La biblioteca de los proscritos

Enero 12, 2007

Capítulo 9 Graznarín

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DE CÓMO LA TRINIDAD SE ESTABLECIÓ Y HACIA EL CONGRESO POPULAR PARTIERON CON ARMAS SECRETAS BAJO EL SOMBRERO 

Maese Rodrigo, nada más recibir la buena nueva, sus alforjas llenó y hacia tierras de Castilla partió, donde cita importante le esperaba con gente muy pujante. El señor Periodo Breve no era amante de lo extravagante y sus formas, atuendos y gestos nunca parecían altisonantes. La discreción, que con su facha y semblante parecía sinsabor, marcaba su pauta de conducta. Su ambición de ser contable importante, con su timidez y falta de enjundia chocaba, y a la sombra de líder eminente su lugar estaba. Cuentas, cálculos, estadísticas, balances y presupuestos para él secreto no guardaban y siempre sus números con fidelidad cuadraban. Si los dineros del estado en su bolsillo estuvieran, no más paro, no más hambre, no mas corruptelas, no más quiebras, decíase el muy honesto contable, en la soledad de su despacho, cuando dolido sufría al ver como el erario público no dirigía sus pesetas hacia causas tan justas y honestas como la empresa privada o la banca desinteresada.

           Puntual a la cita con su nuevo señor maese Periodo Breve llegó, y nadie podía prever que allí reunidos estaban los tres hombres más grandes que jamás viera el poder. José, Paco y Rodrigo parecían nombres vulgares, pero cuando se hablara del Marqués del Divino Trovo, del Barón del Puntapié y del futuro Primate de Usura y Recorte, millones de personas temblaran ante las decisiones que tomaran tan importantes prebostes. 

         Una calurosa acogida don José y don Paco le dieron y al día le pusieron de sus muchas tribulaciones. Maese Rodrigo con su modestia, con su mesura, con su prudencia y con su cultura, muy pronto su confianza se ganó, y los tres pudieron ser sinceros y afrontar el tema esencial que a su destino afectaba. 

         –Muy estimados consejeros, como todos ya sabemos próximamente se va a celebrar el congreso popular y muy decisivas medidas se han de dilucidar. Los tres estamos de acuerdo en que grandes cambios se han de producir si a los del sur queremos despedir. La primera medida y principal, es que rendido homenaje hemos de dar al brujo Fragante.

         –Pero mi señor, eso no lo entiendo, si le damos homenaje, le estamos reconociendo su labor, y en la vida viéramos vacante el cargo del brujo pedante –comentó Paco muy preocupado.

         –Manera muy limitada de entenderlo maese Paco, todos sabemos que cuando a alguien homenaje se da, es porque se le va a largar. Y se trata de una forma muy elegante de darle las gracias por sus labores y decirle que fue bonito mientras duró, pero que ya está bien de Fragante porque no hay cuerpo que tantos años le aguante –dijo Graznar.

         –Según mis propios estudios, altamente fidedignos y ratificados por otras fuentes, entre los congresistas hay un sesenta y cuatro por ciento de disensión, un veintitrés coma siete de adhesión al régimen instaurado, y un doce coma tres de indecisión. Considero muy probable que estos últimos se sumen a una propuesta unificadora y solvente –dijo maese Rodrigo consultado los datos que sacó de su carpeta.

          –Necesitamos la absoluta mayoría, si traiciones no queremos sufrir por quienes creemos hermanos. No nos podemos permitir que haya esquiroles que por nocivas intenciones sólo miren sus propios colores –añadió Graznar.

         –¿Por qué no echamos a mamporros a los que estén en contra? –dijo Paco, viendo fácil solución.

         –Paco, a veces la falta de tacto te pierde. Necesitamos unidad y cantidad, todos nuesos militantes primordiales son si a la cohorte del tirano queremos aniquilar y ver pechar por sus desmanes y tropelías al virrey de Sevilla y a sus íntimos secuaces.

         –Si se me permite decirlo y aunque la política no es mi fuerte, considero que si le diéramos una buena salida al brujo, y consiguiéramos que él contento se marchare, sus fieles cortesanos muy gustosos al caballero Graznar se unieren –añadió el señor Periodo Breve.

         –Acertada conclusión, y me complace que coincidas con mi opinión. Un hábil plan he preparado y espero que sea de vuestro agrado. He pensado que si gobierno de ínsula gallega le ofrecemos, para que disfrute de confortable retiro, con su bendición contaremos e imperioso PePe formaremos. Y así en gran familia avanzaremos hasta la victoria final. 

        –Grande y glorioso estratega es el señor Graznar, y en el congreso a todos deleitará con el fluir de su trovar –dijo Paco.

          –Ahora no tenemos tiempo que perder si a todos queremos convencer. Como gente popular querrá conocer a quienes encabezar mis tropas, es muy importante que vosotros en el congreso hablar para que todos sepan que formamos trinidad.

         ­–¿Nosotros trovar mi señor? Gran temblor, desasosiego y zozobra me produce mi puesta en largo con traje de luces –dijo Paco con temor. 

        –No temas, pocas embestidas te darán porque tus palabras firmes y transcendentes sonarán, y a todos camelarás con tus propuestas llenas de coherencia y dignidad.

         –¿Yo mi señor haré todo eso?

         –Sí Paco, lo harás porque gran discurso te he preparado, y muy bien te lo tienes que estudiar para que todos vean que eres diestro a la hora de improvisar.

         –Y yo, mi señor Graznar, ¿de qué se supone que tengo que hablar? –preguntó Rodrigo.

         –De tus cosas Rodrigo, no pídote que en portentoso trovador y estadista te conviertas. Hablaras de esos temas áridos que nadie entiende, de las cuentas de la macroeconomía, presupuestos, inversiones y otros tipos de indicadores, pero sobre todo critica Rodrigo, critica duramente a Solchagas y Boyeres y demás ministros infieles. Más ya te daré yo un principio y un final que a todos hará emocionar.

         Y tras estas palabras la reunión terminó pues ponerse a actuar debían. Con denuedo e ilusión grandes progresos realizaron, más importantes llamadas hicieron que decisivos apoyos les supusieron. 

        Paco su discurso al dedillo se aprendió, e incluso, después de innumerables intentos, lo recitaba con una soltura y elegancia que parecía un mariscal de Francia. Su espejo agotado estaba después de tantas miradas, su depresión fue en aumento pues de muy fino cristal era. Fabricado estaba para contemplar doncellas, y el día del ensayo final ya no pudo soportar más y carente de ilusión, se suicidó, en mil pedacitos estalló. Mas Curro en lugar de preocupación, complacido se mostró, sus palabras fuerza y poder tenían. Las masas enardecidas con fervor le escucharían y derretidos los dejara por su donaire, estilo, prestancia, porte, finura y arrogancia cuando suspirando le oyeran. 

           Maese Rodrigo su trovo de datos, informes y estadísticas infló para dejar sin sosiego ni relajo a la audiencia, y para las gentes de la Hacienda y del Erario, palabras terribles había preparado, aunque nada de críticas abusivas, de verdades absolutas y demostrables se trataba. 

         El señor Graznar ensayo general convocó para comprobar si sus eficientes enseñanzas habían calado en sus lugartenientes, y muy complacido se sintió al ver que a la voz de su amo imitaban, y para nada desentonaban, aunque el sublime don de la belleza sus trovos no alcanzaban, pero eso no era de extrañar. La cualidad de único y grande líder sólo al alcance estaba de seres únicos, mitos que uno en mil años naciere, y como era de esperar no podía ser otro que el señor Graznar. 

         Así llegó la gran fecha de la partida, muy de madrugada, con sus brillantes armaduras y sobre sus briosas cabalgaduras, de la ínsula partieron. La gente a su paso veíales cruzar y a sus pies se inclinaban a rezar, jamás viose tanta sensación de seguridad, y para el resto de los tiempos una leyenda quedó en el lugar: «Una estela de confianza llenó la ciudad, no eran hombres terrestres ni máquinas, sino seres de otro lugar, y por siempre jamás les llamaron Trinidad». 

Enero 5, 2007

Capítulo 8 Graznarín

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GRAZNAR CON ÍNSULA NO SE CONFORMABA, MAS CONTABLE BUSCABA QUE DE DINERO SUPIERA UN RATO Y JUNTO CON PACO FORMAR UN TRIUNVIRATO 

Tras algún tiempo de duras pugnas con la oposición y férreas decisiones que exigía el guión, el señor Graznar tenía hábilmente organizado el gobierno de su tierra y, activo como era, sentía que su cupo de aprendizaje en tareas de mandato se estaba completando y de nuevos e importantes retos necesitaba su carrera. Ser gobernante vitalicio de ínsula no deseaba, aunque a su pueblo amaba y su bien quería, pero don José sabía que político conforme en hombre deforme se volvía cuando su ambición se esfumaba. Sintió que muy crecido estaba y que a más altas cimas debía dirigir su mirada. Tablas ya le sobraban para ser el eterno aspirante al cargo que detentaba el brujo Fragante con ideas muy desfasadas. Los nuevos tiempos requerían a gente que amara la tecnología y que huyera de los conjuros, pócimas, hechizos y predicciones que eran rancios vestigios de otras civilizaciones. En la época de los potentes ordenadores quien no estuviera programado carecía de valores. Muchas horas de cavilaciones se pasó don José en sus aposentos en busca de hábiles soluciones para sus grandes aspiraciones.  

         Paco, mientras su jefe pensaba, sus dotes de mando desarrollaba, y sus trovos ante espejo ejercitaba y éste, que muy generoso era, siempre al final de su charla gran ovación le daba. Sobre todos los temas grandes postulados había desarrollado, y muy valiosas aportaciones realizaba a las labores de gobierno. Mas próxima entrevista en prensa tenía y sus respuestas con cuidado ensayaba ante su entusiasta reflejo.  

        –Ya tenía yo ganas de que alguien me hiciera esa pregunta, mucho he pensado en tema tan importante. Si usted se fija bien, verá que todos los gobernantes hablan de principios políticos, todo el mundo principios políticos tiene. Pues mire por donde yo discrepo y soy diferente, no soy un político de principios, yo soy un político de fines. Muy fácil y muy bonito es quedarse sólo en el inicio y hacer propuestas difusas que nunca se cumplieran, pero eso conmigo no ocurre porque yo soy de los pocos que dan la cara y nunca a medias me quedo. Yo siempre llego hasta el final, y quiero aprovechar que todo el mundo me escucha para dejar muy claro que yo no tengo principios políticos ni nunca los tendré. 

        Cuando terminó, gran complacencia mostraba su espejo por la solidez de sus valiosos argumentos, aunque muy agotado se sentía. El barón tenía la acertada teoría de que el cerebro se agotaba si un excesivo uso se le daba, y temía cometer un grave abuso, pues en los últimos años ya eran muchos los minutos que lo tuvo conectado. 

