La biblioteca de los proscritos

noviembre 23, 2006

Capítulo 6 Graznarin

Archivado en: novela por capítulos — ebaobab @ 9:15 pm

DE CÓMO REGRESÓ EL CABALLERO A SU CORTE Y COCES LE INFORMÓ SOBRE EL ESTADO DE LA ÍNSULA Y DE SUS PROGRESOS COMO GOBERNANTE DIALOGANTE

El regreso del caballero Graznar a su ínsula muy distinto fue de su solitaria partida. En lujosa calesa tirada por cuatro briosos corceles alazanes, y conducida por hábil y apuesto cochero, marchaba el señor insigne llevando larga espada en su cintura junto a una reluciente armadura. Tras él grande séquito le seguía. Al frente, un glorioso comandante iba encabezando las tropas que el Fragante consideró necesarias para que al señor don José protegieran de malandrines y truhanes. Pendón portaba el comandante para que el pueblo supiera que el ilustre caballero andante, que mano en alto saludaba desde en-cima del pescante, no era un señorón cualquiera que al reino de la fama se asomaba.

A su llegada a la capital de la ínsula Coces salió a recibirle y enorme trabajo le costó reconocer a su jefe. Extrañado le miraba porque ese señor en nada se parecía al hombre enjuto, cuasi escuálido y alicaído que días atrás partiera. ¡Qué porte, qué distinción, qué forma de llevar armadura! Parecía como si cientos de músculos le crecieran y la altura del señor se multiplicara para convertirse en dignatario de enorme talla.

–Pero Curro, ¿acaso no me reconoces? –dijo Graznar extrañado–. Ven y dame un abrazo que tu señor y amigo soy.

Curro despacio se acercó y en grande abrazo se fundieron.

–Perdone señor mi tardanza, pero este gran caballero, que mis ojos han divisado, muy diferente parece de mi querido amigo y señor, Pepito Graznarín.

–Muy cierto eso es. Aquel a quien habéis nombrado ya ha quedado olvidado; era un joven mozo sin vivencia y sin el saber de la ciencia. Ahora primer caballero y de Fragante heredero soy. Y para que malentendidos no haya, te pido que en adelante ni Pepito ni Graznarín me nombres pues no son dignos de mi alcurnia.

–¿Cómo he de llamaros entonces?

–Don José o Señor Graznar cuando en confianza nos encontremos, mas cuando estemos en sociedad, nunca menos que Marqués del Divino Trovo o Conde de la Mueca por estrictas cuestiones de protocolo.

–Así ha de ser señor, aunque témome que ya ni mi amistad ni mi servi-cio aprecie caballero de tan alta jerarquía –dijo Curro compungido.

–Más que nunca Curro. El que las cuestiones del nombre cambien, no deben repercutir en nuestro cariño y profunda amistad. Tu consejo y fortale-za más útiles que nunca me serán y nuestros proyectos continuarán de la misma forma que empezaron. Yo te prometí poder y vive dios que te lo daré.

–Gracias señor por tus tranquilizadoras palabras, pero una nueva duda me corroe en el alma.

–Dila pues Curro, entre nosotros secretos ni mentiras nunca debe haber. La sinceridad es la razón de nuestra amistad.

–Pienso yo que si soy brazo derecho de tan enorme caballero, ¿no cree vos que el nombre de Curro, el mote de Coces y el rango de escudero, muy estrechos se quedan para este servidor?

–Cierto es y mucho he pensado en ello durante esta larga travesía. De-cisión importante he tomado y en el próximo decreto saldrá publicado el nuevo nombre, cargo y rango de consejero tan valioso para este gobernante.

–¿De verdad mi señor? ¿Cuál será mi nuevo nombre, de qué rango gozaré, y cuál será mi cargo? –preguntó Curro muy emocionado.

–Paco Grande Uña será tu nombre, Barón del Puntapié tu rango, y Consejero del Presidente tu nuevo cargo.

–¡Dios mío qué ilusionando me siento! Gracias mi santo y noble señor Graznar. Gran e inmerecido honor me hacéis y mi devoción a vos siempre guardaré.

–Y ahora mi apreciado Paco he de ir a mis aposentos para breve des-canso tomar y cambiar esta pesada indumentaria de guerra por moderno traje de seda. Después volveremos a reunirnos y me has de dar cuenta de todo aquello que en mi ausencia en la ínsula haya ocurrido, y espero que con sol-vencia y diligencia habrás sabido llevar a buen puerto cualquier mínimo pro-blema que durante tu gobierno surgiera.

–Así lo hice señor, y cumplida cuenta de todos mis movimientos a su excelencia daré.

Terminada la reunión, muy rápido Paco salió en dirección a la impren-ta pues asunto de gran importancia tenía que resolver: tarjetas, sobres, mem-bretes, pergaminos y sellos encargó con su nombre, cargo y rango en letras gigantes, para que todo el mundo supiera que para siempre había muerto Cu-rro Coces, y de sus cenizas como estrella renacía ser dotado de sesera, poder y cartera que a la más selecta nobleza para siempre perteneciera.

