La biblioteca de los proscritos

Diciembre 18, 2006

Capítulo 7 Graznarín

Archivado en: novela por capítulos — ebaobab @ 5:03 pm

DE CÓMO EL VIRREY FELIPE SE ENTERÓ DE LA NOTICIA Y COMENZÓ A PREOCUPARSE POR EL MUY INSOLENTE RIVAL QUE ANSIABA CON QUITARLE EL CHOLLO.  

Los enormes progresos realizados en su trayectoria caballeresca por Don José Graznar no sólo eran conocidos por los miembros de su clan. El virrey Felipe de grandes medios de escucha disponía, y todos los acontecimientos que en el reino sucedían, puntuales a su despacho llegaban, aunque raramente salían.  

           La pérdida de la ínsula castellana mucho le había dolido, pues confiado estaba en dominar un territorio que hostil siempre se le mostró desde que osó retar en duelo al Duque de la Eterna Promesa, a pesar de la gran victoria que obtuvo en la contienda que se libró. Pudo hacerse con sus tierras y sus castillos, pero nunca logró la fidelidad ni el amor de sus vasallos.   

             Reunido estaba el virrey con su fiel acompañante y astuto consejero Arfonzo el Batallador, por muchos conocido como el supremo liante. Personaje extraño era y nadie indiferente quedaba cuando a su lado pasaba. Muchos odiábanle, unos pocos admiración le guardaban, y algún familiar había que mucho afecto le tenía.  

            –Que no pasa na Felipe, que no pasa na, que te lo digo yo, que esos sólo son unos pringaos –decía Arfonzo con su soltura habitual, que implicaba cierto aire de dominio sobre su eterno acompañante.  

           –No muy seguro yo estoy de tus palabras. Preocupado me siento por este severo castigo que el pueblo nos ha dado en las nobles tierras castellano leonesas. Dudas tengo Arfonzo, comienzo a sospechar que la gente ya no me ama tanto como antes. 

              –Te adora maestro, el pueblo te quiere más que nunca y tú mismo lo comprobaste. ¿Qué te gritaban en la plaza de toros la semana pasada? ¿Acaso las masas enardecidas no chillaban: «Felipe presidente te quiere mucha gente»?  

            –Cierto es que lo gritaban, pero no eran muchos, y me temo que se trataba de mis últimos seguidores.  

           –¡Qué no hombre, qué no! To el mundo siente lo mismo y te llevan en lo más profundo de su corazón. 

            –¿Por qué me han castigado entonces? ¿Acaso yo no les he dado los mejores años de mi vida? ¿No me he sacrificado incontables veces para salvar al reino? ¿Qué quieren de mí? ¿Tengo que morir como mártir para demostrar mi amor por esa tierra?   

           –Desde luego hay algunos malajes con muy mala leche y muy desagradesíos, y otros tipos enrevesaos que se dedican a manipular a la gente sin ninguna ética. Porque mira que hay que ser sinvergüenza para criticar al hombre más bueno y recto que jamás ha existío –dijo Arfonzo mientras le apoyaba la mano en su hombro– Pero tú no te lamentes por un pequeño revés sin importancia, que sólo son un puñao y los tengo a tos controlaos, y como yo a largar empiece, acongojaos los dejó. Porque ya sabes tú que yo no me corto ante una causa justa.  

          –Toda etapa tiene su fin y presiento que el nuestro se acerca. Sueños tengo Arfonzo que a veces se convierten en amargas pesadillas, y donde antes veía palomas blancas volando y flores creciendo, ahora veo buitres, hienas y cuervos esperando.  

           –Tú últimamente estás muy cambiao Felipe, yo creo que desde que has empezao a hacer el psicoanálisis ese tan raro te estás volviendo depresivo. Me parece a mí que el argentino que te está mirando el coco va a ser un intrigante infiltrao del Fragante, y te está haciendo un lavao de sesera pa que te asustes y dimitas.  

            –Es un gran profesional de mi entera confianza. Me lo ha recomendado en persona mi amigo Menem. 

            –Pues como sea su asesor de imagen, estamos arreglaos, ya te imagino mordiéndote las patillas.  

           –Prefiero que dejemos de hablar de ese tema, las cuestiones políticas y las cuestiones del alma no tienen nada que ver. 

             –Tú muy bien sabes que si se te ablanda el alma no sirves pa político. Mírame a mí, pura piedra, mi alma y mi cerebro de acero son. Suerte tienes Felipe de tenerme a tu lao, jamás vas a encontrar a tío más desinteresao y recto que yo. Y como ideólogo estadista precio no tengo.  