         El señor Graznar muy bien sabía que las grandes ambiciones requerían de muy sólidos apoyos para verse cumplidas, y rodearse debía de consejeros trabajadores, intachables, luchadores, brillantes, pero segundones. Líder uno debía ser, porque luego surgían las divisiones de poder que conducían a inevitables excisiones que grandes proyectos truncaron e ilusiones destrozaron. Si algo tenía muy claro es que de jefe sólo él y los demás a obedecer.  

       Durante algún tiempo recibió a aquellos y aquellas que decían ser afines y su propuesta aprobaran de dar vacaciones pagadas y de por vida al brujo en su tierra querida cuando la reunión del clan llegara. A mucha gente joven y valerosa recibió, procedían de todas las regiones y le contaron sus proyectos y admirables intenciones. Muy complacido el señor se hallaba de tantas posibles colaboraciones. Ante todo, a un primer hombre buscaba que completara la cabeza del clan, para después el resto del equipo formar. Don José había mandado hacer un profundo seguimiento de cada aspirante para seleccionar a la gente más capacitada. 

         El barón del Puntapié gustosamente se encargó de investigar a todos aquellos que su jefe le decía. Mucho interés y cuidado por su trabajo se tomó, ya que gente importante a su grupo llegaría y no era cuestión que un cualquiera se colara, pero a Paco mucho más le preocupaba que alguien, con menos méritos que los suyos, carantoñas a su jefe le hiciera y con su puesto se quedara.  

       El día de la gran decisión llegó, y el señor a su consejero llamó y le pidió que su informe llevara.  

        –Mira Paco, como bien sabes a mucha gente he recibido y muy especial seguimiento de muchos te he pedido.

         –Sí señor, y fielmente he cumplido con la labor encomendada. Conmigo traigo todo aquello que de cada una de estas ilustres personas mi señor debiera conocer. Aunque le confieso que algo se me escapa del propósito que trama.   

      –Te contaré mis intenciones y, por supuesto, espero tus opiniones, pues muy bien sé que siempre equilibradas y desinteresadas son.  

       –Ya sabe mi amo que vivo sin vivir en mí para que los objetivos de mi señor se puedan cumplir.  

       –Lo sé y lo aprecio. Y ahora te cuento: creo que esta ínsula pequeña se nos ha quedado a nuestras aspiraciones; el mundo es muy grande y muchas tierras quedan por conquistar para nuestra noble causa. 

        –Cierto señor, los mapas he consultado y lo he comprobado.  

       –¿Qué piensas tú del brujo Fragante? ¿Crees que ha perdido su talante de gobernante debido a la avanzada edad de su sesera?   

       –Yo coincido en todo con vos.  

       –Me lo imaginaba, viejo se ha quedado para soportar una carga tan importante, y creo que en el próximo congreso hacerme cargo debiera del futuro de nuestra familia popular.

         –Muy cierto eso es. 

        –Para tan alta responsabilidad asumir nos ha de acompañar gente de alto nivel, pues tú y yo solos a todas las huestes del virrey de Sevilla no nos podremos enfrentar con garantías de triunfo.

         –A todos no mi señor, pero os aseguro que ya me bastaría yo para dejar a la mayoría de esos tunantes maltrechos por el camino. 

        –Últimamente mucho has aprendido y, como bien conoces, en esta gran batalla de poco sirven la fuerza de los puños comparada con la generada por las ideas. 

        –Lo sé mi señor, y lo decía en sentido figurado pues no serían mis golpes los que machacaran a esos villanos, sino mis trovos brillantes y eruditos que a la voz de mi amo imitaran. Aunque no os digo yo que una excepción no hiciera si a tiro de mis puños se pusiera Arfonzo el Iluminao, que todas las luces juntas viera de la somanta de palos que yo le diera. Y ahora sí que no hablo en sentido figurado.  

       –Te comprendo perfectamente porque muchos méritos hace para ello, pero los golpes de los puños en mártir le convirtieran y a nosotros nos hundiera. Hay otros golpes que duelen más y son los que hemos de dar. Aunque ya le llegara su momento, mas ahora otras son nuestras preocupaciones. Hablemos de nuestros futuros colaboradores. 

        –¿Por quién quiere usted empezar?  

       –Hay un hombre que muy grata impresión me causó. Qué moderación que templanza, qué discreción, qué habilidad haciendo cuentas, ni en una suma ni en una resta se equivocó; incluso cómo invertir mis ganancias me aconsejó.

         –¿Habláis de maese Periodo Breve? 

        –Efectivamente, del señor Rodrigo Periodo Breve os hablo. ¿Qué has averiguado de él? 

         –Es cierto que importante señor parece, protagonismo no ambiciona y de cuentas sabe un rato, aunque el consejo que me dio de cómo mi dinero invertir en una empresa solvente pudo salirme caro, puesto que a la semana siguiente la empresa en quiebra dio. 

        –Un error lo tiene cualquiera, yo tuve mejor suerte y grandes ganancias he obtenido con sus conocimientos. 

        –Mosquéome señor, mosquéome. Si ese señor fortuna os quiere dar y mi ruina buscar, puede pretender hacerme la cama y quedarse como vuestro primer consejero, y quien sabe si con otras metas más altas no sueñe. 

        –No me seas suspicaz, ya sabes tú que esta gente de los números sólo disfrutan con sus cuentas y no han nacido para mandar. Como asesores muy buenos son, pero de regidores no tienen carisma porque sólo cifras ven y carecen de la formación humanista que tenemos la gente más lista, como tú y como yo. 

        –Muy cierto es señor que no tiene nuestros dotes mundanos ni el arte para hacer trovos, y contable mayor del reino necesitaremos cuando al gobierno lleguemos. 

        –Creo que con él un fuerte triángulo formamos. En el vértice superior yo: el cerebro y el carisma aporto e indico la dirección a seguir. En la parte inferior y a mi derecha vos: de primer consejero por tu capacidad de gobernante y tu don para el mando; y en el otro extremo y no tan a la derecha, mas nunca a la izquierda, eso quede claro, a maese Rodrigo colocamos. Y si cerebro, mando y dinero bien unidos se encuentran, ninguna meta imposible para nuestro proyecto habrá.  

        –Si ya tenemos al triángulo que manda, ¿qué otras personas necesitamos? 

        –Aún quedan muchas por decidir, pero creo que justo es que lo hagamos entre los tres. Si triunvirato formamos, en equipo avanzar debemos, ya que este cerebro mío necesita a su brazo derecho y a su segundo brazo derecho para avanzar erguido. 

        –¡Qué bien os expresáis mi señor! Vuestra claridad de cavilamiento me alucina y subyuga. 

        –Localízame a maese Periodo, y los tres juntos plantearemos la estrategia a seguir para en la asamblea alcanzar el poder. 

        Y así es cómo el señor Graznar poderosa trinidad decidió crear para bien arropado avanzar hacia el triunfo final. 

Diciembre 18, 2006

Capítulo 7 Graznarín

Archivado en: novela por capítulos — ebaobab @ 5:03 pm

DE CÓMO EL VIRREY FELIPE SE ENTERÓ DE LA NOTICIA Y COMENZÓ A PREOCUPARSE POR EL MUY INSOLENTE RIVAL QUE ANSIABA CON QUITARLE EL CHOLLO.  

Los enormes progresos realizados en su trayectoria caballeresca por Don José Graznar no sólo eran conocidos por los miembros de su clan. El virrey Felipe de grandes medios de escucha disponía, y todos los acontecimientos que en el reino sucedían, puntuales a su despacho llegaban, aunque raramente salían.  

           La pérdida de la ínsula castellana mucho le había dolido, pues confiado estaba en dominar un territorio que hostil siempre se le mostró desde que osó retar en duelo al Duque de la Eterna Promesa, a pesar de la gran victoria que obtuvo en la contienda que se libró. Pudo hacerse con sus tierras y sus castillos, pero nunca logró la fidelidad ni el amor de sus vasallos.   

             Reunido estaba el virrey con su fiel acompañante y astuto consejero Arfonzo el Batallador, por muchos conocido como el supremo liante. Personaje extraño era y nadie indiferente quedaba cuando a su lado pasaba. Muchos odiábanle, unos pocos admiración le guardaban, y algún familiar había que mucho afecto le tenía.  

            –Que no pasa na Felipe, que no pasa na, que te lo digo yo, que esos sólo son unos pringaos –decía Arfonzo con su soltura habitual, que implicaba cierto aire de dominio sobre su eterno acompañante.  

           –No muy seguro yo estoy de tus palabras. Preocupado me siento por este severo castigo que el pueblo nos ha dado en las nobles tierras castellano leonesas. Dudas tengo Arfonzo, comienzo a sospechar que la gente ya no me ama tanto como antes. 

              –Te adora maestro, el pueblo te quiere más que nunca y tú mismo lo comprobaste. ¿Qué te gritaban en la plaza de toros la semana pasada? ¿Acaso las masas enardecidas no chillaban: «Felipe presidente te quiere mucha gente»?  

            –Cierto es que lo gritaban, pero no eran muchos, y me temo que se trataba de mis últimos seguidores.  

           –¡Qué no hombre, qué no! To el mundo siente lo mismo y te llevan en lo más profundo de su corazón. 

            –¿Por qué me han castigado entonces? ¿Acaso yo no les he dado los mejores años de mi vida? ¿No me he sacrificado incontables veces para salvar al reino? ¿Qué quieren de mí? ¿Tengo que morir como mártir para demostrar mi amor por esa tierra?   

           –Desde luego hay algunos malajes con muy mala leche y muy desagradesíos, y otros tipos enrevesaos que se dedican a manipular a la gente sin ninguna ética. Porque mira que hay que ser sinvergüenza para criticar al hombre más bueno y recto que jamás ha existío –dijo Arfonzo mientras le apoyaba la mano en su hombro– Pero tú no te lamentes por un pequeño revés sin importancia, que sólo son un puñao y los tengo a tos controlaos, y como yo a largar empiece, acongojaos los dejó. Porque ya sabes tú que yo no me corto ante una causa justa.  

          –Toda etapa tiene su fin y presiento que el nuestro se acerca. Sueños tengo Arfonzo que a veces se convierten en amargas pesadillas, y donde antes veía palomas blancas volando y flores creciendo, ahora veo buitres, hienas y cuervos esperando.  

           –Tú últimamente estás muy cambiao Felipe, yo creo que desde que has empezao a hacer el psicoanálisis ese tan raro te estás volviendo depresivo. Me parece a mí que el argentino que te está mirando el coco va a ser un intrigante infiltrao del Fragante, y te está haciendo un lavao de sesera pa que te asustes y dimitas.  

            –Es un gran profesional de mi entera confianza. Me lo ha recomendado en persona mi amigo Menem. 

            –Pues como sea su asesor de imagen, estamos arreglaos, ya te imagino mordiéndote las patillas.  

           –Prefiero que dejemos de hablar de ese tema, las cuestiones políticas y las cuestiones del alma no tienen nada que ver. 

