La biblioteca de los proscritos

Octubre 16, 2006

Capítulo 3 Graznarín

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DE CÓMO A LA CONQUISTA DE LA ÍNSULA SE LANZARON Y TRAS SUPERAR AFRENTAS Y CONOCER LOS PELIGROS DE LA PRENSA A PIE DE LA URNAS LLEGARON  

Terribles fueron sus primeras cuitas y muy graves las afrentas recibidas por las amenazas lanzadas desde las huestes del Virrey de Sevilla en los campos de Castilla, pero si de algo andaba sobrado Graznarín era de paciencia y astucia, que no Coces, ya que ansioso estaba por entrar en combate y repartir mandobles a diestro y siniestro que con los huesos de los tunantes en el suelo dieran. Como acceder no podían a los fortines de las ciudades más importantes, vigiladas muy de cerca por los malandrines adiestrados por Arfonzo el Batallador, tuvieron que comenzar su combate lanzando sus arengas por pequeños pueblos, diminutas villas y demás territorios alejados de la mano severa del señorito. Tierras todas que en su día habían pertenecido al ilustre y docto Duque de la Eterna Promesa, moderado caballero, alejado de pendencias e injurias, y lleno de buenas y nobles intenciones con las que confiaba gobernar a sus súbditos durante siglos, pero en gobiernos y políticas las buenas intenciones, sólo parecellas que no tenellas, decía uno de los dogmas básicos del manual del líder triunfador que cierta fría y rígida gobernante de la pérfida Albión, manca del brazo izquierdo pero de diestra implacable, había escrito y era libro de culto para jóvenes uniformados de pelo engominado que con ser líderes triunfantes soñaran. Graznarín se lo había leído con fervor y devoción, y en su libro de cabecera lo había convertido como si de Biblia se tratara. 

         Siguiendo un estilo populista en sus variados y floridos trovos, dichos en plazas de pueblo como si pregón de fiestas proclamaran, sus primeras victorias y adhesiones trajéronle. Mientras su amo trovaba con belleza, Coces, dejando de lado sus pendencias, bolsas de caramelos compraba y repartíalos entre grandes y chicos con sonrisa forzada, y con la orden dicha por su jefe de labios prietos y mueca sonriente, porque de boca cerrada no salían improperios. Curro, a pesar de su natural sufrimiento, airoso supo salir del encargo y muy pocos mamporros se le escaparon comparados con los miles de dulces regalados.

         La hábil estrategia electoral de Graznarín fue ganándose de la confianza de gentes descontentas por los indignantes olvidos que hacía gala en su mandato el Virrey de Sevilla, y su número de seguidores y adeptos fue en claro aumento, por lo que agenda hubo de comprarse para guardar nombres a quien entregar cargos a cambio de devociones si de triunfador saliera en el terrible duelo de las urnas.

         Con numerosos aliados y la justa fama obtenida por sus palabras, el cada vez más ilustre y admirado trovador vio cómo las puertas de los castillos se abrían y sus teatros se llenaban para escuchar al joven de poblado mostacho que a las huestes del sevillano ponía en retirada con la única arma de su pecho descubierto y su locuaz palabra. 

         Antes de su primera gran actuación ante una multitud ansiosa y con notarios de la actualidad, cronistas y peligrosos gacetilleros como testigos, llamó a su fiel Coces y cruzó con él unas importantes y muy decisivas palabras que a su futuro afectaban.

         –Sacrificio te pido mi querido Curro. Decisivo momento ha llegado para nuestro glorioso futuro, y fallos no podemos cometer que nos devuelvan a polvorientos caminos, posadas infestas e indigestos bocadillos de mortadela. Si en hoteles confortables queremos dormir, si en restaurantes caros anhelamos yantar, si por el cielo y autopistas deseamos viajar, y si nuestro sueño de palacio habitar queremos cumplir, tú has de poner mucha atención a mis palabras –dijo con gran solemnidad.

