridad de condiciones y sin presentar unos avales con los que muy poderosos parecieran.

            –Apreciado y precipitado Curro, si el gran Fragante viésenos desesperados y ansiosos de poder, nuevas víctimas seríamos de sus temibles y despiadados conjuros, y tal vez diésenos pócima secreta que en burro, en cerdo o en serpiente nos transformara con sus grandes poderes sobrenaturales, y nunca más volviéramos al mundo de los seres pensantes. 

           –Mire vos por mi bien, por su corazón se lo pido, que de burro yo no quisiera vivir. Si es preciso prefiero águila, león o incluso buitre. Yo seré bruto, pero nunca burro mi señor –dijo Curro, preso de un gran congojo. 

           –Anímate hombre y no subestimes mi ingenio. Ten presente que no estás sirviendo a un mago primerizo que vulgares palomas saca de un pañuelo, ni pobre buhonero soy que venda falsas recetas de jarabe medicinal. Alquimista pude ser, pero qué era la piedra filosofal para alguien que puede crear un mundo real sin necesidad de colas de lagartija o hierbas secretas. Yo soy el cerebro Curro, la mente pura y diáfana que todo lo ve. Yo a la meta llegaré sin cadenas que me paralicen, sin hilos que me dirijan, sin mordazas que en mudo me conviertan. Sólo mi trovo y mi ingenio bástanme para romper cadenas, burlar conjuros y exorcizar brujerías. 

           –Cuanto más oígolo mi venerado caballero, más me fío de los poderes de sus pláticas verbales. Mas, ¿cómo piensa vuesa merced vencer a tan temible brujo? 

           –Nada de vencerle Curro, convencerle hemos con una valiosa ofrenda que en señal de concordia y amistad le daremos. 

           –¿Cómo? –dijo muy sorprendido– Perdone señor Graznarín, pero riquezas no nos sobran. ¿Qué ofrenda podremos hacerle al grande brujo para su plena confianza lograr?    

           –Una ínsula, tenemos que conquistar una ínsula valiosa para ofrecérsela al gran Fragante en señal de estima y respeto a su mandato –dijo Pepito, convencido de su gran astucia.  

          –Perdone el señor la lentitud de mis cavilaciones, pero cuéstame horrores encontrar las grandes ventajas de vuestro plan. Pienso yo que si le damos una ínsula al brujo, con más poder él contará y nunca querrá renunciar a su trono.

            –Mira Curro, aquello que oyeres no siempre significare lo que pareciere. Una ínsula conquistaremos a las huestes del desalmado virrey de Sevilla y a los pies de Fragante pondremos, pero nuestra gesta que pareciera el noble gesto de dos fieles súbditos honestos, refinada artimaña es para que el brujo nos conceda audiencia en su corte y nos considere dignos depositarios de sus poderes y conjuros, y gobernadores en su nombre de esas tierras nos proclame. No es lo mismo mi fiel Curro ir a por el trono y salir por la tronera, que ofrecer ínsula y quedarse con imperio. 

           –Qué grandes son tus proclamas amo mío, ya conformárame yo con saber decir algunas de esas fermosas palabras que tan bien colocadas salen de tu boca. 

           –Tiempo al tiempo estimado amigo, pronto, muy pronto poder notable tendrás para que tus dichos dejen de ser coces y se conviertan en leyes. Y las leyes, leyes son y el pueblo las respeta como si de mandamientos divinos se tratara. 

           –Séalo mi señor, séalo como vos decís, que mi emoción muy grande será cuando ese día llegue. 

               Y tras esta acertada decisión, Graznarín y su escudero Coces subieron a su vespa y emprendieron el camino de Castilla para hacer frente a su más dura prueba: la que le podría suponer al valiente trovador el ascenso a la orden de caballería de la Santa Cruzada del gran brujo Fragante.

Octubre 1, 2006

Capítulo 1 Graznarín

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DE CÓMO GRAZNARÍN HÍZOSE AMIGO DE COCES Y JUNTOS PROYECTARON GLORIOSAS AVENTURAS POR UN REINO DE DESDICHAS EN BUSCA DEL PODER.             Era Pepito Graznarín un joven muy despabilado, de ágiles entendederas y de fluido verbo dotado que permitíale componer hermosos y variados trovos. Estudiaba con ahínco en un prestigioso y clerical colegio, de mucho pago, para convertirse en un hombre muy preparado, sagaz, emprendedor y de provecho para la sociedad en el día de mañana. Con un brillante abogado soñaba su madre, con un eficaz funcionario conformábase su padre, pero Pepito ambiciones secretas tenía y sus miras puestas en un lugar mucho, pero que mucho más lejano, aunque planteárselo no quiso a su familia ni afines por temor al escarnio.           