           –Es cierto que en ti un gran apoyo encuentro, y te aseguro que sé apreciarlo en lo que vale.   

          –El político teórico y pensador filosófico más grande he sio. Fíjate en el Maquiavelo ese que tanta fama tiene. ¿De quién crees que aprendió to lo que dijo? 

            –Supongo que de los grandes maestros como Aristóteles, Platón, Sócrates o Cicerón.  

           –¡Ande vas! Cantidad de antiguos esos son. Yo se lo he enseñao to al Maqui ese.   

          –Pero Arfonzo, a veces me parece que exageras. Cuando tu naciste, Maquiavelo ya llevaba más de cuatrocientos años muerto.  

           –Hay que ver Felipe, no te enteras de na. ¡Soñome Felipe, él soñome! Antes de encarnarme en este cuerpo glorioso que tengo, yo ya existía en forma de espíritu y vagaba por el mundo. Mis ideas eran tantas que no las podía dejar toas para cuando naciera. Así que las lanzaba a los sueños de algunos tipos muy escogíos. Gente como Cervantes, Voltaire, Napoleón, Marx o Einstein también fueron clientes míos.  

            Felipe asombrado le miraba, incapaz de decir palabra mientras Arfonzo por la habitación ensanchado paseaba.   

           –¿Por qué me miras así Felipe? ¿Crees que yo te iba a engañar? Si todo esto no te lo he contado antes ha sido por modestia, ya sabes que a mí no me gusta presumir, pero te veo tan alicaído que te lo he tenío que decir para que sepas a quien tienes a tu lao.  

           –Estimo mucho tu valía y aprecio tu compañía, por eso mis temores te cuento; y te digo que la operación secreta que el Fragante prepara no me gusta nada. Me temo que esta vez no se trate de fuegos de artificio. Graznar, su nuevo lugarteniente, parece caballero beligerante y con tablas en el oficio. 

            –¡Venga ya hombre! El del bigote ese no vale pa na. Pero, ¿tú le has visto? Si tiene menos carisma que un bote detergente. A ese te lo comes tú sin despeinarte, no iras a comparar este porte señorial y elegante con ese canijo estirao que va to el día almidonao.  

           –No lo veo yo tan claro, quizás todavía esté un poco blando para ser gobernante, pero joven es y no se conforma con alto cargo; su ambición es el poder. 

            –Déjalo que ambicione, eso poco cuesta, y que muchos sueños tenga. Cuanta más alta sea su ilusión, más fuerte será el coscorrón.  

           –¿Tú crees que se estrellará?  

           –Seguro estoy que como fruta madura del árbol caerá, y nadie recogerle quisiera hasta que su bigote se pudriera. 

            –Entonces, ¿tú no te adelantarías a sus intenciones y le dejarías actuar libremente?  

           –Claro hombre, claro, al señor que graznar, hay que dejarle actuar. Él que el trabajo sucio realice y que al brujo le dé mucho orujo y en queimada lo convierta. Cuando al Fragante haya jubilao, pensara que es gente importante, pero entonces como buitres aparecerán los muchos tapaos que hay en su clan y que a río revuelto irán a pescar. Que ellos solos se aniquilen, que nosotros tan tranquilos; mucho jefe hay en ese bando y muy pocos curritos dispuestos a dar el callo.  

           –Dudo Arfonzo, dudo. A mí me da la impresión que con este tipejo todos se pueden juntar, y si en partido grande se unieran, mucho peligro tuvieran.  

           –¿Esos juntarse? ¡Venga ya! Que te digo yo que mucho alto cargo y gerifalte hay en esa panda, que más que un partido parece un pulverizao político. Esos tipos no tienen nuestro honorable talante y además no cuentan con gente de base; ellos son trescientos jefes y un currante. Mientras no hagan como nosotros no tienen na que hacer; aquí to dios a obedecer y sólo tú y yo a mandar.  

           –Si lo ves tan claro, te haré caso, aunque no se me borra de las sienes el tipillo del bigote. 

            –Para que te quedes tranquilo te voy a decir lo que voy a hacer. Yo voy a seguir tos sus movimientos aunque les haré creer que muy confiaos estamos en nuestro dominio, para que ellos se hagan ilusiones. Pero si en algún momento yo viera que ellos planes de unirse tuvieran, yo no me iba a quedar parao; alguna de las mías organizaría para que volvieran a montar un buen fregao. 

