Bajo este lema, que puede sonar pretencioso, no se esconde un propósito meramente publicitario en donde se ofrece al lector la posibilidad de estar en contacto con el autor de la obra que está leyendo. Con él pretendo reflejar un compromiso que en la actualidad, y ante el mercado editorial existente, no se da: que el escritor sea responsable y dueño de su propia obra, desde que la concibe hasta que se entrega al lector editada en libro.
Se dice que en España se publica mucho, y probablemente sea cierto, pero no se dice qué es lo que no debe ser editado, como tampoco se dice que existen obras de gran calidad que son desconocidas porque nadie ha pensado que se pueda hacer un buen negocio con ellas. No hay que engañarse, el principal afán y casi único del mercado editorial, cada vez más globalizado en torno a grandes grupos mediaticos, es hacer negocio en el menor tiempo posible sin reparar en la calidad de lo ofrecido: la literatura de amortización rápida. Hay editores que aparecen como auténticos mecenas en los medios de comunicación, pero son los mismos que se niegan a leer una sola página de un manuscrito que llegue a su editorial si no va avalado por una prestigiosa agente literaria, que a su vez tampoco admite recibir cualquier texto en su agencia porque su tiempo es muy valioso para perderlo leyendo.
En televisión y prensa escrita cada cierto tiempo aparece la entrega de un premio importante, y todos quedamos subyugados por la cantidad de dinero que se va a llevar determinado escritor. No hay que olvidar que los premios más cuantiosos sólo están al alcance de los escritores más conocidos o de aquellos comunicadores que gozan de una gran influencia mediática. Cada cierto tiempo aparece alguien nuevo en quien hay mucho interés en promocionar, y no siempre por su calidad literaria. Una gran editorial no da premios de doscientos a seiscientos mil euros si no tiene la confianza de recuperar su inversión multiplicada al menos por diez. Y no hay que olvidar que un premio sólo supone el anticipo de los derechos de autor. El escritor firma un contrato por el que entrega su obra a la editorial durante un periodo mínimo de veinticinco años por el que no cobrará un céntimo hasta que no esté amortizada toda la inversión. Pondré un ejemplo que ayude a comprender la situación: para un premio dotado con trescientos mil euros y con un precio de venta al público de 18 euros por ejemplar, habría que vender 175.000 libros para que el autor volviera a cobrar el 10% que le correspondería de su obra. No hay que ser muy lúcido para darse cuenta de que en muchos casos no basta con veinticinco años para vender esa cantidad de ejemplares.
No pretendo hacer más cálculos ni afirmar que ganar un premio cuantioso sea un negocio ruinoso porque todos los que nos dedicamos a la literatura tenemos vanidad y nos gusta el reconocimiento. Lo que pretendo demostrar es que el autor no es el auténtico protagonista, porque sólo mantiene el diez por ciento de la propiedad de su obra (en algunos casos sólo el 8%) cuando firma un contrato con una editorial. Puede figurar como autor del libro, pero la propiedad no es suya y carece de poder de decisión sobre cómo deber ser editada y presentada a los lectores. Y todo esto sin hablar de aquellos escritores que son publicados y cuya novela no se vende en una primera edición. En ese caso, ni ganaran dinero ni podrán recuperar el dominio sobre su obra.
Mi propia experiencia me lleva a reivindicar la figura del escritor-editor y vendedor de su propia obra. Con esto no pretendo decir que haya que hacer la guerra a las grandes editoriales porque esa es una batalla perdida de antemano; lo que quiero trasmitir es que la mayoría de los autores con un mínimo de experiencia sabe cuando su obra está preparada para ser publicada y cómo le gustaría que se editara.