             –Tú muy bien sabes que si se te ablanda el alma no sirves pa político. Mírame a mí, pura piedra, mi alma y mi cerebro de acero son. Suerte tienes Felipe de tenerme a tu lao, jamás vas a encontrar a tío más desinteresao y recto que yo. Y como ideólogo estadista precio no tengo.  

           –Es cierto que en ti un gran apoyo encuentro, y te aseguro que sé apreciarlo en lo que vale.   

          –El político teórico y pensador filosófico más grande he sio. Fíjate en el Maquiavelo ese que tanta fama tiene. ¿De quién crees que aprendió to lo que dijo? 

            –Supongo que de los grandes maestros como Aristóteles, Platón, Sócrates o Cicerón.  

           –¡Ande vas! Cantidad de antiguos esos son. Yo se lo he enseñao to al Maqui ese.   

          –Pero Arfonzo, a veces me parece que exageras. Cuando tu naciste, Maquiavelo ya llevaba más de cuatrocientos años muerto.  

           –Hay que ver Felipe, no te enteras de na. ¡Soñome Felipe, él soñome! Antes de encarnarme en este cuerpo glorioso que tengo, yo ya existía en forma de espíritu y vagaba por el mundo. Mis ideas eran tantas que no las podía dejar toas para cuando naciera. Así que las lanzaba a los sueños de algunos tipos muy escogíos. Gente como Cervantes, Voltaire, Napoleón, Marx o Einstein también fueron clientes míos.  

            Felipe asombrado le miraba, incapaz de decir palabra mientras Arfonzo por la habitación ensanchado paseaba.   

           –¿Por qué me miras así Felipe? ¿Crees que yo te iba a engañar? Si todo esto no te lo he contado antes ha sido por modestia, ya sabes que a mí no me gusta presumir, pero te veo tan alicaído que te lo he tenío que decir para que sepas a quien tienes a tu lao.  

           –Estimo mucho tu valía y aprecio tu compañía, por eso mis temores te cuento; y te digo que la operación secreta que el Fragante prepara no me gusta nada. Me temo que esta vez no se trate de fuegos de artificio. Graznar, su nuevo lugarteniente, parece caballero beligerante y con tablas en el oficio. 

            –¡Venga ya hombre! El del bigote ese no vale pa na. Pero, ¿tú le has visto? Si tiene menos carisma que un bote detergente. A ese te lo comes tú sin despeinarte, no iras a comparar este porte señorial y elegante con ese canijo estirao que va to el día almidonao.  

           –No lo veo yo tan claro, quizás todavía esté un poco blando para ser gobernante, pero joven es y no se conforma con alto cargo; su ambición es el poder. 

            –Déjalo que ambicione, eso poco cuesta, y que muchos sueños tenga. Cuanta más alta sea su ilusión, más fuerte será el coscorrón.  

           –¿Tú crees que se estrellará?  

           –Seguro estoy que como fruta madura del árbol caerá, y nadie recogerle quisiera hasta que su bigote se pudriera. 

            –Entonces, ¿tú no te adelantarías a sus intenciones y le dejarías actuar libremente?  

           –Claro hombre, claro, al señor que graznar, hay que dejarle actuar. Él que el trabajo sucio realice y que al brujo le dé mucho orujo y en queimada lo convierta. Cuando al Fragante haya jubilao, pensara que es gente importante, pero entonces como buitres aparecerán los muchos tapaos que hay en su clan y que a río revuelto irán a pescar. Que ellos solos se aniquilen, que nosotros tan tranquilos; mucho jefe hay en ese bando y muy pocos curritos dispuestos a dar el callo.  

           –Dudo Arfonzo, dudo. A mí me da la impresión que con este tipejo todos se pueden juntar, y si en partido grande se unieran, mucho peligro tuvieran.  

           –¿Esos juntarse? ¡Venga ya! Que te digo yo que mucho alto cargo y gerifalte hay en esa panda, que más que un partido parece un pulverizao político. Esos tipos no tienen nuestro honorable talante y además no cuentan con gente de base; ellos son trescientos jefes y un currante. Mientras no hagan como nosotros no tienen na que hacer; aquí to dios a obedecer y sólo tú y yo a mandar.  

           –Si lo ves tan claro, te haré caso, aunque no se me borra de las sienes el tipillo del bigote. 

            –Para que te quedes tranquilo te voy a decir lo que voy a hacer. Yo voy a seguir tos sus movimientos aunque les haré creer que muy confiaos estamos en nuestro dominio, para que ellos se hagan ilusiones. Pero si en algún momento yo viera que ellos planes de unirse tuvieran, yo no me iba a quedar parao; alguna de las mías organizaría para que volvieran a montar un buen fregao. 

            Felipe pensativo se quedó mientras tomaba una decisión. 

             –Te confío este asunto Arfonzo y te pido que no los subestimes, pues no quisiera que cuando cuenta nos diéramos, ya estuviéramos en la cola del paro rellenando una ficha para buscar un trabajo. 

            Arfonzo, al escuchar las palabras de su amo, dio un salto y se agarró a un sillón de madera.    

         –No me seas gafe Felipe ni menciones esa horrible palabra en mi presencia, que escalofríos me dan; y sólo de pensar que tengo que ir al tajo, se me aparece la alergia.    

         Y así es cómo Arfonzo el Batallador, o el Iluminao, como él prefería ser conocido, se hizo cargo de vigilar y controlar los avances que en política hiciera el señor Graznar, y en caso de que su poder creciera, fuertes medidas pensaba tomar.

Noviembre 23, 2006

Capítulo 6 Graznarin

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DE CÓMO REGRESÓ EL CABALLERO A SU CORTE Y COCES LE INFORMÓ SOBRE EL ESTADO DE LA ÍNSULA Y DE SUS PROGRESOS COMO GOBERNANTE DIALOGANTE

El regreso del caballero Graznar a su ínsula muy distinto fue de su solitaria partida. En lujosa calesa tirada por cuatro briosos corceles alazanes, y conducida por hábil y apuesto cochero, marchaba el señor insigne llevando larga espada en su cintura junto a una reluciente armadura. Tras él grande séquito le seguía. Al frente, un glorioso comandante iba encabezando las tropas que el Fragante consideró necesarias para que al señor don José protegieran de malandrines y truhanes. Pendón portaba el comandante para que el pueblo supiera que el ilustre caballero andante, que mano en alto saludaba desde en-cima del pescante, no era un señorón cualquiera que al reino de la fama se asomaba.

A su llegada a la capital de la ínsula Coces salió a recibirle y enorme trabajo le costó reconocer a su jefe. Extrañado le miraba porque ese señor en nada se parecía al hombre enjuto, cuasi escuálido y alicaído que días atrás partiera. ¡Qué porte, qué distinción, qué forma de llevar armadura! Parecía como si cientos de músculos le crecieran y la altura del señor se multiplicara para convertirse en dignatario de enorme talla.

–Pero Curro, ¿acaso no me reconoces? –dijo Graznar extrañado–. Ven y dame un abrazo que tu señor y amigo soy.

Curro despacio se acercó y en grande abrazo se fundieron.

–Perdone señor mi tardanza, pero este gran caballero, que mis ojos han divisado, muy diferente parece de mi querido amigo y señor, Pepito Graznarín.

–Muy cierto eso es. Aquel a quien habéis nombrado ya ha quedado olvidado; era un joven mozo sin vivencia y sin el saber de la ciencia. Ahora primer caballero y de Fragante heredero soy. Y para que malentendidos no haya, te pido que en adelante ni Pepito ni Graznarín me nombres pues no son dignos de mi alcurnia.

–¿Cómo he de llamaros entonces?

–Don José o Señor Graznar cuando en confianza nos encontremos, mas cuando estemos en sociedad, nunca menos que Marqués del Divino Trovo o Conde de la Mueca por estrictas cuestiones de protocolo.

–Así ha de ser señor, aunque témome que ya ni mi amistad ni mi servi-cio aprecie caballero de tan alta jerarquía –dijo Curro compungido.

–Más que nunca Curro. El que las cuestiones del nombre cambien, no deben repercutir en nuestro cariño y profunda amistad. Tu consejo y fortale-za más útiles que nunca me serán y nuestros proyectos continuarán de la misma forma que empezaron. Yo te prometí poder y vive dios que te lo daré.

–Gracias señor por tus tranquilizadoras palabras, pero una nueva duda me corroe en el alma.

–Dila pues Curro, entre nosotros secretos ni mentiras nunca debe haber. La sinceridad es la razón de nuestra amistad.

–Pienso yo que si soy brazo derecho de tan enorme caballero, ¿no cree vos que el nombre de Curro, el mote de Coces y el rango de escudero, muy estrechos se quedan para este servidor?

–Cierto es y mucho he pensado en ello durante esta larga travesía. De-cisión importante he tomado y en el próximo decreto saldrá publicado el nuevo nombre, cargo y rango de consejero tan valioso para este gobernante.

–¿De verdad mi señor? ¿Cuál será mi nuevo nombre, de qué rango gozaré, y cuál será mi cargo? –preguntó Curro muy emocionado.

–Paco Grande Uña será tu nombre, Barón del Puntapié tu rango, y Consejero del Presidente tu nuevo cargo.

–¡Dios mío qué ilusionando me siento! Gracias mi santo y noble señor Graznar. Gran e inmerecido honor me hacéis y mi devoción a vos siempre guardaré.

–Y ahora mi apreciado Paco he de ir a mis aposentos para breve des-canso tomar y cambiar esta pesada indumentaria de guerra por moderno traje de seda. Después volveremos a reunirnos y me has de dar cuenta de todo aquello que en mi ausencia en la ínsula haya ocurrido, y espero que con sol-vencia y diligencia habrás sabido llevar a buen puerto cualquier mínimo pro-blema que durante tu gobierno surgiera.

–Así lo hice señor, y cumplida cuenta de todos mis movimientos a su excelencia daré.

Terminada la reunión, muy rápido Paco salió en dirección a la impren-ta pues asunto de gran importancia tenía que resolver: tarjetas, sobres, mem-bretes, pergaminos y sellos encargó con su nombre, cargo y rango en letras gigantes, para que todo el mundo supiera que para siempre había muerto Cu-rro Coces, y de sus cenizas como estrella renacía ser dotado de sesera, poder y cartera que a la más selecta nobleza para siempre perteneciera.

Don José Graznar hacia su residencia partió y en su dormitorio pesada armadura se quitó. Su cuerpo sudoroso estaba y reparante baño necesitaba. Mientras en la bañera con barquitos jugaba, y se divertía, su mente largas dis-tancias y tiempos recorría, y veíase con paso diligente desfilando ante la afluencia de jerifaltes de toda la grande Europa que a recibir con orgullo sa-lieron a tan alto y dignatario caballero. Tan capaz, tan locuaz, tan trovero, que montera en mano hubo de saludar como torero ante los gritos de acla-mación que recibió tras su aparición y cuando exaltado proclamó su trovo más internacional: «Europa, una unidad de destino en lo Universal».

