Hace doce años hice una apuesta que a mucha gente que me conocía le parecía un farol. Yo era un fotógrafo en paro y decidí convertirme en escritor. Dos años después me había autopublicado mi primera novela. Parecía que había tirado el poco dinero que me quedaba porque no tenía dónde venderla y estaba condenado a quedarme con todos los ejemplares. Decidí no dar marcha atrás y continué escribiendo cuento, teatro y novela, aunque en mis planes no entraba seguir editando. Poco después recibí un premio de teatro con “El legado de Julie Newman”. Eso supuso un importante respaldo para no sucumbir.
En 2002, y después de sufrir el rechazo de varias editoriales, decidí publicar mi segunda novela “Y el pirata creó el mar” con mi sello editorial Baobab Ediciones, bajo el lema: del autor al lector. Este libro se comenzó a vender en una pequeña tienda de artesanía de una amiga y allí empecé a establecer contacto con los primeros lectores que no me conocían previamente. No vendí muchos ejemplares, pero la respuesta que recibí de los lectores me animó a continuar la aventura, y otros dos premios literarios me sirvieron para animarme a publicar la siguiente novela “4 Hilos para un epitafio”.
A pesar de la evolución seguida, me faltaba un paso para cumplir el objetivo que me había marcado de responsabilizarme de mi obra desde que la escribía hasta que la entregaba a los lectores. En marzo del 2005 me animé a quedarme con un pequeño local frente al Corral de Comedias de Almagro y lo trasformé en la tienda donde ofrecía los libros a los posibles lectores. Han pasado dos años y medio desde aquel día, he publicado cinco libros más, de los que he editado dos, y he conseguido dos importantes premios de novela y teatro, pero la recompensa más importante de todas ha sido el encuentro con los lectores, tanto aquellos que se aventuran por primera vez a conocer mi obra, como los que ya se han convertido en asiduos y coleccionan todos mis libros. Ellos se han convertido en los auténticos distribuidores de mi obra, y hasta aquella primera novela, que parecía destinada a no salir de las cajas donde la guardaba, se está adaptando al teatro para que sea estrenada por un grandísimo actor gracias a una lectora que ha regresado periódicamente para llevarse todo lo nuevo que he ido sacando.
Después de todos estos años, el miedo a quedarme sin historias que escribir sigue existiendo, pero gracias a mis lectores no tengo que preocuparme de mandar los manuscritos a las grandes editoriales para que un empleado lea diez páginas y decida que yo no valgo para ser escritor.