Sé que muchos se asustan cuando se habla de autoedición porque suena a ruina y a falta de calidad. Creemos que se trata de un trabajo farragoso con la imprenta y tememos que la obra permanezca siempre condenada al ostracismo al tener una mala edición y nula difusión. Muchos escritores se niegan a abandonar el territorio donde se sienten cómodos y dicen no entender de diseño, maquetación y presupuestos. Y creo que este temor surge porque posiblemente no nos hayamos detenido a poner precio a nuestro trabajo y no sólo en lo artístico. ¿Cuántas horas dedicamos a escribir una novela? Ya sé que es muy difícil de cuantificar porque no sólo cuentan las horas que pasamos delante del ordenador, puede que otro tanto o más tiempo lo pasemos pensando en la historia, en los personajes y en cómo estructurarla. Pero supongamos que le dedicamos un total de mil quinientas horas –lo habitual es bastante más–, aproximadamente las horas laborables de un trabajador al cabo de un año. Si tenemos en cuenta que el trabajo de escritor requiere de cierta calificación profesional, podríamos deducir que esas horas de trabajo nos podrían aportar un salario anual de unos veinticuatro mil euros. Luego habría que añadir lo que nos gastaríamos en la impresión, encuadernación y envío de copias del manuscrito a editoriales, agentes y concursos literarios; y, posteriormente, ante la ausencia de una respuesta satisfactoria nos cuestionaríamos dónde nos hemos equivocamos y revisaríamos toda la obra para cambiar una serie de detalles que la hicieran más atractiva, otras muchas horas que sumar. A todo esto hay que añadir la sensación de provisionalidad con que realizamos nuestra labor. Los escritores nos sentimos amparados cuando mostramos un manuscrito porque sabemos que no se trata de algo definitivo, que el compromiso con la obra no está cerrado del todo porque faltaría una última revisión antes de la edición. Pero si el tiempo pasa, y nuestra obra no encuentra el interés de los que tienen poder para editarla, podemos darla por perdida, y en ese caso no cuantificamos el valor de todas las horas invertidas en su creación porque la depresión nos habrá vencido.
Algunos escritores desisten tras el primer fracaso, otros aguantan hasta el segundo, pero hay otros que no podemos desistir por más reveses que recibamos. En mi caso, no vivo la literatura como una experiencia artística, está más cercana a una necesidad vital descubierta tarde y a la que ya no puedo renunciar. Yo no escribo con el afán de encontrar a muchos lectores –lo que no me disgusta–, sino por la necesidad de sacar a la luz las historias que guardo en mi interior y que se podrían convertir en dañinas si se quedaran enquistadas. Tras largos periodos de espera y bastantes decepciones, me he negado a deprimirme ante la ausencia de respuesta que han recibido algunas de mis obras y he decidido culminar el ciclo con varias de ellas, en función de mis posibilidades económicas, que son limitadas.
Puede que me precipitara al publicar mi primera novela «La futura memoria» en 1997, pero ahora sé que no me equivoqué, a pesar de que haya supuesto un fracaso económico y de que guarde muchas cajas de libros que me cuesta encontrar sitio para almacenar. Aquella novela supuso el inicio de un compromiso que hasta varios años después no he sabido entender. Me permitió desprenderme del manuscrito, como si fuera un hijo ante la mayoría de edad, y dejar que la novela quedara a merced de los lectores. Las opiniones que recibí me ayudaron a creerme escritor y los ingresos obtenidos, a añadirle el adjetivo de maldito o proscrito, que es un recurso estilístico para definir la pobreza económica en un escritor. Después de aquella experiencia seguí escribiendo teatro, cuentos y nuevas novelas.
Cuando el escritor pasa a ser editor se vuelve más exigente con su propio trabajo y deja menos margen al azar de que aparezca un hada madrina que lo descubra y lo lance a la fama. Un día, después de muchos meses de trabajo, de cuatro revisiones y de algunos rechazos editoriales y silencio de concursos, supe que había terminado mi tercera novela: «Y el pirata creó el mar». Había llegado el momento de editarla o de olvidarla para siempre porque esa historia respondía a un periodo de mi vida y si un día volvía a retomarla la debería escribir de una manera distinta. Decidí que había llegado el momento de recuperar mi sello editorial: Baobab Ediciones, pero en lugar de hacerlo con precariedad, como en mi primera experiencia, decidí darle un acabado al libro que estuviera a la altura de las mejores editoriales. Tengo la fortuna de contar con un amigo que es un gran diseñador gráfico, y se involucró en la historia realizando un trabajo impagable, tanto en el diseño de portada, maquetación, como seguimiento en la imprenta.