Después del reposo del guerrero, llegaba el momento de asumir sus obligaciones como gobernante de su ínsula, y con su poderoso consejero se reunió. Primero le contó con detalle sus aventuras en la corte del brujo Fra-gante, que gran curiosidad e interés despertaron en el nuevo barón, puesto que de información necesitaba para enfrentarse a la grandes responsabilida-des que su nuevo cargo entrañaba. Acabada la explicación le llegó el turno a don Paco de informar a su señor.

–Sus órdenes e indicaciones a rajatabla seguí. Me encerré en el despa-cho y dejé que los asuntos de estado resolviéranse a su libre albedrío; durante días aguanté y todo muy bien marchaba, pues nadie osó molestarme aunque yo muy aterrado estaba. Pero como los días pasaron y vuecencia no volvía, ni nada de usted sabía, pensé yo que pueblo solo sin gobierno peligro tenía y noticias había de riñas, pendencias y conflictos que atenían a la soberanía. De mucho valor revestime y la cara di, ya que mi deber consistía en tomar rien-das y tirar del carro de la autonomía.

–Decisión política importante y muy justificada por lo que dices. Or-gulloso y aliviado me siento al saber con la enorme ayuda que cuento.

–Gran provecho ha tenido esta experiencia para mi humilde presencia, y después de vivirla os confieso que no disgustome sentir el poder en mi ma-no y que muy capacitado me encuentro para repartir justicia entre aquellos que la necesiten.

–Grande cualidad la justicia, y dime Paco, ¿qué acontecimientos suce-dieron desde mi marcha que necesitaran de tu valiosa mediación?

–En realidad sólo uno, pero muy feo ponerse pudo si yo no hubiérame enfrentado al caso con talante receptivo y dialogante.

–Alelado me dejas por tu altura y solvencia política, pero continúa que muy absorto me tiene este caso.

–Vino a verme mucha gente plebeya, agrupados en plan querella para dinero solicitar con que su nómina agrandar. Alegaban argumentos pobres y vacuos como si necesidad de comer tuvieran o dar educación para sus vásta-gos debieran.

–¿Qué hiciste?

–Yo, sin inmutarme, les escuché con atención y cortesía, mas habíame leído su manual con atención en el que cuenta que en pagos a la gente baja, mucha moderación. Así que razones de mucho peso diles esperando su com-prensión.

–Sublime Paco, magnífica interpretación de las responsabilidades de un político de consenso. ¿Qué grandes argumentos esgrimisteis para su con-vencimiento?

–Yo díjeles con sobriedad y mucho raciocinio que ni un duro más ve-rían de aquesta tesorería, y que muy contentos se marcharen si nuevo diezmo no les aplicaba. Mas si seguían con la protesta, dos alternativas lógicas y co-herentes diles: o todos despedidos y en la calle, o bien zurrados y encerrados en calabozos hasta que su razón aflorara.

Don José le miraba muy asombrado sin pronunciarse, mientras Paco satisfecho se mostraba por la lección política y de tolerancia dada.

–Paco, una pregunta más. ¿Se marcharon los plebeyos complacidos de tu mediación?

–Lo que se dice muy felices no parecían, pero marcháronse rápida-mente, y, antes de salir, el que parecía su representante díjome que pronto volverían muchos más y bien equipados para entablar pendencia, pero como bien sabéis cobarde no soy y no me dejé amedrentar. Yo le miré fijamente y respondí que si guerra querían yo con gusto se la daría –dijo Paco, convenci-do de su buena obra–. ¿Qué pasa señor, parece usted muy pálido, acaso he actuado con demasiado comedimiento?

–Digamos que impecables tus intenciones han sido, pero sobre tacto, amigo Paco, mucho por aprender te falta. Esa gente es la que nos vota y aun-que dinero no les dieras, palabras debías pronunciar para que al menos la es-peranza mantuvieran. Pero reprocharte no puedo pues lo hiciste sin malicia; ya arreglaré yo este entuerto antes de que daños más graves nos cause.

–Lo lamento mucho mi señor, convencido estaba de que mi acción había sido un prodigio de moderación –dijo el barón del Puntapié, que se sentía muy triste por no haber sabido estar a la altura de su señor.

–Otra importante lección has de aprender. Un político jamás pedir perdón debiera. Si algo mal ha salido, problemas ajenos han sido.

Y tras esta importante lección don Paco se marchó a estudiar sus de-beres políticos, y el ilustre caballero el mando de su ínsula asumió.

Noviembre 15, 2006

Capítulo 5 Graznarín

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DE LO QUE OCURRIÓ EN EL ENCUENTRO ENTRE FRAGANTE Y GRAZNARÍN Y CÓMO ÉSTE CON ASTUCIA FUE NOMBRADO CABALLERO POR EL GRAN BRUJO GALLEGO.  

         Una mañana muy temprano, antes de que el sol saliera y sin más equipaje en sus manos que un hatillo con ligeras viandas y el pergamino que otorgábale el gobierno de la ínsula, partió Graznarín en secreto rumbo a desconocido destino. Como todas las grandes hazañas había de hacerse en solitario y sin notario, por lo que no había miembros de su séquito ni cronistas que de su gesta dieran cuenta. 

         Larga travesía hizo por caminos áridos y solitarios. Gran concentración requería su examen y pretendía evitar distracciones. Cada tres leguas recorridas hacía una breve parada, daba un bocado al pan que en el hato guardaba y de cantimplora bebía un trago de fresca agua. Después de hinojos se fincaba y en meditación profunda se sumía, pidiéndole a su Dios que espíritu y fuerzas le diera para superar la prueba. Por las noches breve era su descanso y siempre sobre duras piedras; acumular mucho sufrimiento debía para llegar puro de espíritu y sin merma moral junto la hoguera que el brujo encendiera para no salir chamuscado de la contienda.

         Tras tres largos días, con sus noches, al pie de la gran muralla llegó. Se lavó las manos y los pies en cercano arroyo para estar decente, y con presteza a la guardia de la fortaleza se dirigió. 

        –A mí la guardia del castillo –gritó.

          –¿Quién va? –se oyó decir.

         –Un siervo que el gran Fragante ha llamado a su presencia, y obediente y anhelante se presta a ofrecer su vida y su honra para la grandeza de su amo. 

        –Menos rollo y dinos la contraseña –dijo el guardián, cansado de escuchar a troveros aficionados que siempre llegaban buscando la oportunidad de que el brujo su padrino fuera para lanzarse a la arena política en busca de poder y fama. 

        –Fraga Fragante que no te pillen in fraganti –respondió Pepito sin que le temblara la voz. 

        Tras unos instantes de silencio, las cadenas comenzaron a chirriar y la puerta de la fortaleza cayó lentamente para a sus pies quedar. Graznarín firme se notaba cuando el puente atravesó y en la morada del brujo entró. Sus pasos le habían llevado hasta allí y pleno de fortaleza se sentía, desfallecer no podía si engrandecer su currículum deseaba con la orden de caballería.

         Un asesor del Fragante salió presto a recibirle y hasta la puerta de sus aposentos le condujo. Le dijo que paciente esperara la llamada de su señor, que meditara y reflexionara y su alma pura dejara. Miedo no había de tener, pero si al brujo intentaba engañar, ese sería su final. Nuestro héroe con templanza contestó que preparado estaba porque Fragante su ídolo siempre había sido y jamás engañarle pretendiera pues antes se muriera. 

        Tras una fugaz espera, la puerta de la guarida se abrió y frente al brujo Graznarín se encontró. Vive Dios que éste impresionaba por su grandeza y sus maneras: con su largo manto negro adornado con estrellas, su pañuelo carmesí anudado a la sesera, su mirada torva y profunda rodeada de ojeras, y su porte recio e indómito, mitad santo, mitad demonio, mitad hombre, mitad fiera. De varita no necesita pues sus manos rayos eran y un dedo suyo más poder tenía que cien arcabuces dispuestos en batería. 

         Pepito decidido, y sin apartar la mirada de sus ojos, con decisión al brujo se acercó. Éste le miró despacio de arriba abajo y de abajo arriba, vuelta dio a su alrededor y palabras no gastó. El héroe dudó, no sabía si hablar él debía o esperar al señor era obligación. Mas díjose que mejor pecar de valiente que de reprimido y sus primeras palabras lanzó. 

        –Este humilde súbdito de todo corazón quisiera darle a vuecencia posesión de modesta ínsula conquistada en buena lid al virrey de Sevilla, y que para siempre pertenezca al noble señor de la ciencia. 

        –Dignas-palabras-son-muchacho,mas-seguro-yo-no-estoy-de-que-fueren-sinceras.Falsos-y-mezquinos-halagos-podrían-ser-en-busca-de-complacer-a-pobre-viejo-que-chochea.

         –Zafio, estúpido, irresponsable, tunante, canalla, zoquete, burro, calavera, necio, indigno y otras muchas cosas yo fuera si engañar pretendiera al más grande hombre que jamás existiera sobre la faz de la tierra. 

         –Hábil-chico-pareces,mas-saber-necesito-que-nobles-o-aviesas-intenciones-alberga-tu-sesera. 

        –Puras y honestas son. Ser fiel con mis modestas fuerzas quisiera a la muy digna y santa lucha que el grande Fragante emprendió en años distantes, y que librar del reino pretende a malandrines, querellantes, sisantes, mastuerzos, tarambanas, majaderos y demás gente impía que se ha vendido con oscuras intenciones al muy turbio y pedante clan de los liantes. 

         –¿Con-qué-armas-dispones-para-contribuir-a-la-victoria? 

        –Ante todo la fe me mueve, armas sangrantes no porto, mas firmemente creo que trovo oportuno y bien dirigido más dolor provoca que puñales, espadas, alabardas o cañones.  

       –Y-en-caso-de-derrota-infligir-a-los-terribles-sevillanos,¿cómo-plantearías-gobierno-si-llegaras-a-ser-amo? 

        –Amo no, fiel siervo diréis mi noble señor, pues amo sólo hay uno y Dios sabe que sois vos. 

         –Ágil-mollera-tienes,y-muchacho-honrado-y-fiel-pareces,pero-comomuy-bien-sabes,eterno-no-soy-porque-piedra-filosofal-nunca-encontré. Sucesor-digno-busco-para-entregar-mi-ciencia-y-mi-poder,y-asegurarme-quiero-que-jamás-traicione-a-la-noble-causa-que-yo-comencé. 

        –Aún mucho tiempo queda para que tal momento llegue, y para entonces el gran Fragante habrá encontrado a alguien mucho más importante que este modesto servidor que jamás soñar pudiera con tamaña carga de suceder a tan poderoso señor –dijo Pepito con astucia, convencido de que al trapo el mago entraba y con sus elaborados trovos lo camelaba. 

        –No-tan-lejos-lo-fiares,muy-cansado-me-siento,y-quiero-conocer-tus-dotes-de-mando.¿Cómo-plantearías-gobierno-de-reino,que-no-de-ínsula,en-caso-de-que-el-pueblo-lo-quisiera?   

