La biblioteca de los proscritos

Diciembre 10, 2006

LEOLO

Archivado en: Opinión — ebaobab @ 8:25 am

Hace pocos días escribí sobre aquello que Tom Waits y su música me habían aportado a la hora de crear. Dije que lo había conocido cuando fui a ver Leolo, y creo que ha llegado el momento de que escriba lo que ha supuesto esa película en mi vida. Me hubiera gustado decírselo personalmente a Jean Claude Lauzon, pero murió poco después de hacer esta película tan grande que me resulta muy difícil compararla con cualquier otra de la historia del cine.

         Si se juzga con criterios meramente cinematográficos no será difícil encontrar algunas películas que puedan estar mejor dirigidas, interpretadas o con una mejor fotografía, y es por eso que no gusta a muchas personas que sólo quieren ocupar una hora y media de su tiempo en ver una película entretenida y que no moleste. Algunos la acusan de que es escatológica, de que tiene violencia innecesaria y de que la historia no se desarrolla correctamente, entre otras cosas.

         Evidentemente no es una película cómoda de ver de la que el espectador no sale indemne. Cuando se estreno no fue un gran éxito en taquilla, aunque estuvo muchas semanas en cartel en las salas de versión original porque la voz se fue corriendo. Y mientras infinidad de películas se olvidan con el paso del tiempo, la leyenda de ese muchacho que lucha desde los sueños contra la locura no ha dejado de crecer.

         De Leolo no sería descabellado decir que puede ser el mejor sueño de la historia del cine o la mejor película de la historia de los sueños. Los que amamos esta obra, y cada día somos más, periódicamente necesitamos verla para comprobar si seguimos soñando y no estamos locos. Cada vez que me siento a verla tengo miedo de que la película no vuelva a golpearme en las entrañas y a provocar sentimientos que parecen olvidados. Pero pronto desaparece el miedo, siempre que Leolo abre a oscuras la puerta del frigorífico, equipado con guantes y gorro de lana, para leer con esa luz gélida el libro que hay bajo la pata de la mesa de la cocina. No puedo evitar que se me caigan las lágrimas. En esa imagen está reflejada toda la grandeza de lo que supone la literatura para los que necesitamos soñar, para los que vemos los libros como una conquista y no como una obligación que nos imponen.  

         Recuerdo que cuando la vi por primera vez estaba tratando de abrir una nueva puerta en mi vida. Por entonces trabajaba como fotógrafo publicitario en una productora y estaba empezando a platearme la posibilidad de hacer un cortometraje. Lo de escribir guiones de largometraje era un sueño lejano, y lo de escribir novela o teatro no aparecía ni en el más disparatado de mis delirios. Cuando salí del cine pensé que era el guión que hubiera soñado escribir porque no se hacían concesiones al medio, todo estaba al servicio de la historia y Jean Claude Lauzon se había lanzado al abismo sin paracaídas, como si sólo dispusiera de una oportunidad para contar todo lo que guardaba en su interior. Siempre nos quedaremos con la duda de saber qué otras películas hubiera hecho el director si no hubiera sufrido un accidente de helicóptero, pero Leolo ya justifica su presencia entre los más grandes.

         Durante un año vi la película cinco veces, hasta que pude hacerme con el video, y decidí transcribir el guión palabra por palabra como ejercicio cinematográfico, aparte de leer varios libros sobre el tema.

         Tardé menos de un año en escribir mis primeros seis guiones de cine, y decidí llevarlos a algunas productoras confiando en que me sirvieran de aval para entrar en la industria del cine. Un año después había rechazado una oferta por uno de los guiones, porque tenía que hacer unos cambios que me negué a aceptar, y me había quedado sin trabajo como fotógrafo. Por entonces, Leolo sólo suponía un hermoso recuerdo, pero me resultaba muy difícil volver a verla porque me sentía al borde de la quiebra al perderlo casi todo. Bajo esa fragilidad llegó la renuncia a la fotografía y apareció la necesidad de crear imágenes mediante la palabra a través de la novela.

         Dos de las historias que había desarrollado como guiones acabaron convertidas en novelas, y a finales del año 97 nació la idea para la primera novela que escribía sin un guión previo: Y el pirata creó el mar, y que publique en 2002.  

         Con el paso de los años muchos lectores me han preguntado sobre las influencias literarias que he tenido al escribirla porque no era fácil clasificarla. Yo no sabía definirme, sólo decía que respondía a una necesidad muy profunda, como si se tratara de mi propia lucha contra la locura. Hace poco, una lectora me dijo que en algunos detalles le había llevado a pensar en Leolo, y entonces me di cuenta de que esa novela hubiera sido distinta, o puede que no la hubiera escrito, si Leolo no apareciera en mi camino y si no hubiese escuchado todos los días mientras la escribía a Tom Waits y en especial Cold, cold, ground.   

          Todos conocemos libros o películas que no podemos juzgar sólo con criterios artísticos, Leolo, junto a Los siete samuráis, por otro motivo que ya conté en el prefacio de mis cuentos, son las películas que me han ayudado a aventurarme por caminos que nunca hubiera soñado y que siempre permanecerán en mi particular Olimpo.

