DE CÓMO EL VIRREY FELIPE SE ENTERÓ DE LA NOTICIA Y COMENZÓ A PREOCUPARSE POR EL MUY INSOLENTE RIVAL QUE ANSIABA CON QUITARLE EL CHOLLO.
Los enormes progresos realizados en su trayectoria caballeresca por Don José Graznar no sólo eran conocidos por los miembros de su clan. El virrey Felipe de grandes medios de escucha disponía, y todos los acontecimientos que en el reino sucedían, puntuales a su despacho llegaban, aunque raramente salían.
La pérdida de la ínsula castellana mucho le había dolido, pues confiado estaba en dominar un territorio que hostil siempre se le mostró desde que osó retar en duelo al Duque de la Eterna Promesa, a pesar de la gran victoria que obtuvo en la contienda que se libró. Pudo hacerse con sus tierras y sus castillos, pero nunca logró la fidelidad ni el amor de sus vasallos.
Reunido estaba el virrey con su fiel acompañante y astuto consejero Arfonzo el Batallador, por muchos conocido como el supremo liante. Personaje extraño era y nadie indiferente quedaba cuando a su lado pasaba. Muchos odiábanle, unos pocos admiración le guardaban, y algún familiar había que mucho afecto le tenía.
–Que no pasa na Felipe, que no pasa na, que te lo digo yo, que esos sólo son unos pringaos –decía Arfonzo con su soltura habitual, que implicaba cierto aire de dominio sobre su eterno acompañante.
–No muy seguro yo estoy de tus palabras. Preocupado me siento por este severo castigo que el pueblo nos ha dado en las nobles tierras castellano leonesas. Dudas tengo Arfonzo, comienzo a sospechar que la gente ya no me ama tanto como antes.
–Te adora maestro, el pueblo te quiere más que nunca y tú mismo lo comprobaste. ¿Qué te gritaban en la plaza de toros la semana pasada? ¿Acaso las masas enardecidas no chillaban: «Felipe presidente te quiere mucha gente»?
–Cierto es que lo gritaban, pero no eran muchos, y me temo que se trataba de mis últimos seguidores.
–¡Qué no hombre, qué no! To el mundo siente lo mismo y te llevan en lo más profundo de su corazón.
–¿Por qué me han castigado entonces? ¿Acaso yo no les he dado los mejores años de mi vida? ¿No me he sacrificado incontables veces para salvar al reino? ¿Qué quieren de mí? ¿Tengo que morir como mártir para demostrar mi amor por esa tierra?
–Desde luego hay algunos malajes con muy mala leche y muy desagradesíos, y otros tipos enrevesaos que se dedican a manipular a la gente sin ninguna ética. Porque mira que hay que ser sinvergüenza para criticar al hombre más bueno y recto que jamás ha existío –dijo Arfonzo mientras le apoyaba la mano en su hombro– Pero tú no te lamentes por un pequeño revés sin importancia, que sólo son un puñao y los tengo a tos controlaos, y como yo a largar empiece, acongojaos los dejó. Porque ya sabes tú que yo no me corto ante una causa justa.
–Toda etapa tiene su fin y presiento que el nuestro se acerca. Sueños tengo Arfonzo que a veces se convierten en amargas pesadillas, y donde antes veía palomas blancas volando y flores creciendo, ahora veo buitres, hienas y cuervos esperando.
–Tú últimamente estás muy cambiao Felipe, yo creo que desde que has empezao a hacer el psicoanálisis ese tan raro te estás volviendo depresivo. Me parece a mí que el argentino que te está mirando el coco va a ser un intrigante infiltrao del Fragante, y te está haciendo un lavao de sesera pa que te asustes y dimitas.
–Es un gran profesional de mi entera confianza. Me lo ha recomendado en persona mi amigo Menem.
–Pues como sea su asesor de imagen, estamos arreglaos, ya te imagino mordiéndote las patillas.
–Prefiero que dejemos de hablar de ese tema, las cuestiones políticas y las cuestiones del alma no tienen nada que ver.
–Tú muy bien sabes que si se te ablanda el alma no sirves pa político. Mírame a mí, pura piedra, mi alma y mi cerebro de acero son. Suerte tienes Felipe de tenerme a tu lao, jamás vas a encontrar a tío más desinteresao y recto que yo. Y como ideólogo estadista precio no tengo.
–Es cierto que en ti un gran apoyo encuentro, y te aseguro que sé apreciarlo en lo que vale.
–El político teórico y pensador filosófico más grande he sio. Fíjate en el Maquiavelo ese que tanta fama tiene. ¿De quién crees que aprendió to lo que dijo?
–Supongo que de los grandes maestros como Aristóteles, Platón, Sócrates o Cicerón.