        –Con mucha prudencia mi señor, nunca precipitarme quisiera en tan importante labor. Pero prudencia no es símil de displicencia y nunca titubear el pueblo me viera. En cuestiones de principios políticos a las doctrinas de mi señor me atendría con férrea disciplina. Cuando muy compleja decisión se presentara, normas básicas siempre he de cumplir: escuchar a arriesgado empresario antes que a cómodo proletario, y las sociedades siempre anónimas han de ser; militares muy dignos y razonables son, los rebeldes no, y mientras no entren en razón escucharles no debo; clérigos son ejemplares, muy caritativos, rectos y bondadosos, y las cuestiones de educación patrimonio suyo son, ya que la gente sin creencias siempre levanta sospechas; y por último, y en cuestiones exteriores, gente muy sabia existe, y si gran jefe americano dice firme, yo tieso me quedo. En resumen si al pueblo fútbol, toros y tele dieras y al empresario todo lo que quisiera, gobierno por muchos años de reino tuvieras.  

             El brujo mudo quedose mientras a Pepito con ceño fruncido estudioba, vueltas a su alrededor dio, a su bola de cristal se acercó y con mucho interés escrutó. Posos del café, cartas, astros y rayas de la mano también consultó. Bebedizo secreto tomó y mil conjuros y hechizos pronunció; mientras el señor Graznarín atento le miraba y a cada minuto que pasaba su esperanza se agrandaba.  

       Finalmente el gran Fragante, con sudores en la frente, terminó sus rituales y un gran abrazo a Pepito le dio. 

        –Hijo-mío,dame-un-abrazo,que-al-fin-mi-larga-búsqueda-haterminado.Sucesor-tengo-y-mi-felicidad-proclamo.¡Qué-las-campanas-del-reino-suenen!¡Qué-palomas-y-buitres-vuelen!¡Qué-gran-fiesta-se-celebre-para-nombrar-al-caballero-heredero!         En ceremonia sin igual en la historia del lugar, y con la obligada asistencia de todos los miembros del clan, el gran brujo Fragante presentó en sociedad y nombró caballero dominante a Pepito Graznarín, que a partir de dicha fecha adquirió notoria popularidad; y a efectos de inventario su nombre hubo de cambiar y para el resto de los tiempos y en su partida de nacimiento figuraría la siguiente leyenda: 

         Siendo gobernante el gran brujo Fragante, señor de soles y tinieblas, reuniose toda su tropa para rendir homenaje al que guía sería un día de la santa cruzada que de nuestra tierra limpiara los desmanes, corruptelas, amiguismos e inmundicias que con saña, crueldad y malicia expandió el villano, truhán y pérfido virrey de Sevilla. A partir de este momento al salvador todos en el reino conocerán como el Ilustrísimo y Excelentísimo Caballero Andante Don José Graznar, Marqués del Divino Trovo y Conde de la Mueca.

Octubre 23, 2006

Capítulo 4 Graznarín

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DE CÓMO TRIUNFANTE SALIÓ GRAZNARÍN DE LAS URNAS Y EL BRUJO FRAGANTE LE MANDÓ LLAMAR A PALACIO PARA CONOCER
LA CATADURA DEL NUEVO ASPIRANTE.
 

El ansiado y temido día de la gran batalla de las urnas en la ínsula castellana llegó. Una muchedumbre se disponía a decidir sobre el futuro político del héroe trovador y de su fiel escudero. Ambos recluyéronse en el castillo que el gran Brujo tenía en la zona. La espera fue tensa y muy pendientes estuvieron de los datos y sondeos que los canallescos gacetilleros daban en radios, televisiones y prensa de diversas filiaciones.       A medida que los escrutinios alentaban sus ilusiones, nuevos amigos aparecieron por la sede prestos a dar ánimo y abrazos al valiente trovador. Coces turbado se mostró por tanta amistad espontánea y comenzó a cavilar mosqueado. Pensaba que si muchos se acercaban al señor Graznarín serían más a repartir, y privilegios por él bien ganados, podrían ser reclamados por vulgares aduladores que con falsas lisonjas, llenas de malicia, se dedicaban a trapichear en su contra para que perdiera la benigna influencia que sobre su señor ejercía. 

         Aprovechando un momento en que solos se encontraban, quiso plantearle a su amo la inmensa duda que se barruntaba entre sus sienes.

         –Mi señor y amigo Graznarín, muy preocupado me siento y en aqueste momento cierto dolor me reconcome en las entrañas. 

        –¿Por qué temes Curro? Estos hermosos momentos son de esperanza y grande ilusión, la victoria se acerca y sólo el comienzo es de una inmensa gloria que ante nosotros se arrodilla. 

        –Si por eso bien que me alegro, lo que preocúpame es ver a tanto zascandil avispado en busca de prebenda por los alrededores, y muy prestos dirígense a abusar de vuestra generosidad. Témome que con su falso vasallaje y sus malas artes pretendan alejarme de su confianza. 

        –No temas en vano mi fiel y querido escudero, por muchos que vieres acercarse y a mi cuerpo abrazarse, ninguno como vos tuviera mi confianza. Es grande y farragosa la tarea de gobernar, y sobre nuestros hombros, aunque poderosos, en solitario no podremos soportar. Necesitaremos consejeros, secretarios, subsecretarios, delegados y asesores que a nosotros obedezcan y que de responsabilidad nos descarguen en ingratas tareas. 

        –¿Tanta gente mi señor es necesaria para chupar del bote? –preguntó sorprendido. 

        –La gente de confianza nunca es suficiente, pero fíate de mi entendimiento que no todos los que vieres aparecer rebosantes de felicidad por aquesta puerta me harán creer que son fieles, pues de buena tinta sé que el siniestro sevillano ha enviado a alguno de sus bellacos con las turbias intenciones de cizaña sembrar entre mis fieles seguidores.

         –Deje a esos en mis manos señor, que como a alguno pille, con estos mis puños que en martillo convertiré, tal somanta de palos les daré que ni el sevillano ni sus madres volverán a conocerles.

             –Bien que te creo, Curro, y en ti mi total confianza ratifico. Mas te digo que nunca temas por mi gratitud, que si tú fiel siempre me fueras, el inicio de mi lista de por vida ocuparás y tus consejos serán los primeros que este servidor escuche.         –Gracias señor, y perdón le pido por mis indignos temores.

         –No tan indignos, ya dijo un glorioso gobernante que donde hubiera consejero diligente y precavido, lugar no había para asesor pervertido. 

        Un emisario llegó corriendo con la buena nueva trayendo: el pueblo había dictado su ley, Graznarín había triunfado en buena lid y las huestes del sevillano se batían en retirada antes que quedarse a reconocer su derrota e inclinarse ante el nuevo gobernante. 

        Legión de aduladores al emisario siguieron y todos, enfebrecidos por el cava derramado, hasta altas horas de la madrugada la victoria celebraron. Planes y proyectos se hicieron por miles: yo no ambiciono y me contento con una consejería; para mí qué menos que una secretaría; modesto soy y de subsecretario me conformo; un pequeño despacho en palacio y ya me haré yo mis negocios, aunque tengo experiencia como vicedelegado. Mientras todos elucubraban y su futuro arreglaban, Graznarín se mostró sobrio y sereno, a todos escuchó y habló gustosamente con los cronistas enviados que entre ellos combatían fieramente por obtener el privilegio de conocer sus primeras impresiones. 

        Sus gestas a oídos del gran Fragante llegaron, y el brujo en su bola de cristal una visión tuvo del joven triunfante. A un fiel consejero puso de inmediato a investigar para que reuniera todos los datos y le hablara de ese nuevo portento que hechuras de primera figura tenía, aunque nunca presumía e iba camuflado de subalterno.

         El consejero corriendo llegó a la guarida en la que el brujo, desde antes del alba, laboraba perfeccionando sus últimos conjuros que no habíanle reportado los premios por él deseados, y molestos efectos secundarios aparecieron en los conjurados. Tantos lustros de hechizos factura pasábanle al viejo por su ambición de hallar el elixir de la eterna juventud que al Ministerio de Información y Turismo le devolviera o a su embajada en la Gran Bretaña, que tampoco mal destino fuera.        

        Fragante se levantó como un rayo y a su consejero interrogó sin desmayo. 

        –Vamos,¿a-qué-esperas?Dímelo-todo.¿Quién-es-él?¿Cómo-me-conoció-a-mí?¿A-qué-dedica-el-tiempo-libre?Contéstame,lo-quiero-saber-todo.Vamos-no-te-quedes-ahí-parado-mirándome-con-esa-cara-de-estúpido –dijo Fragante, para él nunca había tiempo que perder y las pausas estaban de más a la hora de hablar. 

        –Parece ser que el discípulo que vos deseabais ha llegado. Hombre hábil es, trovos brillantes no le faltan, al pueblo encandila con la pasión de sus palabras, y mucho respeto y cariño hacia vos guarda. Siempre en sus floridos trovos habla del grande y regio Fragante como al ídolo al que adora y en quien sus ideas inspira. Mayor ilusión no tuviera que vos en su seno le acogieras. 

        –Adulador-y-zalamero-ha-salido.No-fiome-yo-de-tanta-lisonja-llena-de-jabón,pues-éste-escurridizo-es-y-resbalones-propicia.Y-témome-que-mis-fieles-servidores-fáciles-sois-de-engañar-por-fríos-embaucadores-que-de-vuestra-ingenuidad-se-aprovechan.Necesidad-tengo-de-conocer-a-ese-señor-o-tunante,que-cuando-yo-lo-vea-decidiré-la-calidad-de-su-ralea.

         –Os aseguro que pareciome noble, gentil y honrado caballero. 

        –No-buenas-cualidades-para-político-son,pero-hacerle-llegar-el-mensaje-de-que-requerido-en-mi-trono-es-y-audiencia-le-concederé-para-conocer-sus-intenciones,y-si-complaceme-su-calaña,heredero-nombraré. 

         El mensaje del gran brujo Fragante puntual llegó a los oídos del señor Graznarín, que acopládose pronto había al puesto de gobernante de ínsula importante. Antes de emprender tan inquietante viaje reuniose con su fiel Curro y amplio debate tuvieron sobre cómo debieran abordar la corte del Fragante. 

        –Ya ves cuánta razón tenía cuando paciencia te pedí y que confianza tuvieras en mi presteza e ingenio. Si asaltado hubiéramos la corte del brujo para hacernos rápidamente con fortuna, breve historia seríamos y olvidados de cronistas yaceríamos lacerados.

         –Grandes profecías las por mi señor proferidas. Indigno y mentecato fui por mis cortas luces de antaño. Mas con vuesa luminiscencia he aprendido y en hábil estratega voyme convirtiendo. 

        –Muy cierto es Curro que cientos de leguas por sórdidos caminos ha recorrido vueso trovo y vueso seso hasta convertirse en pulido diamante que miles de brillos lanza a cualquier diestra oreja.