Diciembre 4, 2006

Tom Waits

Archivado en: Opinión — ebaobab @ 8:43 pm

Para hablar de mi descubrimiento de Tom Waits tengo que remontarme hasta el final de la primavera del año 1993. Acudí junto a una amiga al cine Renoir de Cuatro Caminos. Queríamos ver una película canadiense que se acababa de estrenar: Leolo, de Jean Claude Lauzon (en otro momento escribiré sobre lo que ha supuesto esta maravillosa película en mi carrera literaria). 

        Cuando Leolo se elevaba sobre los hombros de su hermano y comenzaron a escucharse los primeros compases de Cold, cold ground, yo estaba sobrecogido por lo que estaba viendo y escuchando, y no podía contener las lágrimas. Al finalizar la película, cuando el domador de las palabras se aleja de los textos, suena la misma canción y el director la deja completa durante los títulos de crédito. En ese momento tuve la certeza de que estaba escuchando una de las canciones de mi vida. Volví a ver la película al día siguiente, y entonces comenzó mi peregrinación a la búsqueda de la banda sonora de Leolo, que no fui capaz de conseguir y me parece que no se llegó a editar.  

        Por entonces tenía referencias muy vagas de Tom Waits y no sabía a cuál de sus discos pertenecía esa canción. En realidad no sabía cuántos discos había hecho y pensaba que Jersey Girl era de Bruce Springsteen. Recuerdo que compré a la vez Closing Time y Swordfishtrombones, dos discos totalmente opuestos entre sí, y en ninguno de los dos encontré la canción que buscaba, pero cuanto más los escuchaba más me gustaban. Después fui añadiendo nuevos discos a mi colección, pero seguía sin encontrar Cold, cold ground. Creo que llevaba once comprados cuando encontré Frank´s wild years. Allí estaba la canción junto a Temptation, el otro tema que se escucha en Leolo, pero no solo estaban esas canciones, el disco en sí es una de las mayores joyas de la música, y puede que el que más canciones haya aportado al cine de calidad. Películas como Down by law y Smoke también se han nutrido de ese disco. 

           Por entonces Tom Waits ya se había convertido en el compañero más fiel en mi incipiente carrera literaria. Necesitaba y sigo necesitando escuchar su música con frecuencia porque es el mejor inventor de sueños que he conocido, y no solo por los que él crea, sino por los que ofrece a quien lo escucha. Su música y su voz desgarrada provocan que mi mente vuele sin nada que la frene, porque cuando uno sueña no existe la censura que impone la razón. 

         Después de siete novelas, una veintena de obras de teatro y muchos cuentos, necesito tener cerca la música de Tom Waits cuando me siento a escribir, casi tanto como el teclado de ordenador.

         Han pasado más de trece años desde aquella tarde, habré visto más de veinte veces Leolo y escuchado en infinidad de ocasiones Cold, cold ground. Ahora sé que las lágrimas que vertí en el cine, son las que han regado todo lo que nació después.

                                                         Francisco Romero

Noviembre 30, 2006

Premios literarios I

Archivado en: Opinión — ebaobab @ 8:30 am

Con esta sección dentro de mi blog quiero exponer mi experiencia a lo largo de diez años presentándome a Premios Literarios, tanto de cuento, novela corta, novela y teatro, y ofrecer mi experiencia a aquellos escritores que optan por esta vía como la única posibilidad de dar a conocer su obra, ante la negativa de las editoriales a leer manuscritos de aquellos escritores que no vayan avalados por agentes literarios, y la desidia de estos por conocer a nuevos talentos de la literatura. La labor de los agentes, o de las agentes, porque es un sector claramente femenino, consiste en servir de filtro para que en el mercado editorial no entren más autores de los que el negocio puede soportar porque sus ingresos y los de los escritores que representan se verían considerablemente mermados, y puede que bastantes escritores, que ahora son reconocidos, y gozan de ventas considerables, pasaran a formar parte del furgón de cola ante la llegada de nuevas voces que tienen mejores historias que contar.

          A lo largo de estos años he tratado de ponerme en contacto con casi todas las agencias literarias. En ninguna de ellas conseguí que leyeran uno de mis manuscritos, ni siquiera alguna de las cinco novelas que ya tengo editadas, y que por fortuna gozan de buenas ventas y excelentes críticas por parte de los lectores que se aventuran a comprarlas. 