            Felipe pensativo se quedó mientras tomaba una decisión. 

             –Te confío este asunto Arfonzo y te pido que no los subestimes, pues no quisiera que cuando cuenta nos diéramos, ya estuviéramos en la cola del paro rellenando una ficha para buscar un trabajo. 

            Arfonzo, al escuchar las palabras de su amo, dio un salto y se agarró a un sillón de madera.    

         –No me seas gafe Felipe ni menciones esa horrible palabra en mi presencia, que escalofríos me dan; y sólo de pensar que tengo que ir al tajo, se me aparece la alergia.    

         Y así es cómo Arfonzo el Batallador, o el Iluminao, como él prefería ser conocido, se hizo cargo de vigilar y controlar los avances que en política hiciera el señor Graznar, y en caso de que su poder creciera, fuertes medidas pensaba tomar.

Diciembre 10, 2006

LEOLO

Archivado en: Opinión — ebaobab @ 8:25 am

Hace pocos días escribí sobre aquello que Tom Waits y su música me habían aportado a la hora de crear. Dije que lo había conocido cuando fui a ver Leolo, y creo que ha llegado el momento de que escriba lo que ha supuesto esa película en mi vida. Me hubiera gustado decírselo personalmente a Jean Claude Lauzon, pero murió poco después de hacer esta película tan grande que me resulta muy difícil compararla con cualquier otra de la historia del cine.

         Si se juzga con criterios meramente cinematográficos no será difícil encontrar algunas películas que puedan estar mejor dirigidas, interpretadas o con una mejor fotografía, y es por eso que no gusta a muchas personas que sólo quieren ocupar una hora y media de su tiempo en ver una película entretenida y que no moleste. Algunos la acusan de que es escatológica, de que tiene violencia innecesaria y de que la historia no se desarrolla correctamente, entre otras cosas.

         Evidentemente no es una película cómoda de ver de la que el espectador no sale indemne. Cuando se estreno no fue un gran éxito en taquilla, aunque estuvo muchas semanas en cartel en las salas de versión original porque la voz se fue corriendo. Y mientras infinidad de películas se olvidan con el paso del tiempo, la leyenda de ese muchacho que lucha desde los sueños contra la locura no ha dejado de crecer.

         De Leolo no sería descabellado decir que puede ser el mejor sueño de la historia del cine o la mejor película de la historia de los sueños. Los que amamos esta obra, y cada día somos más, periódicamente necesitamos verla para comprobar si seguimos soñando y no estamos locos. Cada vez que me siento a verla tengo miedo de que la película no vuelva a golpearme en las entrañas y a provocar sentimientos que parecen olvidados. Pero pronto desaparece el miedo, siempre que Leolo abre a oscuras la puerta del frigorífico, equipado con guantes y gorro de lana, para leer con esa luz gélida el libro que hay bajo la pata de la mesa de la cocina. No puedo evitar que se me caigan las lágrimas. En esa imagen está reflejada toda la grandeza de lo que supone la literatura para los que necesitamos soñar, para los que vemos los libros como una conquista y no como una obligación que nos imponen.  

         Recuerdo que cuando la vi por primera vez estaba tratando de abrir una nueva puerta en mi vida. Por entonces trabajaba como fotógrafo publicitario en una productora y estaba empezando a platearme la posibilidad de hacer un cortometraje. Lo de escribir guiones de largometraje era un sueño lejano, y lo de escribir novela o teatro no aparecía ni en el más disparatado de mis delirios. Cuando salí del cine pensé que era el guión que hubiera soñado escribir porque no se hacían concesiones al medio, todo estaba al servicio de la historia y Jean Claude Lauzon se había lanzado al abismo sin paracaídas, como si sólo dispusiera de una oportunidad para contar todo lo que guardaba en su interior. Siempre nos quedaremos con la duda de saber qué otras películas hubiera hecho el director si no hubiera sufrido un accidente de helicóptero, pero Leolo ya justifica su presencia entre los más grandes.

         Durante un año vi la película cinco veces, hasta que pude hacerme con el video, y decidí transcribir el guión palabra por palabra como ejercicio cinematográfico, aparte de leer varios libros sobre el tema.