         –Abrumado siéntome con vuestros generosos halagos que excedidos parécenle a este humilde lacayo. 

        –Elogios no os regalo puesto que justos son, aunque senda larga os queda por recorrer para seducir con majestuoso virtuosismo a las masas que a vuestros trovos acudirán, y aún mucho más para desenmascarar a rufianes con la sublime locuacidad de vuesas proclamas. Mas ahora otro tema nos ocupa que peliagudo ha de resultar si preparados no estamos.–Hable mi señor, soy todos orejas.

         –Duras pruebas he de superar para la confianza ganar de Fragante caballero.

         –Airoso saldréis de la contienda señor y con mi fuerza y apoyo contaréis.

         –De esto hablarte quisiera. Esta prueba de hombría, para la que reclamado soy, solo he de afrontarla; sin ayudas ni sustentos esta pendencia superar debo para alcanzar el alto rango de primer caballero y brujo consorte. 

        –¿Qué será de mí mientras vos sufre de tan terribles poderes? 

        –En tus manos encomiendo mi ínsula durante mi ausencia. 

        –Pero señor, sin su aliento solo me siento, y terrible congoja a mi garganta sube ante la inmensa carga que he de llevar sobre mi chepa.

         –No temas Curro, con enjundia saldrás de la prueba y unos consejos te daré para que llevadera te sea la tarea. Hazte ver lo menos posible, las más de la veces las circunstancias por si solas cursan sin que gobernante se infiriere. Si gacetillero o cronista hablar contigo quisiera, a apretada agenda alude para evitar la refriega.

         –Y sobre inauguraciones, comidas o celebraciones, ¿qué hacer yo si surgieran? 

         –Nada previsto hay en fechas próximas, pero si los días pasaran y mi regreso no se produjera, reza por mí Curro.

         –Pero a vos no os puede pasar nada.

         –Perfectos no somos y nuestros días siempre un final tendrán, y si no nos volviéramos a ver a tu libre albedrío encomiendo mi ínsula y confiado en tu rectitud de gobierno. 

        La intensa emoción los embargó y lágrimas de sus ojos brotaron y a través de sus jetas corrieron por la inmensa pena que les causaba su primera separación desde que tan fraternal unión formaran.

Octubre 16, 2006

Capítulo 3 Graznarín

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DE CÓMO A LA CONQUISTA DE LA ÍNSULA SE LANZARON Y TRAS SUPERAR AFRENTAS Y CONOCER LOS PELIGROS DE LA PRENSA A PIE DE LA URNAS LLEGARON  

Terribles fueron sus primeras cuitas y muy graves las afrentas recibidas por las amenazas lanzadas desde las huestes del Virrey de Sevilla en los campos de Castilla, pero si de algo andaba sobrado Graznarín era de paciencia y astucia, que no Coces, ya que ansioso estaba por entrar en combate y repartir mandobles a diestro y siniestro que con los huesos de los tunantes en el suelo dieran. Como acceder no podían a los fortines de las ciudades más importantes, vigiladas muy de cerca por los malandrines adiestrados por Arfonzo el Batallador, tuvieron que comenzar su combate lanzando sus arengas por pequeños pueblos, diminutas villas y demás territorios alejados de la mano severa del señorito. Tierras todas que en su día habían pertenecido al ilustre y docto Duque de la Eterna Promesa, moderado caballero, alejado de pendencias e injurias, y lleno de buenas y nobles intenciones con las que confiaba gobernar a sus súbditos durante siglos, pero en gobiernos y políticas las buenas intenciones, sólo parecellas que no tenellas, decía uno de los dogmas básicos del manual del líder triunfador que cierta fría y rígida gobernante de la pérfida Albión, manca del brazo izquierdo pero de diestra implacable, había escrito y era libro de culto para jóvenes uniformados de pelo engominado que con ser líderes triunfantes soñaran. Graznarín se lo había leído con fervor y devoción, y en su libro de cabecera lo había convertido como si de Biblia se tratara. 

         Siguiendo un estilo populista en sus variados y floridos trovos, dichos en plazas de pueblo como si pregón de fiestas proclamaran, sus primeras victorias y adhesiones trajéronle. Mientras su amo trovaba con belleza, Coces, dejando de lado sus pendencias, bolsas de caramelos compraba y repartíalos entre grandes y chicos con sonrisa forzada, y con la orden dicha por su jefe de labios prietos y mueca sonriente, porque de boca cerrada no salían improperios. Curro, a pesar de su natural sufrimiento, airoso supo salir del encargo y muy pocos mamporros se le escaparon comparados con los miles de dulces regalados.

         La hábil estrategia electoral de Graznarín fue ganándose de la confianza de gentes descontentas por los indignantes olvidos que hacía gala en su mandato el Virrey de Sevilla, y su número de seguidores y adeptos fue en claro aumento, por lo que agenda hubo de comprarse para guardar nombres a quien entregar cargos a cambio de devociones si de triunfador saliera en el terrible duelo de las urnas.

         Con numerosos aliados y la justa fama obtenida por sus palabras, el cada vez más ilustre y admirado trovador vio cómo las puertas de los castillos se abrían y sus teatros se llenaban para escuchar al joven de poblado mostacho que a las huestes del sevillano ponía en retirada con la única arma de su pecho descubierto y su locuaz palabra. 

         Antes de su primera gran actuación ante una multitud ansiosa y con notarios de la actualidad, cronistas y peligrosos gacetilleros como testigos, llamó a su fiel Coces y cruzó con él unas importantes y muy decisivas palabras que a su futuro afectaban.

         –Sacrificio te pido mi querido Curro. Decisivo momento ha llegado para nuestro glorioso futuro, y fallos no podemos cometer que nos devuelvan a polvorientos caminos, posadas infestas e indigestos bocadillos de mortadela. Si en hoteles confortables queremos dormir, si en restaurantes caros anhelamos yantar, si por el cielo y autopistas deseamos viajar, y si nuestro sueño de palacio habitar queremos cumplir, tú has de poner mucha atención a mis palabras –dijo con gran solemnidad.

         –Tú díceme que yo escúchote con atención, y mi discernimiento sabrá con claridad entender el significado de tus dictados –dijo Curro, sintiendo que ya iba haciendo grandes progresos en la composición de sus propios trovos.

         –Hoy no sólo seré escuchado por el pueblo que me ama. En la sala también estarán presentes otros seres de oscuras y retorcidas intenciones, buscadores de carnaza como buitres, pero con garra afilada como leones. Parecen inofensivos cuando se acercan, sonrisa muestran y palmada presta, pero siempre hay que temellos como si de sarna se tratase.

         –Dígame señor quienes son esos truhanes que reventar su trovo pretenden. Ya ganas tenía de entrar en acción y os aseguro que sabré darles las caricias que se merecen. Después de conocer mis regalos, nunca más ganas les quedaran de acercarse a gente honrada –dijo frotando sus manos y con grande sonrisa en su cara.

         –¡Pardiez Coces, pero qué barbaridades dices! –exclamó asustado–Esa gente es intocable, y por el futuro de nuestra causa debemos estar a bien con ellos.

         –No os entiendo señor. Si enrevesados, taimados, infieles, traidores y pendencieros son, ¿por qué hemos de buscar sus favores? Cuando con cuatro mamporros o cachetes bien repartidos hasta el fin de los tiempos os libraré de ellos.

         –Gran y terrible error mi fiel Curro, estos tipos no obedecen las reglas de caballería, no aceptan duelos en igualdad de condiciones; pérfidos y escurridizos son, con sumisión y respeto te reciben, pero cuando les das la espalda, tienen la potestad de contar a millones de individuos lo que ellos quisieran aunque de verdades no se trataran, y muy influyentes son en las decisiones de las gentes que a las urnas se acercan.

         –Y digo yo mi señor que cómo de habérnoslas bien podremos con gentes de semejante calaña.

         –Dices bien, fácil no es de ganarse su confianza, hemos de evitar cualquier duelo u hostilidad con esos pendejos. Cuando ellos desenfundan pluma, desenvainan micrófono o apuntan con cámara, sonrisa hemos de poner y decir las hermosas palabras que ellos quisieran escuchar. Tampoco de parecer tontos se trata, pero sí de administrar las palabras y los gestos como si valiosos tesoros fueran. Sin que de vanagloria parezca, triunfos nos hemos de adjudicar e irónicas punzadas contra los sevillanos lanzar, pero que nunca parecieran agresiones, puesto que conciliatorio nuestro talante debe parecer y el gran brujo Fragante por nuestra listeza y habilidad nos debe apreciar. Y objetivo nuestro es que llamados a su corte en breve tiempo seamos.

         Curro comenzó a mostrarse inquieto, y se rascaba la cabeza con gesto extrañado.

         –Lección difícil esta mi señor. No sé yo si en tan poco tiempo mis entendederas asimilarán tanta sabia docencia que vos habéis lanzado hacia mi sesera sin indulgencia.

         –Por eso te suplico discreción y mucho silencio. Mantente lo más alejado posible de tan fieros malandrines y embaucadores, y en el caso de que ellos te asaltaran, tú las manos siempre prietas en los bolsillos y con una sonrisa, como si de anuncio de pasta de dientes se tratara, has de comentarles que en todo coincides con mis opiniones y que muy gustosamente yo les daré todas las respuestas a las preguntas que ellos formulen por arduas que fueran.

         –Así lo haré si vos lo queréis, aunque vive Dios que después de lo que habéisme relatado, me gustaría desfogarme con alguno de aquestos tipejos por los tremendos atropellos que vos dice que comenten y por sus traiciones al noble espíritu de caballería.

         –Ten paciencia, alguna vez lo harás, cuando las condiciones óptimas se presenten.

         –Y digo yo que si pillo a alguno solo, sin pluma, sin micrófono y sin cámara, y sin testigos cerca que puedan ratificar su palabra, ¿podré darle un pequeño correctivo como pago anticipado por sus patrañas? –dijo, esperando una mínima recompensa.

         –¡Peligro Curro! Mucho peligro tienen tus honorables intenciones, porque esos seres nunca indefensos se encuentran, y son como demonios que se reproducen por ciencia infusa y de sus cenizas renacen como dragones cornudos. Haz lo que te he mandado que nuestro triunfo está asegurado.

         –Sea como vos queréis. Afable y cordial me mostraré aunque conjuros y maldiciones para mis adentros pronunciaré para que los siete males les ataquen.

         –Sobre deseos y conjuros trátalos como gustes, pero de palabra que no se te escape ni un mínimo insulto.