         Reconozco que en bastantes momentos el rechazo a leer de las editoriales y de las agencias me indignó, pero a la vez me sirvió de incentivo para no estancarme y seguir creciendo, y para encontrar vías alternativas de difusión, como la creación de mi propia editorial, Baobab Ediciones, con la que he editado cuatro libros y en la próxima primavera sacaré el quinto con la tranquilidad de saber que no dependo de subvenciones ni de los caprichos de los editores a la hora de promocionar la obra. Tengo la fortuna de que los lectores que he ganado con los años son fieles y se han convertido en los auténticos distribuidores de mis libros, habiendo llegado ejemplares hasta lugares en principio inviables para alguien que sólo dispone de un punto de venta al público y una página web: ebaobab.com. En Argentina, Sudáfrica, Méjico, Inglaterra, Bélgica, Francia, Italia, República Checa, Uruguay, Portugal, Estados Unidos, aparte de toda España, se encuentran ejemplares de Y el pirata creó el mar, 4 hilos para un epitafio, La futura memoria, Papel carbón o Memorias de un paraguas. 

        Volviendo al tema de los premios literarios, lo primero que un escritor debe saber es a los que se puede presentar, y a aquellos otros es los que es ridículo hacerlo salvo para halagar la propia vanidad diciendo que se participa en el Planeta y se quiera tirar el dinero que supone hacer las copias, la encuadernación y los gastos de envío. 

         Los premios literarios de alta cuantía y en los que se encuentra una poderosa editorial detrás no buscan una novela de gran calidad literaria, su fin es meramente mercantil y necesitan amortizar la inversión en muy poco tiempo, por lo que se debe conceder a un escritor famoso o a alguien muy conocido dentro de los medios de comunicación, porque eso les garantiza una excelente cobertura publicitaria de cara a las ventas. Creo que a los que somos buenos lectores nos resulta muy difícil recordar los títulos de las novelas que en los últimos años han ganado los premios literarios más conocidos de este país, porque en la mayoría de los casos el lector no ha sido capaz de terminar la novela y en muy pocos le ha tocado los sentimientos. Son premios que se conceden al autor, no a la novela, pero como los concede una sociedad anónima con ánimo de lucro no se puede objetar nada a su decisión, aunque a veces el prestigio del jurado pueda quedar en entredicho, pero es algo que no trasciende a la calle.  

         Hay otra serie de premios de novela, algunos de ellos dotados de una cuantía considerable, que están respaldados por instituciones públicas o fundaciones y en los que no se encuentra detrás una poderosa editorial. En algunos de estos premios pueden existir algunas opciones para escritores desconocidos, no en todos porque otros están a la caza del famoso que esté en declive y necesite un nuevo impulso a su carrera literaria, algo que los agentes literarios controlan perfectamente para que ningún participante tenga algo que objetar ante la limpieza del fallo del jurado. 

             Entre aquellos premios que considero adecuado participar, puedo hablar del Premio Felipe Trigo, Juan Pablo Forner, Ciudad de Irún, Ciudad de Jaen, Emilio Alarcos, o Río Manzanares. En todos ellos he participado, en alguno en casi todas las ediciones, habiendo ganado uno y siendo finalista en tres, uno en categoría de novela corta. 

        Todos ellos tienen en común que no imposibilitan la participación del autor en otros concursos simultáneamente y muy rara vez lo ha ganado un escritor conocido, lo que influye negativamente en la difusión que se le da. El caso que mejor conozco es el Premio Río Manzanares, que gané en el 2005 con Papel Carbón. Puedo decir que había participado en todas sus ediciones con cuatro novelas diferentes, y con la que gané era el tercer año que participaba. Nunca supe quién formaba parte del jurado y ninguno de ellos había oído hablar de mí cuando abrieron la plica. Después supe que la secretaria del premio guardaba celosamente las plicas y al menor indicio en un manuscrito que pudiera delatar al autor la obra se retiraba del concurso, lo que no evita que en algunos casos se puedan conocer.  

         En los premios de novela corta, teatro o cuento, no hay un negocio editorial detrás y es más fácil partir en igualdad de condiciones que el resto de los participantes, lo que no supone que exista una limpieza absoluta. Me han contado algunos casos de compadreo entre miembros de un jurado que a su vez participaban en otros concursos, pero no es fácil de demostrar y el concursante tiene que asumirlo como otra regla del concurso. Sólo cabe armarse de paciencia y no desesperar cada vez que nuestro nombre no aparezca entre los premiados. 

         Calculo que en diez años habré participado en más de doscientos concursos literarios. Haciendo balance, supongo que no he salido muy mal parado porque he ganado cinco premios (uno de novela, dos de teatro, uno de novela corta y otro de cuento) y he quedado finalista en siete, lo que me a supuesto unos ingresos brutos de 36000 euros, que una parte he compartido con hacienda, otra he dedicado para afrontar los cuantiosos gastos que supone participar en un concursos, de lo que hablaré en otro capítulo porque me parece demencial la cantidad de papel que se tira cuando existen formas más económicas y ecológicas de participar, y el resto lo he dedicado a invertir en tiempo para escribir nuevas obras, en Baobab ediciones y en la tienda de Almagro donde atiendo a mis lectores y donde escribo mientras veo la vida pasar por una de las plazas más hermosas de España; aunque todo ellos no ha servido para que las grandes editoriales o agentes literarios quieran perder su valioso tiempo leyendo mi obra. Ya no tengo prisa y me quedan novelas por escribir.

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