Don José Graznar hacia su residencia partió y en su dormitorio pesada armadura se quitó. Su cuerpo sudoroso estaba y reparante baño necesitaba. Mientras en la bañera con barquitos jugaba, y se divertía, su mente largas dis-tancias y tiempos recorría, y veíase con paso diligente desfilando ante la afluencia de jerifaltes de toda la grande Europa que a recibir con orgullo sa-lieron a tan alto y dignatario caballero. Tan capaz, tan locuaz, tan trovero, que montera en mano hubo de saludar como torero ante los gritos de acla-mación que recibió tras su aparición y cuando exaltado proclamó su trovo más internacional: «Europa, una unidad de destino en lo Universal».

Después del reposo del guerrero, llegaba el momento de asumir sus obligaciones como gobernante de su ínsula, y con su poderoso consejero se reunió. Primero le contó con detalle sus aventuras en la corte del brujo Fra-gante, que gran curiosidad e interés despertaron en el nuevo barón, puesto que de información necesitaba para enfrentarse a la grandes responsabilida-des que su nuevo cargo entrañaba. Acabada la explicación le llegó el turno a don Paco de informar a su señor.

–Sus órdenes e indicaciones a rajatabla seguí. Me encerré en el despa-cho y dejé que los asuntos de estado resolviéranse a su libre albedrío; durante días aguanté y todo muy bien marchaba, pues nadie osó molestarme aunque yo muy aterrado estaba. Pero como los días pasaron y vuecencia no volvía, ni nada de usted sabía, pensé yo que pueblo solo sin gobierno peligro tenía y noticias había de riñas, pendencias y conflictos que atenían a la soberanía. De mucho valor revestime y la cara di, ya que mi deber consistía en tomar rien-das y tirar del carro de la autonomía.

–Decisión política importante y muy justificada por lo que dices. Or-gulloso y aliviado me siento al saber con la enorme ayuda que cuento.

–Gran provecho ha tenido esta experiencia para mi humilde presencia, y después de vivirla os confieso que no disgustome sentir el poder en mi ma-no y que muy capacitado me encuentro para repartir justicia entre aquellos que la necesiten.

–Grande cualidad la justicia, y dime Paco, ¿qué acontecimientos suce-dieron desde mi marcha que necesitaran de tu valiosa mediación?

–En realidad sólo uno, pero muy feo ponerse pudo si yo no hubiérame enfrentado al caso con talante receptivo y dialogante.

–Alelado me dejas por tu altura y solvencia política, pero continúa que muy absorto me tiene este caso.

–Vino a verme mucha gente plebeya, agrupados en plan querella para dinero solicitar con que su nómina agrandar. Alegaban argumentos pobres y vacuos como si necesidad de comer tuvieran o dar educación para sus vásta-gos debieran.

–¿Qué hiciste?

–Yo, sin inmutarme, les escuché con atención y cortesía, mas habíame leído su manual con atención en el que cuenta que en pagos a la gente baja, mucha moderación. Así que razones de mucho peso diles esperando su com-prensión.

–Sublime Paco, magnífica interpretación de las responsabilidades de un político de consenso. ¿Qué grandes argumentos esgrimisteis para su con-vencimiento?

–Yo díjeles con sobriedad y mucho raciocinio que ni un duro más ve-rían de aquesta tesorería, y que muy contentos se marcharen si nuevo diezmo no les aplicaba. Mas si seguían con la protesta, dos alternativas lógicas y co-herentes diles: o todos despedidos y en la calle, o bien zurrados y encerrados en calabozos hasta que su razón aflorara.

Don José le miraba muy asombrado sin pronunciarse, mientras Paco satisfecho se mostraba por la lección política y de tolerancia dada.

–Paco, una pregunta más. ¿Se marcharon los plebeyos complacidos de tu mediación?

–Lo que se dice muy felices no parecían, pero marcháronse rápida-mente, y, antes de salir, el que parecía su representante díjome que pronto volverían muchos más y bien equipados para entablar pendencia, pero como bien sabéis cobarde no soy y no me dejé amedrentar. Yo le miré fijamente y respondí que si guerra querían yo con gusto se la daría –dijo Paco, convenci-do de su buena obra–. ¿Qué pasa señor, parece usted muy pálido, acaso he actuado con demasiado comedimiento?

–Digamos que impecables tus intenciones han sido, pero sobre tacto, amigo Paco, mucho por aprender te falta. Esa gente es la que nos vota y aun-que dinero no les dieras, palabras debías pronunciar para que al menos la es-peranza mantuvieran. Pero reprocharte no puedo pues lo hiciste sin malicia; ya arreglaré yo este entuerto antes de que daños más graves nos cause.

–Lo lamento mucho mi señor, convencido estaba de que mi acción había sido un prodigio de moderación –dijo el barón del Puntapié, que se sentía muy triste por no haber sabido estar a la altura de su señor.

–Otra importante lección has de aprender. Un político jamás pedir perdón debiera. Si algo mal ha salido, problemas ajenos han sido.

Y tras esta importante lección don Paco se marchó a estudiar sus de-beres políticos, y el ilustre caballero el mando de su ínsula asumió.

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