         Cumpliéronse los objetivos del muy lúcido e ingenioso Graznarín, y triunfante salió de su primer recital de trovos en enorme auditorio y ante selecta audiencia. Los terribles críticos gacetilleros, lejos de calumniar al nuevo aspirante a líder, comenzaron a entrever al posible sucesor del brujo Fragante si en la aquesta de la urnas derrotaba al enviado del agreste sevillano, y algunos más despabilados se atrevieron a presagiar para un futuro no muy lejano el más terrible duelo que el reino viviera desde los tiempos de gran Rocinante. Por un lado el bello y cruel Felipe, trovador insigne, virrey de Sevilla y reconocido en Oriente y Occidente como el mayor hacedor de parábolas que los tiempos vieran, y que sólo con su verbo como daga había dejado malheridos en sin par batalla al valeroso Duque de la Eterna Promesa y al no menos arrogante gran brujo Fragante.

          Por otro lado estaba el muy aventajado trovador aspirante, todavía demasiado joven y sin tener la crianza que otorgaban los reveses que servían para moldear las agallas. Pepito, ambicioso y sabedor de sus poderes, muy preparado estaba para emprender tan singular batalla. 

Octubre 3, 2006

Capítulo 2 Graznarín

Archivado en: novela por capítulos — ebaobab @ 10:08 pm

DE CÓMO DECIDIERON DESFACER ENTUERTOS Y SALIR EN BUSCA  DE AVENTURAS Y PRESTIGIO QUE A OÍDOS DEL GRAN BRUJO GALLEGO LLEGARAN.  

Durante un largo periodo anduvieron Graznarín y Coces aprovechando las horas de recreo y asueto para abrir un intenso debate sobre cuales deberían ser los pasos a seguir que les situaran en el menor tiempo posible en los umbrales del poder. 

            Andaba el reino dividido en dos importantes bandos, aunque con desiguales fuerzas. Uno estaba dirigido por un viejo brujo gallego bullidor, parlanchín y dominante, pero inmenso trabajador al que era difícil pillar en doblez. El gran Fragante muy temido era cuando organizaba un aquelarre, de infinidad de trucos disponía, pócimas, conjuros y maldiciones para abatir a los pobres ingenuos que trataran de derrocarlo, y su memoria de ballena nunca olvidaba a aquellos infames sujetos que le traicionaban. Su mal de ojo siempre perseguiría a los que herejía cometieran contra su inmensa sabiduría.

             En cuanto al otro bando, y más poderoso desde las últimas justas democráticas, estaba regido por dos insolentes espadachines sevillanos, vocingleros, filibusteros y ambiciosos, de lengua viperina y modales plebeyos que, amparados en su juventud y en el oscuro pasado del gran Fragante, habían sido encumbrados como los grandes revolucionarios que libertad, igualdad, fraternidad, europeismo y OTAN al reino traerían. 

            Existía un tercer grupo con representación global, aunque era mucho menos extenso en número de adeptos que los anteriores y que tenía como líder y califa al gran pensador Boabdil el rojo, el último monarca comunista que en el mundo quedara. Amigo de la reflexión y de fuertes creencias religiosas, pasábase la mayor parte del tiempo rezando en su mezquita. De tarde en tarde, y sin previo anuncio, de su minarete salía y devastadora andanada lanzaba contra barco que a su puerto se aproximara, y dábale igual que lo tripulara amigo o encarnizado rival, pues muy dañado saldría de la refriega quien a tiro se pusiera. 

            Por supuesto existían otros grupos de gran enjundia y poder, pero muy lejos se encontraban y a todo el reino su poder no abarcaba. Esos últimos bandos pareciénronles a nuestros héroes que mucho distaban de saber apreciar las grandes gestas y  victorias que prestos a conseguir estaban. 

             Pepito y Curro se aplicaron y con esmero estudiaron las ventajas e inconvenientes que presentaban los dos bandos dominantes para encontrar al que sus inmensas cualidades mejor conviniera. Muy pronto el clan de los sevillanos descartado fue. Recién formado estaba, gozaba de buena salud y enorme lista de espera había entre sus fieles vasallos para obtener los altos cargos que el estado necesitaba. Además, tanto a Pepito como a Curro les habían enseñado en el colegio que las hordas socialistas y comunistas más devastadoras eran que los vándalos del norte, y toda buena gente sabía que a los niños y curas se comían. Ellos, fieles creyentes, no querían desobedecer a maestros tan cultos, honestos y religiosos. Así que como buenos y honorables caballeros causa tenían por la que luchar y enemigos acérrimos a quienes combatir en su santa cruzada: el  virrey Felipe de Sevilla y Arfonzo el Batallador eran los temibles infieles a los que se tendrían que enfrentar en sanguinarias contiendas que superarían a las más grandes batallas que jamás se narraran en novelas de caballería. 

            Decididos estaban a unir sus fuerzas a las del gran brujo Fragante. Sabido era en todo el reino que el viejo estaba cansado y decíase que buscaba sucesor al que enseñarle todos sus conjuros y pócimas secretas, que dotarían de un poder omnímodo y sobrenatural a aquel afortunado que le sucediera. Graznarín pensó que si todas sus cualidades aprovechaba, podría ser el sucesor del gran brujo, pero un grave problema existía que solución fácil no tenía. Si el presunto heredero no se presentara muy bien preparado para superar las temibles pruebas que el Gran Fragante pusiera, toda la ira de éste caería sobre el ingenuo que profanara su templo, y el desdichado impostor y farsante desaparecería para siempre de la faz del universo. El muy apuesto y valiente Barón Restringe y el emprendedor hidalgo Hernandito de la Mancha con las pruebas del brujo osáronse enfrentar. Intención tenían de alcanzar poderes sobrenaturales, pero escaldados y lacerados salieron de tan terrible embate y nunca jamás en la noche de los tiempos se supo de aquellos nobles impetuosos y no muy sensatos caballeros que al sitial del brujo optaron. 

            Coces pensaba que a ellos jamás les pasaría semejante desgracia, puesto que fuertes e ingeniosos eran y muy partidario se mostraba de coger al toro por los cuernos e ir directos al castillo. 

            –No creo yo que tan fieros sean los brujos como los pintan –dijo con gran suficiencia. 

           Pero Graznarín considerábase más astuto y por algo era el jefe. Pensó que no precipitarse la mejor solución sería, y dejar pasar el tiempo con paciencia, una postura sensata. No podían presentarse en la corte del Fragante en inferioridad de condiciones y sin presentar unos avales con los que muy poderosos parecieran.

            –Apreciado y precipitado Curro, si el gran Fragante viésenos desesperados y ansiosos de poder, nuevas víctimas seríamos de sus temibles y despiadados conjuros, y tal vez diésenos pócima secreta que en burro, en cerdo o en serpiente nos transformara con sus grandes poderes sobrenaturales, y nunca más volviéramos al mundo de los seres pensantes. 

           –Mire vos por mi bien, por su corazón se lo pido, que de burro yo no quisiera vivir. Si es preciso prefiero águila, león o incluso buitre. Yo seré bruto, pero nunca burro mi señor –dijo Curro, preso de un gran congojo. 

           –Anímate hombre y no subestimes mi ingenio. Ten presente que no estás sirviendo a un mago primerizo que vulgares palomas saca de un pañuelo, ni pobre buhonero soy que venda falsas recetas de jarabe medicinal. Alquimista pude ser, pero qué era la piedra filosofal para alguien que puede crear un mundo real sin necesidad de colas de lagartija o hierbas secretas. Yo soy el cerebro Curro, la mente pura y diáfana que todo lo ve. Yo a la meta llegaré sin cadenas que me paralicen, sin hilos que me dirijan, sin mordazas que en mudo me conviertan. Sólo mi trovo y mi ingenio bástanme para romper cadenas, burlar conjuros y exorcizar brujerías. 

           –Cuanto más oígolo mi venerado caballero, más me fío de los poderes de sus pláticas verbales. Mas, ¿cómo piensa vuesa merced vencer a tan temible brujo? 

           –Nada de vencerle Curro, convencerle hemos con una valiosa ofrenda que en señal de concordia y amistad le daremos. 

           –¿Cómo? –dijo muy sorprendido– Perdone señor Graznarín, pero riquezas no nos sobran. ¿Qué ofrenda podremos hacerle al grande brujo para su plena confianza lograr?    

           –Una ínsula, tenemos que conquistar una ínsula valiosa para ofrecérsela al gran Fragante en señal de estima y respeto a su mandato –dijo Pepito, convencido de su gran astucia.  

          –Perdone el señor la lentitud de mis cavilaciones, pero cuéstame horrores encontrar las grandes ventajas de vuestro plan. Pienso yo que si le damos una ínsula al brujo, con más poder él contará y nunca querrá renunciar a su trono.

            –Mira Curro, aquello que oyeres no siempre significare lo que pareciere. Una ínsula conquistaremos a las huestes del desalmado virrey de Sevilla y a los pies de Fragante pondremos, pero nuestra gesta que pareciera el noble gesto de dos fieles súbditos honestos, refinada artimaña es para que el brujo nos conceda audiencia en su corte y nos considere dignos depositarios de sus poderes y conjuros, y gobernadores en su nombre de esas tierras nos proclame. No es lo mismo mi fiel Curro ir a por el trono y salir por la tronera, que ofrecer ínsula y quedarse con imperio. 

           –Qué grandes son tus proclamas amo mío, ya conformárame yo con saber decir algunas de esas fermosas palabras que tan bien colocadas salen de tu boca. 

           –Tiempo al tiempo estimado amigo, pronto, muy pronto poder notable tendrás para que tus dichos dejen de ser coces y se conviertan en leyes. Y las leyes, leyes son y el pueblo las respeta como si de mandamientos divinos se tratara. 

           –Séalo mi señor, séalo como vos decís, que mi emoción muy grande será cuando ese día llegue. 

               Y tras esta acertada decisión, Graznarín y su escudero Coces subieron a su vespa y emprendieron el camino de Castilla para hacer frente a su más dura prueba: la que le podría suponer al valiente trovador el ascenso a la orden de caballería de la Santa Cruzada del gran brujo Fragante.

Octubre 1, 2006

Capítulo 1 Graznarín

Archivado en: novela por capítulos — ebaobab @ 8:17 am

DE CÓMO GRAZNARÍN HÍZOSE AMIGO DE COCES Y JUNTOS PROYECTARON GLORIOSAS AVENTURAS POR UN REINO DE DESDICHAS EN BUSCA DEL PODER.             Era Pepito Graznarín un joven muy despabilado, de ágiles entendederas y de fluido verbo dotado que permitíale componer hermosos y variados trovos. Estudiaba con ahínco en un prestigioso y clerical colegio, de mucho pago, para convertirse en un hombre muy preparado, sagaz, emprendedor y de provecho para la sociedad en el día de mañana. Con un brillante abogado soñaba su madre, con un eficaz funcionario conformábase su padre, pero Pepito ambiciones secretas tenía y sus miras puestas en un lugar mucho, pero que mucho más lejano, aunque planteárselo no quiso a su familia ni afines por temor al escarnio.           