         –Tú díceme que yo escúchote con atención, y mi discernimiento sabrá con claridad entender el significado de tus dictados –dijo Curro, sintiendo que ya iba haciendo grandes progresos en la composición de sus propios trovos.

         –Hoy no sólo seré escuchado por el pueblo que me ama. En la sala también estarán presentes otros seres de oscuras y retorcidas intenciones, buscadores de carnaza como buitres, pero con garra afilada como leones. Parecen inofensivos cuando se acercan, sonrisa muestran y palmada presta, pero siempre hay que temellos como si de sarna se tratase.

         –Dígame señor quienes son esos truhanes que reventar su trovo pretenden. Ya ganas tenía de entrar en acción y os aseguro que sabré darles las caricias que se merecen. Después de conocer mis regalos, nunca más ganas les quedaran de acercarse a gente honrada –dijo frotando sus manos y con grande sonrisa en su cara.

         –¡Pardiez Coces, pero qué barbaridades dices! –exclamó asustado–Esa gente es intocable, y por el futuro de nuestra causa debemos estar a bien con ellos.

         –No os entiendo señor. Si enrevesados, taimados, infieles, traidores y pendencieros son, ¿por qué hemos de buscar sus favores? Cuando con cuatro mamporros o cachetes bien repartidos hasta el fin de los tiempos os libraré de ellos.

         –Gran y terrible error mi fiel Curro, estos tipos no obedecen las reglas de caballería, no aceptan duelos en igualdad de condiciones; pérfidos y escurridizos son, con sumisión y respeto te reciben, pero cuando les das la espalda, tienen la potestad de contar a millones de individuos lo que ellos quisieran aunque de verdades no se trataran, y muy influyentes son en las decisiones de las gentes que a las urnas se acercan.

         –Y digo yo mi señor que cómo de habérnoslas bien podremos con gentes de semejante calaña.

         –Dices bien, fácil no es de ganarse su confianza, hemos de evitar cualquier duelo u hostilidad con esos pendejos. Cuando ellos desenfundan pluma, desenvainan micrófono o apuntan con cámara, sonrisa hemos de poner y decir las hermosas palabras que ellos quisieran escuchar. Tampoco de parecer tontos se trata, pero sí de administrar las palabras y los gestos como si valiosos tesoros fueran. Sin que de vanagloria parezca, triunfos nos hemos de adjudicar e irónicas punzadas contra los sevillanos lanzar, pero que nunca parecieran agresiones, puesto que conciliatorio nuestro talante debe parecer y el gran brujo Fragante por nuestra listeza y habilidad nos debe apreciar. Y objetivo nuestro es que llamados a su corte en breve tiempo seamos.

         Curro comenzó a mostrarse inquieto, y se rascaba la cabeza con gesto extrañado.

         –Lección difícil esta mi señor. No sé yo si en tan poco tiempo mis entendederas asimilarán tanta sabia docencia que vos habéis lanzado hacia mi sesera sin indulgencia.

         –Por eso te suplico discreción y mucho silencio. Mantente lo más alejado posible de tan fieros malandrines y embaucadores, y en el caso de que ellos te asaltaran, tú las manos siempre prietas en los bolsillos y con una sonrisa, como si de anuncio de pasta de dientes se tratara, has de comentarles que en todo coincides con mis opiniones y que muy gustosamente yo les daré todas las respuestas a las preguntas que ellos formulen por arduas que fueran.

         –Así lo haré si vos lo queréis, aunque vive Dios que después de lo que habéisme relatado, me gustaría desfogarme con alguno de aquestos tipejos por los tremendos atropellos que vos dice que comenten y por sus traiciones al noble espíritu de caballería.

         –Ten paciencia, alguna vez lo harás, cuando las condiciones óptimas se presenten.

         –Y digo yo que si pillo a alguno solo, sin pluma, sin micrófono y sin cámara, y sin testigos cerca que puedan ratificar su palabra, ¿podré darle un pequeño correctivo como pago anticipado por sus patrañas? –dijo, esperando una mínima recompensa.

