DE CÓMO A LA CONQUISTA DE LA ÍNSULA SE LANZARON Y TRAS SUPERAR AFRENTAS Y CONOCER LOS PELIGROS DE LA PRENSA A PIE DE LA URNAS LLEGARON
Terribles fueron sus primeras cuitas y muy graves las afrentas recibidas por las amenazas lanzadas desde las huestes del Virrey de Sevilla en los campos de Castilla, pero si de algo andaba sobrado Graznarín era de paciencia y astucia, que no Coces, ya que ansioso estaba por entrar en combate y repartir mandobles a diestro y siniestro que con los huesos de los tunantes en el suelo dieran. Como acceder no podían a los fortines de las ciudades más importantes, vigiladas muy de cerca por los malandrines adiestrados por Arfonzo el Batallador, tuvieron que comenzar su combate lanzando sus arengas por pequeños pueblos, diminutas villas y demás territorios alejados de la mano severa del señorito. Tierras todas que en su día habían pertenecido al ilustre y docto Duque de la Eterna Promesa, moderado caballero, alejado de pendencias e injurias, y lleno de buenas y nobles intenciones con las que confiaba gobernar a sus súbditos durante siglos, pero en gobiernos y políticas las buenas intenciones, sólo parecellas que no tenellas, decía uno de los dogmas básicos del manual del líder triunfador que cierta fría y rígida gobernante de la pérfida Albión, manca del brazo izquierdo pero de diestra implacable, había escrito y era libro de culto para jóvenes uniformados de pelo engominado que con ser líderes triunfantes soñaran. Graznarín se lo había leído con fervor y devoción, y en su libro de cabecera lo había convertido como si de Biblia se tratara.
Siguiendo un estilo populista en sus variados y floridos trovos, dichos en plazas de pueblo como si pregón de fiestas proclamaran, sus primeras victorias y adhesiones trajéronle. Mientras su amo trovaba con belleza, Coces, dejando de lado sus pendencias, bolsas de caramelos compraba y repartíalos entre grandes y chicos con sonrisa forzada, y con la orden dicha por su jefe de labios prietos y mueca sonriente, porque de boca cerrada no salían improperios. Curro, a pesar de su natural sufrimiento, airoso supo salir del encargo y muy pocos mamporros se le escaparon comparados con los miles de dulces regalados.
La hábil estrategia electoral de Graznarín fue ganándose de la confianza de gentes descontentas por los indignantes olvidos que hacía gala en su mandato el Virrey de Sevilla, y su número de seguidores y adeptos fue en claro aumento, por lo que agenda hubo de comprarse para guardar nombres a quien entregar cargos a cambio de devociones si de triunfador saliera en el terrible duelo de las urnas.
Con numerosos aliados y la justa fama obtenida por sus palabras, el cada vez más ilustre y admirado trovador vio cómo las puertas de los castillos se abrían y sus teatros se llenaban para escuchar al joven de poblado mostacho que a las huestes del sevillano ponía en retirada con la única arma de su pecho descubierto y su locuaz palabra.
Antes de su primera gran actuación ante una multitud ansiosa y con notarios de la actualidad, cronistas y peligrosos gacetilleros como testigos, llamó a su fiel Coces y cruzó con él unas importantes y muy decisivas palabras que a su futuro afectaban.
–Sacrificio te pido mi querido Curro. Decisivo momento ha llegado para nuestro glorioso futuro, y fallos no podemos cometer que nos devuelvan a polvorientos caminos, posadas infestas e indigestos bocadillos de mortadela. Si en hoteles confortables queremos dormir, si en restaurantes caros anhelamos yantar, si por el cielo y autopistas deseamos viajar, y si nuestro sueño de palacio habitar queremos cumplir, tú has de poner mucha atención a mis palabras –dijo con gran solemnidad.
–Tú díceme que yo escúchote con atención, y mi discernimiento sabrá con claridad entender el significado de tus dictados –dijo Curro, sintiendo que ya iba haciendo grandes progresos en la composición de sus propios trovos.
–Hoy no sólo seré escuchado por el pueblo que me ama. En la sala también estarán presentes otros seres de oscuras y retorcidas intenciones, buscadores de carnaza como buitres, pero con garra afilada como leones. Parecen inofensivos cuando se acercan, sonrisa muestran y palmada presta, pero siempre hay que temellos como si de sarna se tratase.
–Dígame señor quienes son esos truhanes que reventar su trovo pretenden. Ya ganas tenía de entrar en acción y os aseguro que sabré darles las caricias que se merecen. Después de conocer mis regalos, nunca más ganas les quedaran de acercarse a gente honrada –dijo frotando sus manos y con grande sonrisa en su cara.