         Tardé menos de un año en escribir mis primeros seis guiones de cine, y decidí llevarlos a algunas productoras confiando en que me sirvieran de aval para entrar en la industria del cine. Un año después había rechazado una oferta por uno de los guiones, porque tenía que hacer unos cambios que me negué a aceptar, y me había quedado sin trabajo como fotógrafo. Por entonces, Leolo sólo suponía un hermoso recuerdo, pero me resultaba muy difícil volver a verla porque me sentía al borde de la quiebra al perderlo casi todo. Bajo esa fragilidad llegó la renuncia a la fotografía y apareció la necesidad de crear imágenes mediante la palabra a través de la novela.

         Dos de las historias que había desarrollado como guiones acabaron convertidas en novelas, y a finales del año 97 nació la idea para la primera novela que escribía sin un guión previo: Y el pirata creó el mar, y que publique en 2002.  

         Con el paso de los años muchos lectores me han preguntado sobre las influencias literarias que he tenido al escribirla porque no era fácil clasificarla. Yo no sabía definirme, sólo decía que respondía a una necesidad muy profunda, como si se tratara de mi propia lucha contra la locura. Hace poco, una lectora me dijo que en algunos detalles le había llevado a pensar en Leolo, y entonces me di cuenta de que esa novela hubiera sido distinta, o puede que no la hubiera escrito, si Leolo no apareciera en mi camino y si no hubiese escuchado todos los días mientras la escribía a Tom Waits y en especial Cold, cold, ground.   

          Todos conocemos libros o películas que no podemos juzgar sólo con criterios artísticos, Leolo, junto a Los siete samuráis, por otro motivo que ya conté en el prefacio de mis cuentos, son las películas que me han ayudado a aventurarme por caminos que nunca hubiera soñado y que siempre permanecerán en mi particular Olimpo.

Diciembre 4, 2006

Tom Waits

Archivado en: Opinión — ebaobab @ 8:43 pm

Para hablar de mi descubrimiento de Tom Waits tengo que remontarme hasta el final de la primavera del año 1993. Acudí junto a una amiga al cine Renoir de Cuatro Caminos. Queríamos ver una película canadiense que se acababa de estrenar: Leolo, de Jean Claude Lauzon (en otro momento escribiré sobre lo que ha supuesto esta maravillosa película en mi carrera literaria). 

        Cuando Leolo se elevaba sobre los hombros de su hermano y comenzaron a escucharse los primeros compases de Cold, cold ground, yo estaba sobrecogido por lo que estaba viendo y escuchando, y no podía contener las lágrimas. Al finalizar la película, cuando el domador de las palabras se aleja de los textos, suena la misma canción y el director la deja completa durante los títulos de crédito. En ese momento tuve la certeza de que estaba escuchando una de las canciones de mi vida. Volví a ver la película al día siguiente, y entonces comenzó mi peregrinación a la búsqueda de la banda sonora de Leolo, que no fui capaz de conseguir y me parece que no se llegó a editar.  

        Por entonces tenía referencias muy vagas de Tom Waits y no sabía a cuál de sus discos pertenecía esa canción. En realidad no sabía cuántos discos había hecho y pensaba que Jersey Girl era de Bruce Springsteen. Recuerdo que compré a la vez Closing Time y Swordfishtrombones, dos discos totalmente opuestos entre sí, y en ninguno de los dos encontré la canción que buscaba, pero cuanto más los escuchaba más me gustaban. Después fui añadiendo nuevos discos a mi colección, pero seguía sin encontrar Cold, cold ground. Creo que llevaba once comprados cuando encontré Frank´s wild years. Allí estaba la canción junto a Temptation, el otro tema que se escucha en Leolo, pero no solo estaban esas canciones, el disco en sí es una de las mayores joyas de la música, y puede que el que más canciones haya aportado al cine de calidad. Películas como Down by law y Smoke también se han nutrido de ese disco. 

           Por entonces Tom Waits ya se había convertido en el compañero más fiel en mi incipiente carrera literaria. Necesitaba y sigo necesitando escuchar su música con frecuencia porque es el mejor inventor de sueños que he conocido, y no solo por los que él crea, sino por los que ofrece a quien lo escucha. Su música y su voz desgarrada provocan que mi mente vuele sin nada que la frene, porque cuando uno sueña no existe la censura que impone la razón. 

         Después de siete novelas, una veintena de obras de teatro y muchos cuentos, necesito tener cerca la música de Tom Waits cuando me siento a escribir, casi tanto como el teclado de ordenador.

         Han pasado más de trece años desde aquella tarde, habré visto más de veinte veces Leolo y escuchado en infinidad de ocasiones Cold, cold ground. Ahora sé que las lágrimas que vertí en el cine, son las que han regado todo lo que nació después.

                                                         Francisco Romero

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