Hace pocos días escribí sobre aquello que Tom Waits y su música me habían aportado a la hora de crear. Dije que lo había conocido cuando fui a ver Leolo, y creo que ha llegado el momento de que escriba lo que ha supuesto esa película en mi vida. Me hubiera gustado decírselo personalmente a Jean Claude Lauzon, pero murió poco después de hacer esta película tan grande que me resulta muy difícil compararla con cualquier otra de la historia del cine.
Si se juzga con criterios meramente cinematográficos no será difícil encontrar algunas películas que puedan estar mejor dirigidas, interpretadas o con una mejor fotografía, y es por eso que no gusta a muchas personas que sólo quieren ocupar una hora y media de su tiempo en ver una película entretenida y que no moleste. Algunos la acusan de que es escatológica, de que tiene violencia innecesaria y de que la historia no se desarrolla correctamente, entre otras cosas.
Evidentemente no es una película cómoda de ver de la que el espectador no sale indemne. Cuando se estreno no fue un gran éxito en taquilla, aunque estuvo muchas semanas en cartel en las salas de versión original porque la voz se fue corriendo. Y mientras infinidad de películas se olvidan con el paso del tiempo, la leyenda de ese muchacho que lucha desde los sueños contra la locura no ha dejado de crecer.
De Leolo no sería descabellado decir que puede ser el mejor sueño de la historia del cine o la mejor película de la historia de los sueños. Los que amamos esta obra, y cada día somos más, periódicamente necesitamos verla para comprobar si seguimos soñando y no estamos locos. Cada vez que me siento a verla tengo miedo de que la película no vuelva a golpearme en las entrañas y a provocar sentimientos que parecen olvidados. Pero pronto desaparece el miedo, siempre que Leolo abre a oscuras la puerta del frigorífico, equipado con guantes y gorro de lana, para leer con esa luz gélida el libro que hay bajo la pata de la mesa de la cocina. No puedo evitar que se me caigan las lágrimas. En esa imagen está reflejada toda la grandeza de lo que supone la literatura para los que necesitamos soñar, para los que vemos los libros como una conquista y no como una obligación que nos imponen.
Recuerdo que cuando la vi por primera vez estaba tratando de abrir una nueva puerta en mi vida. Por entonces trabajaba como fotógrafo publicitario en una productora y estaba empezando a platearme la posibilidad de hacer un cortometraje. Lo de escribir guiones de largometraje era un sueño lejano, y lo de escribir novela o teatro no aparecía ni en el más disparatado de mis delirios. Cuando salí del cine pensé que era el guión que hubiera soñado escribir porque no se hacían concesiones al medio, todo estaba al servicio de la historia y Jean Claude Lauzon se había lanzado al abismo sin paracaídas, como si sólo dispusiera de una oportunidad para contar todo lo que guardaba en su interior. Siempre nos quedaremos con la duda de saber qué otras películas hubiera hecho el director si no hubiera sufrido un accidente de helicóptero, pero Leolo ya justifica su presencia entre los más grandes.
Durante un año vi la película cinco veces, hasta que pude hacerme con el video, y decidí transcribir el guión palabra por palabra como ejercicio cinematográfico, aparte de leer varios libros sobre el tema.
Tardé menos de un año en escribir mis primeros seis guiones de cine, y decidí llevarlos a algunas productoras confiando en que me sirvieran de aval para entrar en la industria del cine. Un año después había rechazado una oferta por uno de los guiones, porque tenía que hacer unos cambios que me negué a aceptar, y me había quedado sin trabajo como fotógrafo. Por entonces, Leolo sólo suponía un hermoso recuerdo, pero me resultaba muy difícil volver a verla porque me sentía al borde de la quiebra al perderlo casi todo. Bajo esa fragilidad llegó la renuncia a la fotografía y apareció la necesidad de crear imágenes mediante la palabra a través de la novela.
Dos de las historias que había desarrollado como guiones acabaron convertidas en novelas, y a finales del año 97 nació la idea para la primera novela que escribía sin un guión previo: Y el pirata creó el mar, y que publique en 2002.
Con el paso de los años muchos lectores me han preguntado sobre las influencias literarias que he tenido al escribirla porque no era fácil clasificarla. Yo no sabía definirme, sólo decía que respondía a una necesidad muy profunda, como si se tratara de mi propia lucha contra la locura. Hace poco, una lectora me dijo que en algunos detalles le había llevado a pensar en Leolo, y entonces me di cuenta de que esa novela hubiera sido distinta, o puede que no la hubiera escrito, si Leolo no apareciera en mi camino y si no hubiese escuchado todos los días mientras la escribía a Tom Waits y en especial Cold, cold, ground.
Todos conocemos libros o películas que no podemos juzgar sólo con criterios artísticos, Leolo, junto a Los siete samuráis, por otro motivo que ya conté en el prefacio de mis cuentos, son las películas que me han ayudado a aventurarme por caminos que nunca hubiera soñado y que siempre permanecerán en mi particular Olimpo.