      Junto a sus indudables capacidades intelectuales no uníase un cuerpo esbelto, espigado y musculoso que levantara pasiones, ni siquiera tímidas adhesiones. Menudo era, con flequillo de monaguillo obediente o de aprendiz de novillero impaciente. Sus cejas, hermosas autopistas de pelo negro, tenían cierta tendencia a unirse sobre su apéndice nasal, lo que hacía prever un brillante futuro conciliador entre extremos, pero Pepito aún no había captado esa brillante cualidad de mediador y aterrábale que le pudieran llamar unicejo o cejijunto, u otras cosas peores que se podrían decir. Visto que de debajo de la nariz brotáronle hermosos filamentos, fuertes como cerdas, diose cuenta nuestro héroe de la gran ventaja que muchos políticos le sacaron a frondosos, pequeños, retorcidos, salvajes, siniestros y extravagantes bigotes. Ese era el elemento clave que complementaría su incuestionable personalidad de líder nato que fuera querido, respetado y aclamado por las masas.   

      Pero Pepito no era feliz, triste estaba porque ni la prole, ni tan siquiera los prójimos que le rodeaban, habían sabido descubrir sus infinitas cualidades políticas. Tras sonoro fracaso en las elecciones a delegado de clase, en las que fue el único candidato propuesto, se dio cuenta de que su complejo carisma no era entendido por las masas. Graznarín se sumió en una profunda y trascendente reflexión y, tras muchos dimes y diretes, llegó a la acertada conclusión de que toda empresa política no sólo necesitaba de brillantes trovadores de verbo sonoro y claro, capaces de inventar verdades y que tuvieran una personalidad emblemática y porte regio. Para que su proyecto triunfara y extenderse pudiera por toda la faz de la tierra y allende los mares, necesitaba de un brazo aliado fiel y fuerte, muy devoto a sus ideas y de no sobrada sesera para que complejas preguntas no hiciera, y sobre todo y más importante, que siempre presto a defenderle estuviera de agresiones y afrentas, y a los miserables rompedores de proclamas y trovos amedrentar pudiera y su merecido les diera si a la razón de su lógica no se atuvieran.        

       Andaba por el colegio un joven fornido y bravucón, con semblante de bruto labrador y pose de noble maniquí, hidalgo, cursi y altanero por los finos tejidos que componían su selecta indumentaria. Este sin par y aguerrido personaje era temido y evitado por todos los estudiantes, profesores y clérigos con sotana que por el colegio andaban. Su espíritu pendenciero y los golpes por él lanzados, tanto de palabra como de obra, le habían convertido en el mancebo más duro y temerario de la comarca y alrededores. En el colegio era conocido por “Coces” aunque nadie que en sus cabales estuviera había sido lo suficientemente osado para nombrárselo en su cara. Curro, que era el nombre del que Coces presumía, aparte de sus notables cualidades físicas y de su facilidad para la provocación y amenaza, no debía de ser muy tonto puesto que los cursos aprobaba y en convertirse en alguien muy poderoso confiaba. 

           Un día paseaba Pepito triste y cabizbajo por el patio del colegio, iba pensando en cómo podría un brillante joven normal hacerse respetar en un mundo hostil en el que sólidos valores tradicionales de la familia habían sido aplastados por unos melenudos de abrigos largos y lanzadores de proclamas hippies de amor libre, vivencia comunal y que puño en alto pregonaban los peligrosos valores de la anarquía, comunismo y libertad. Curiosamente, presumían todos ellos de haber estado en París durante la excursión de fin de curso de mayo del 68, mientras él se tuvo que conformar con una modesta visita a la feria del campo, y mucho fue el disfrute recibido cuando vio en televisión una hermosa demostración sindical en la que miles de trabajadores, vestidos de inmaculado blanco, realizaban hermosos y bien planificados ejercicios gimnásticos. 

            En un banco del patio se encontraba Curro mondando y devorando con saña una enorme bolsa de pipas. Solo estaba y su rostro fiel reflejo era de la satisfacción que producía el estómago lleno. Pepito, siempre ágil, pensó que fiera bien comida el peligro perdía, y dócil y juguetona mostrarse podría si con habilidad sus piezas movía. Mejor momento de abordaje nunca hallaría. 