–¡Pardiez Coces, pero qué barbaridades dices! –exclamó asustado–Esa gente es intocable, y por el futuro de nuestra causa debemos estar a bien con ellos.
–No os entiendo señor. Si enrevesados, taimados, infieles, traidores y pendencieros son, ¿por qué hemos de buscar sus favores? Cuando con cuatro mamporros o cachetes bien repartidos hasta el fin de los tiempos os libraré de ellos.
–Gran y terrible error mi fiel Curro, estos tipos no obedecen las reglas de caballería, no aceptan duelos en igualdad de condiciones; pérfidos y escurridizos son, con sumisión y respeto te reciben, pero cuando les das la espalda, tienen la potestad de contar a millones de individuos lo que ellos quisieran aunque de verdades no se trataran, y muy influyentes son en las decisiones de las gentes que a las urnas se acercan.
–Y digo yo mi señor que cómo de habérnoslas bien podremos con gentes de semejante calaña.
–Dices bien, fácil no es de ganarse su confianza, hemos de evitar cualquier duelo u hostilidad con esos pendejos. Cuando ellos desenfundan pluma, desenvainan micrófono o apuntan con cámara, sonrisa hemos de poner y decir las hermosas palabras que ellos quisieran escuchar. Tampoco de parecer tontos se trata, pero sí de administrar las palabras y los gestos como si valiosos tesoros fueran. Sin que de vanagloria parezca, triunfos nos hemos de adjudicar e irónicas punzadas contra los sevillanos lanzar, pero que nunca parecieran agresiones, puesto que conciliatorio nuestro talante debe parecer y el gran brujo Fragante por nuestra listeza y habilidad nos debe apreciar. Y objetivo nuestro es que llamados a su corte en breve tiempo seamos.
Curro comenzó a mostrarse inquieto, y se rascaba la cabeza con gesto extrañado.
–Lección difícil esta mi señor. No sé yo si en tan poco tiempo mis entendederas asimilarán tanta sabia docencia que vos habéis lanzado hacia mi sesera sin indulgencia.
–Por eso te suplico discreción y mucho silencio. Mantente lo más alejado posible de tan fieros malandrines y embaucadores, y en el caso de que ellos te asaltaran, tú las manos siempre prietas en los bolsillos y con una sonrisa, como si de anuncio de pasta de dientes se tratara, has de comentarles que en todo coincides con mis opiniones y que muy gustosamente yo les daré todas las respuestas a las preguntas que ellos formulen por arduas que fueran.
–Así lo haré si vos lo queréis, aunque vive Dios que después de lo que habéisme relatado, me gustaría desfogarme con alguno de aquestos tipejos por los tremendos atropellos que vos dice que comenten y por sus traiciones al noble espíritu de caballería.
–Ten paciencia, alguna vez lo harás, cuando las condiciones óptimas se presenten.
–Y digo yo que si pillo a alguno solo, sin pluma, sin micrófono y sin cámara, y sin testigos cerca que puedan ratificar su palabra, ¿podré darle un pequeño correctivo como pago anticipado por sus patrañas? –dijo, esperando una mínima recompensa.
–¡Peligro Curro! Mucho peligro tienen tus honorables intenciones, porque esos seres nunca indefensos se encuentran, y son como demonios que se reproducen por ciencia infusa y de sus cenizas renacen como dragones cornudos. Haz lo que te he mandado que nuestro triunfo está asegurado.
–Sea como vos queréis. Afable y cordial me mostraré aunque conjuros y maldiciones para mis adentros pronunciaré para que los siete males les ataquen.
–Sobre deseos y conjuros trátalos como gustes, pero de palabra que no se te escape ni un mínimo insulto.
Cumpliéronse los objetivos del muy lúcido e ingenioso Graznarín, y triunfante salió de su primer recital de trovos en enorme auditorio y ante selecta audiencia. Los terribles críticos gacetilleros, lejos de calumniar al nuevo aspirante a líder, comenzaron a entrever al posible sucesor del brujo Fragante si en la aquesta de la urnas derrotaba al enviado del agreste sevillano, y algunos más despabilados se atrevieron a presagiar para un futuro no muy lejano el más terrible duelo que el reino viviera desde los tiempos de gran Rocinante. Por un lado el bello y cruel Felipe, trovador insigne, virrey de Sevilla y reconocido en Oriente y Occidente como el mayor hacedor de parábolas que los tiempos vieran, y que sólo con su verbo como daga había dejado malheridos en sin par batalla al valeroso Duque de la Eterna Promesa y al no menos arrogante gran brujo Fragante.
Por otro lado estaba el muy aventajado trovador aspirante, todavía demasiado joven y sin tener la crianza que otorgaban los reveses que servían para moldear las agallas. Pepito, ambicioso y sabedor de sus poderes, muy preparado estaba para emprender tan singular batalla.