Al principio parecía que iba a seguir el mismo camino que mi anterior novela, pero poco a poco se fue abriendo camino entre algunos lectores que tuvieron fe en la historia y me ayudaron a difundirla. Esa acogida, todavía a pequeña escala, me permitió seguir el mismo camino con mi siguiente novela: «Cuatro hilos para un epitafio», con la que quedé finalista del Premio Emilio Alarcos Llorach 2004.
El siguiente paso fue abrir en 2005 mi propia tienda frente al Corral de Comedias de Almagro, donde bajo el lema Del autor al lector ofrecí y sigo ofreciendo mis obras a los lectores, lo que ha supuesto un considerable aumento de las ventas de mis libros y el incremento de los títulos editados, a lo que también ha ayudado la concesión de Premio Río Manzanares de Novela 2005 a mi novela Papel carbón, la primera de la que no soy editor. Pero lo más grato de esta experiencia es el contacto cercano con los lectores, escuchar los comentarios que hacen de los libros y sus palabras de ánimo para que siga escribiendo. Me gustaría saber cuantos de los escritores reconocidos serían capaces de trabajar de cara al público y defender su obra ante los lectores.
Ahora, después de nueve años nadando contra corriente, sé que el esfuerzo merece la pena y estoy preparado para editar la siguiente novela en primavera, sin depender de las imposiciones de una editorial, ni de los gustos de los jurados de los premios literarios, ni de los consejos de los agentes sobre la línea argumental y estilística que debo seguir con las novelas que escribo.
En los últimos tiempos varios escritores se han puesto en contacto conmigo confiando en que yo pudiera editar su obra. A todos les he contado mi experiencia y les he dicho que la inversión en la edición de un libro se puede equiparar al veinte por ciento del valor de las horas que dedicamos a su creación. Si uno está convencido de que la obra tiene valor, el precio a pagar no es muy alto, aunque también cabe la posibilidad de que no se disponga de unos recursos mínimos para afrontar el gasto, que en ningún caso es superior al cobrado por las empresas de coedición. Pero todo escritor que afronta su propia edición tiene algo muy claro: él es el único propietario de su obra y sabe que cuenta en sus manos con una buena tarjeta de presentación en el caso de que algún día tenga que negociar con agentes o editores.
Por último, paso a lanzar una idea para que la analicen aquellos escritores que se encuentren en una situación similar o los que alguna vez se han planteado dar este paso y no se han atrevido. La gran dificultad que tenemos los escritores que creamos nuestro propio sello editorial es la difusión y venta de nuestra obra, y después de todo lo que he dicho me parece que sería absurdo defender la teoría de que hay que buscar un buen distribuidor. Puede que seamos bastantes los que nos encontremos en una situación parecida y hasta es posible que no fuera una mala idea crear un espacio de encuentro desde el que se pueda ofrecer nuestra obra, algo parecido a un gremio de escritores independientes, donde a través de una página web uniéramos nuestra experiencia de cara a una mejor difusión. No pretendo decir que creemos un sello único ni que afrontemos nuevos gastos que no podríamos soportar. Cada uno seguiría siendo el editor y almacenista de sus propias obras, pero a través de un sello externo podríamos darnos más fácilmente a conocer y tomar algo de peso en el mercado literario. Sé que falta mucho por discutir, pero creo que la idea no es descabellada, y para los que hemos andado mucho tiempo por caminos tortuosos sólo supone un pequeño paso más. Se admiten todo tipo de sugerencias.
Francisco Romero