           –¿Sentarme puedo en aqueste lado? –preguntó Pepito, situándose a la diestra de su banco.   

           –Bueno, pero tú no pienses que pipas a mi costa comerás –respondió Curro con cierto resquemor.

           –Regaliz prefiero maese Curro –dijo, mientras sacaba varias barritas del bolsillo–. ¿Quiere vuesa merced una? 

           –Bueno, comerémela más tarde –contestó al tiempo que las cogía todas. 

           Desde ese momento los dos pensaron que habían ganado la batalla. Pepito cerciorado estaba de que contaría con un brazo poderoso y fiel a su lado por el módico precio de una barras de regaliz; mientras Curro había logrado a un suministrador que no le exigía pipas a cambio, y que parecía fácil de doblegar en caso de afrenta o disputa. 

           –¿Qué glorioso futuro vislumbra en lontananza vuesa merced lograr? –preguntó Pepito. 

           –¿Qué has dicho? –dijo Coces, preparando el puño por si de agresión, mofa o insulto se tratara. 

           –Te decía que qué quieres ser de mayor. 

           –¡Ah! ¿Se trataba de eso?  

          –Claro, ¿qué habías entendido vos? 

           –Algo parecido ciertamente. Para vuesa complacencia os diré que importante y muy poderoso caballero seré. 

           –¿Cómo lo piensas conseguir? Suponiendo que impropia la pregunta no consideres. 

           –Aún no lo sé, pero ten por seguro que lo lograré. Y tú, ¿qué quieres ser?  

          Pepito, antes de contestar, rígido puso su cuerpo y situó en posición enhiesta su precoz bigote. 

           –Yo líder, el líder político más importante que esta Europa haya dado, diese o diere.  

          –Pero, ¿tú sabes cómo hablarle a las masas y que ellas te sigan sin condiciones? 

           –Claro que hablar sé, nunca lo dudes maese Curro. Trovador soy, mi palabra es fluida y mi verbo locuaz, es más, sé muy bien lo que sugiero cuando digo y conozco plenamente el sentido de lo referido. Yo puedo convencer a todos los que me oyeren de que mis relucientes argumentos aportan las mejores ideas para que el cumplimiento de la felicidad llegara a la nobleza, hidalgos, plebeyos y demás gente de baja alcurnia.  

           –Joder, eso es la leche –dijo Curro fascinado–. Con esas palabras tan bien arrejuntadas pudieras lograr todo lo que quisieras.  

          –Palabras solas, aunque sonoras, no bastan y problema grave es conseguir que el vulgo se siente presto a escucharme con devoción. Mi presencia aunque altiva, no deslumbra tanto como mi trovo, y sabido es por anunciantes, camelantes y demás publicitarios liantes que imagen fermosa vende más que cientos de párrafos pulidos y esmerilados –dijo Graznarín con cierta resignación.  

          –Por eso preocuparte no debes mi buen amigo, conmigo a tu lado nadie se atreverá a moverse del asiento, y si yo, sin grandes entendederas, pasaríame siglos que no horas escuchando vuestro rico verbo; el resto del mundo, ¡vive Dios que ha de hacerlo, como me llamo Curro, y Coces me apodan!   

         –Si fiel a mi causa permanecieres, te prométo que haré de ti el hombre más poderoso y temido de este país –proclamó Graznarín con gran solemnidad.  

          –Y tú, ¿qué sacarás con ello?   

         –Yo seré el líder más venerado, respetado y querido que nunca haya existido en oriente y occidente.   

         –De acuerdo –dijo Curro inmediatamente, sabiendo que la veneración, el respeto y el cariño, aunque valiosos, eran cosas intangibles y perecederas, pero el poder era el poder, como su propio nombre indicaba, algo real, directo y nada volátil, y nadie como él lo sabría administrar. Y pobre de aquel que oponerse intentara a sus rectas medidas disciplinarias, pues con su ira topara, que aún no siendo divina para apaciguar a los humanos bastaba.     

             Y así es cómo se conocieron y pactaron sobre su glorioso futuro don Pepito, señor de Graznarín y su fiel y pendenciero escudero Curro Coces. Con esmero se prepararon para lanzarse a un mundo lleno de aventuras y peligros, donde ellos serían los cruzados que impusieran el orden y la paz a cambio de ser proclamados, en solemne ceremonia, como los salvadores de la humanidad.

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