–¡Ande vas! Cantidad de antiguos esos son. Yo se lo he enseñao to al Maqui ese.
–Pero Arfonzo, a veces me parece que exageras. Cuando tu naciste, Maquiavelo ya llevaba más de cuatrocientos años muerto.
–Hay que ver Felipe, no te enteras de na. ¡Soñome Felipe, él soñome! Antes de encarnarme en este cuerpo glorioso que tengo, yo ya existía en forma de espíritu y vagaba por el mundo. Mis ideas eran tantas que no las podía dejar toas para cuando naciera. Así que las lanzaba a los sueños de algunos tipos muy escogíos. Gente como Cervantes, Voltaire, Napoleón, Marx o Einstein también fueron clientes míos.
Felipe asombrado le miraba, incapaz de decir palabra mientras Arfonzo por la habitación ensanchado paseaba.
–¿Por qué me miras así Felipe? ¿Crees que yo te iba a engañar? Si todo esto no te lo he contado antes ha sido por modestia, ya sabes que a mí no me gusta presumir, pero te veo tan alicaído que te lo he tenío que decir para que sepas a quien tienes a tu lao.
–Estimo mucho tu valía y aprecio tu compañía, por eso mis temores te cuento; y te digo que la operación secreta que el Fragante prepara no me gusta nada. Me temo que esta vez no se trate de fuegos de artificio. Graznar, su nuevo lugarteniente, parece caballero beligerante y con tablas en el oficio.
–¡Venga ya hombre! El del bigote ese no vale pa na. Pero, ¿tú le has visto? Si tiene menos carisma que un bote detergente. A ese te lo comes tú sin despeinarte, no iras a comparar este porte señorial y elegante con ese canijo estirao que va to el día almidonao.
–No lo veo yo tan claro, quizás todavía esté un poco blando para ser gobernante, pero joven es y no se conforma con alto cargo; su ambición es el poder.
–Déjalo que ambicione, eso poco cuesta, y que muchos sueños tenga. Cuanta más alta sea su ilusión, más fuerte será el coscorrón.
–¿Tú crees que se estrellará?
–Seguro estoy que como fruta madura del árbol caerá, y nadie recogerle quisiera hasta que su bigote se pudriera.
–Entonces, ¿tú no te adelantarías a sus intenciones y le dejarías actuar libremente?
–Claro hombre, claro, al señor que graznar, hay que dejarle actuar. Él que el trabajo sucio realice y que al brujo le dé mucho orujo y en queimada lo convierta. Cuando al Fragante haya jubilao, pensara que es gente importante, pero entonces como buitres aparecerán los muchos tapaos que hay en su clan y que a río revuelto irán a pescar. Que ellos solos se aniquilen, que nosotros tan tranquilos; mucho jefe hay en ese bando y muy pocos curritos dispuestos a dar el callo.
–Dudo Arfonzo, dudo. A mí me da la impresión que con este tipejo todos se pueden juntar, y si en partido grande se unieran, mucho peligro tuvieran.
–¿Esos juntarse? ¡Venga ya! Que te digo yo que mucho alto cargo y gerifalte hay en esa panda, que más que un partido parece un pulverizao político. Esos tipos no tienen nuestro honorable talante y además no cuentan con gente de base; ellos son trescientos jefes y un currante. Mientras no hagan como nosotros no tienen na que hacer; aquí to dios a obedecer y sólo tú y yo a mandar.
–Si lo ves tan claro, te haré caso, aunque no se me borra de las sienes el tipillo del bigote.
–Para que te quedes tranquilo te voy a decir lo que voy a hacer. Yo voy a seguir tos sus movimientos aunque les haré creer que muy confiaos estamos en nuestro dominio, para que ellos se hagan ilusiones. Pero si en algún momento yo viera que ellos planes de unirse tuvieran, yo no me iba a quedar parao; alguna de las mías organizaría para que volvieran a montar un buen fregao.
Felipe pensativo se quedó mientras tomaba una decisión.
–Te confío este asunto Arfonzo y te pido que no los subestimes, pues no quisiera que cuando cuenta nos diéramos, ya estuviéramos en la cola del paro rellenando una ficha para buscar un trabajo.
Arfonzo, al escuchar las palabras de su amo, dio un salto y se agarró a un sillón de madera.
–No me seas gafe Felipe ni menciones esa horrible palabra en mi presencia, que escalofríos me dan; y sólo de pensar que tengo que ir al tajo, se me aparece la alergia.
Y así es cómo Arfonzo el Batallador, o el Iluminao, como él prefería ser conocido, se hizo cargo de vigilar y controlar los avances que en política hiciera el señor Graznar, y en caso de que su poder creciera, fuertes medidas pensaba tomar.