      Junto a sus indudables capacidades intelectuales no uníase un cuerpo esbelto, espigado y musculoso que levantara pasiones, ni siquiera tímidas adhesiones. Menudo era, con flequillo de monaguillo obediente o de aprendiz de novillero impaciente. Sus cejas, hermosas autopistas de pelo negro, tenían cierta tendencia a unirse sobre su apéndice nasal, lo que hacía prever un brillante futuro conciliador entre extremos, pero Pepito aún no había captado esa brillante cualidad de mediador y aterrábale que le pudieran llamar unicejo o cejijunto, u otras cosas peores que se podrían decir. Visto que de debajo de la nariz brotáronle hermosos filamentos, fuertes como cerdas, diose cuenta nuestro héroe de la gran ventaja que muchos políticos le sacaron a frondosos, pequeños, retorcidos, salvajes, siniestros y extravagantes bigotes. Ese era el elemento clave que complementaría su incuestionable personalidad de líder nato que fuera querido, respetado y aclamado por las masas.   

      Pero Pepito no era feliz, triste estaba porque ni la prole, ni tan siquiera los prójimos que le rodeaban, habían sabido descubrir sus infinitas cualidades políticas. Tras sonoro fracaso en las elecciones a delegado de clase, en las que fue el único candidato propuesto, se dio cuenta de que su complejo carisma no era entendido por las masas. Graznarín se sumió en una profunda y trascendente reflexión y, tras muchos dimes y diretes, llegó a la acertada conclusión de que toda empresa política no sólo necesitaba de brillantes trovadores de verbo sonoro y claro, capaces de inventar verdades y que tuvieran una personalidad emblemática y porte regio. Para que su proyecto triunfara y extenderse pudiera por toda la faz de la tierra y allende los mares, necesitaba de un brazo aliado fiel y fuerte, muy devoto a sus ideas y de no sobrada sesera para que complejas preguntas no hiciera, y sobre todo y más importante, que siempre presto a defenderle estuviera de agresiones y afrentas, y a los miserables rompedores de proclamas y trovos amedrentar pudiera y su merecido les diera si a la razón de su lógica no se atuvieran.        

       Andaba por el colegio un joven fornido y bravucón, con semblante de bruto labrador y pose de noble maniquí, hidalgo, cursi y altanero por los finos tejidos que componían su selecta indumentaria. Este sin par y aguerrido personaje era temido y evitado por todos los estudiantes, profesores y clérigos con sotana que por el colegio andaban. Su espíritu pendenciero y los golpes por él lanzados, tanto de palabra como de obra, le habían convertido en el mancebo más duro y temerario de la comarca y alrededores. En el colegio era conocido por “Coces” aunque nadie que en sus cabales estuviera había sido lo suficientemente osado para nombrárselo en su cara. Curro, que era el nombre del que Coces presumía, aparte de sus notables cualidades físicas y de su facilidad para la provocación y amenaza, no debía de ser muy tonto puesto que los cursos aprobaba y en convertirse en alguien muy poderoso confiaba. 

           Un día paseaba Pepito triste y cabizbajo por el patio del colegio, iba pensando en cómo podría un brillante joven normal hacerse respetar en un mundo hostil en el que sólidos valores tradicionales de la familia habían sido aplastados por unos melenudos de abrigos largos y lanzadores de proclamas hippies de amor libre, vivencia comunal y que puño en alto pregonaban los peligrosos valores de la anarquía, comunismo y libertad. Curiosamente, presumían todos ellos de haber estado en París durante la excursión de fin de curso de mayo del 68, mientras él se tuvo que conformar con una modesta visita a la feria del campo, y mucho fue el disfrute recibido cuando vio en televisión una hermosa demostración sindical en la que miles de trabajadores, vestidos de inmaculado blanco, realizaban hermosos y bien planificados ejercicios gimnásticos. 

            En un banco del patio se encontraba Curro mondando y devorando con saña una enorme bolsa de pipas. Solo estaba y su rostro fiel reflejo era de la satisfacción que producía el estómago lleno. Pepito, siempre ágil, pensó que fiera bien comida el peligro perdía, y dócil y juguetona mostrarse podría si con habilidad sus piezas movía. Mejor momento de abordaje nunca hallaría. 

           –¿Sentarme puedo en aqueste lado? –preguntó Pepito, situándose a la diestra de su banco.   

           –Bueno, pero tú no pienses que pipas a mi costa comerás –respondió Curro con cierto resquemor.

           –Regaliz prefiero maese Curro –dijo, mientras sacaba varias barritas del bolsillo–. ¿Quiere vuesa merced una? 

           –Bueno, comerémela más tarde –contestó al tiempo que las cogía todas. 

           Desde ese momento los dos pensaron que habían ganado la batalla. Pepito cerciorado estaba de que contaría con un brazo poderoso y fiel a su lado por el módico precio de una barras de regaliz; mientras Curro había logrado a un suministrador que no le exigía pipas a cambio, y que parecía fácil de doblegar en caso de afrenta o disputa. 

           –¿Qué glorioso futuro vislumbra en lontananza vuesa merced lograr? –preguntó Pepito. 

           –¿Qué has dicho? –dijo Coces, preparando el puño por si de agresión, mofa o insulto se tratara. 

           –Te decía que qué quieres ser de mayor. 

           –¡Ah! ¿Se trataba de eso?  

          –Claro, ¿qué habías entendido vos? 

           –Algo parecido ciertamente. Para vuesa complacencia os diré que importante y muy poderoso caballero seré. 

           –¿Cómo lo piensas conseguir? Suponiendo que impropia la pregunta no consideres. 

           –Aún no lo sé, pero ten por seguro que lo lograré. Y tú, ¿qué quieres ser?  

          Pepito, antes de contestar, rígido puso su cuerpo y situó en posición enhiesta su precoz bigote. 

           –Yo líder, el líder político más importante que esta Europa haya dado, diese o diere.  

          –Pero, ¿tú sabes cómo hablarle a las masas y que ellas te sigan sin condiciones? 

           –Claro que hablar sé, nunca lo dudes maese Curro. Trovador soy, mi palabra es fluida y mi verbo locuaz, es más, sé muy bien lo que sugiero cuando digo y conozco plenamente el sentido de lo referido. Yo puedo convencer a todos los que me oyeren de que mis relucientes argumentos aportan las mejores ideas para que el cumplimiento de la felicidad llegara a la nobleza, hidalgos, plebeyos y demás gente de baja alcurnia.  

           –Joder, eso es la leche –dijo Curro fascinado–. Con esas palabras tan bien arrejuntadas pudieras lograr todo lo que quisieras.  

          –Palabras solas, aunque sonoras, no bastan y problema grave es conseguir que el vulgo se siente presto a escucharme con devoción. Mi presencia aunque altiva, no deslumbra tanto como mi trovo, y sabido es por anunciantes, camelantes y demás publicitarios liantes que imagen fermosa vende más que cientos de párrafos pulidos y esmerilados –dijo Graznarín con cierta resignación.  

          –Por eso preocuparte no debes mi buen amigo, conmigo a tu lado nadie se atreverá a moverse del asiento, y si yo, sin grandes entendederas, pasaríame siglos que no horas escuchando vuestro rico verbo; el resto del mundo, ¡vive Dios que ha de hacerlo, como me llamo Curro, y Coces me apodan!   

         –Si fiel a mi causa permanecieres, te prométo que haré de ti el hombre más poderoso y temido de este país –proclamó Graznarín con gran solemnidad.  

          –Y tú, ¿qué sacarás con ello?   

         –Yo seré el líder más venerado, respetado y querido que nunca haya existido en oriente y occidente.   

         –De acuerdo –dijo Curro inmediatamente, sabiendo que la veneración, el respeto y el cariño, aunque valiosos, eran cosas intangibles y perecederas, pero el poder era el poder, como su propio nombre indicaba, algo real, directo y nada volátil, y nadie como él lo sabría administrar. Y pobre de aquel que oponerse intentara a sus rectas medidas disciplinarias, pues con su ira topara, que aún no siendo divina para apaciguar a los humanos bastaba.     

             Y así es cómo se conocieron y pactaron sobre su glorioso futuro don Pepito, señor de Graznarín y su fiel y pendenciero escudero Curro Coces. Con esmero se prepararon para lanzarse a un mundo lleno de aventuras y peligros, donde ellos serían los cruzados que impusieran el orden y la paz a cambio de ser proclamados, en solemne ceremonia, como los salvadores de la humanidad.

Septiembre 29, 2006

Prólogo Graznarín

Archivado en: novela por capítulos — ebaobab @ 10:21 pm

PRÓLOGO  

         Prometo por mi honor, si es que lo tuviere, que este libelo lejos está de buscar agravios y disputas, y en momento alguno dañar he pretendido el honor de personas eminentes y honradas, y si algún noble señor de alta alcurnia ofensa viere, fincado de hinojos perdón le suplicare, pues no ha sido fin de este modesto farsante entablar pleitos ni habitar cárcel. Sin buscar una estricta fidelidad ni un preciso reflejo histórico he afrontado los acontecimientos aquí narrados. Sólo escribir una modesta e imaginaria historia de caballerías he pretendido.   

          ¿Por qué escribir novelucha caballeresca cuando ha cientos años desaparecer caballeros? ¿Por saña? No, por hambre.  

        Este plebeyo de baja ralea y nula alcurnia parado está y sin recursos pecuniarios muy difícil es engañar al estómago. Mas como el ingenio es libre y no necesita de títulos ni prebendas, y el Señor no se fija, cuando lo entrega, si su portador será un noble empresario, rico banquero, afortunado heredero, político insigne, clérigo devoto, militar poderoso, como habría de ser menester; o por el contrario, lo reparte de forma irresponsable a pobre labrador, explotado minero, molesto mendigo, peligroso pensador, rufián sin prejuicios o inútil parado. Y yo me pregunto, ¿qué puede hacer con el ingenio alguien que no lo merece, según dicen las normas sociales decentes? Puesto que devolverlo no puedo, la televisión no me divierte y a lobotomía no me presto; en papel, tinta y palabras he invertido mi modesto entendimiento que no mi dinero puesto que de él carezco y su color ignoro.             Si de algo es millonario un parado es en tiempo, y díjeme para mis adentros que se acabaron las quejas, los lamentos y los lloros por mi infortunio. No más colas en el paro ni tarjetas de desempleo, no quisiera que sólo las estadísticas reflejasen mi inadaptación al muy justo sistema de oferta y demanda que incorruptos empresarios sugieren y el gobierno, como brazo ejecutor, libremente impone.

         El lector libre es de leer o ignorar lo que aquí se narra, de reírse o de llorar, de mofarse o de indignarse, aunque la sonrisa mucho mejor para la salud es que la rabia. Y si este panfleto no se vendiera, ni leyera, ni publicara, ni divirtiera, seguramente yo ingenio no tuviera ni mi hambre saciara, pero al menos quedaríame papel impreso para comer y rico en celulosa es, y puesto que parado sin dinero, sin ingenio y sin subsidio por desempleo en plantita se convierte, buena sea la celulosa para el crecimiento de este geranio y suplico que mano piadosa lo riegue de vez en cuando con la esperanza de que flor brotara que al menos belleza diera.

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