         –¡Peligro Curro! Mucho peligro tienen tus honorables intenciones, porque esos seres nunca indefensos se encuentran, y son como demonios que se reproducen por ciencia infusa y de sus cenizas renacen como dragones cornudos. Haz lo que te he mandado que nuestro triunfo está asegurado.

         –Sea como vos queréis. Afable y cordial me mostraré aunque conjuros y maldiciones para mis adentros pronunciaré para que los siete males les ataquen.

         –Sobre deseos y conjuros trátalos como gustes, pero de palabra que no se te escape ni un mínimo insulto.

         Cumpliéronse los objetivos del muy lúcido e ingenioso Graznarín, y triunfante salió de su primer recital de trovos en enorme auditorio y ante selecta audiencia. Los terribles críticos gacetilleros, lejos de calumniar al nuevo aspirante a líder, comenzaron a entrever al posible sucesor del brujo Fragante si en la aquesta de la urnas derrotaba al enviado del agreste sevillano, y algunos más despabilados se atrevieron a presagiar para un futuro no muy lejano el más terrible duelo que el reino viviera desde los tiempos de gran Rocinante. Por un lado el bello y cruel Felipe, trovador insigne, virrey de Sevilla y reconocido en Oriente y Occidente como el mayor hacedor de parábolas que los tiempos vieran, y que sólo con su verbo como daga había dejado malheridos en sin par batalla al valeroso Duque de la Eterna Promesa y al no menos arrogante gran brujo Fragante.

          Por otro lado estaba el muy aventajado trovador aspirante, todavía demasiado joven y sin tener la crianza que otorgaban los reveses que servían para moldear las agallas. Pepito, ambicioso y sabedor de sus poderes, muy preparado estaba para emprender tan singular batalla. 

Octubre 3, 2006

Capítulo 2 Graznarín

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DE CÓMO DECIDIERON DESFACER ENTUERTOS Y SALIR EN BUSCA  DE AVENTURAS Y PRESTIGIO QUE A OÍDOS DEL GRAN BRUJO GALLEGO LLEGARAN.  

Durante un largo periodo anduvieron Graznarín y Coces aprovechando las horas de recreo y asueto para abrir un intenso debate sobre cuales deberían ser los pasos a seguir que les situaran en el menor tiempo posible en los umbrales del poder. 

            Andaba el reino dividido en dos importantes bandos, aunque con desiguales fuerzas. Uno estaba dirigido por un viejo brujo gallego bullidor, parlanchín y dominante, pero inmenso trabajador al que era difícil pillar en doblez. El gran Fragante muy temido era cuando organizaba un aquelarre, de infinidad de trucos disponía, pócimas, conjuros y maldiciones para abatir a los pobres ingenuos que trataran de derrocarlo, y su memoria de ballena nunca olvidaba a aquellos infames sujetos que le traicionaban. Su mal de ojo siempre perseguiría a los que herejía cometieran contra su inmensa sabiduría.

             En cuanto al otro bando, y más poderoso desde las últimas justas democráticas, estaba regido por dos insolentes espadachines sevillanos, vocingleros, filibusteros y ambiciosos, de lengua viperina y modales plebeyos que, amparados en su juventud y en el oscuro pasado del gran Fragante, habían sido encumbrados como los grandes revolucionarios que libertad, igualdad, fraternidad, europeismo y OTAN al reino traerían. 

            Existía un tercer grupo con representación global, aunque era mucho menos extenso en número de adeptos que los anteriores y que tenía como líder y califa al gran pensador Boabdil el rojo, el último monarca comunista que en el mundo quedara. Amigo de la reflexión y de fuertes creencias religiosas, pasábase la mayor parte del tiempo rezando en su mezquita. De tarde en tarde, y sin previo anuncio, de su minarete salía y devastadora andanada lanzaba contra barco que a su puerto se aproximara, y dábale igual que lo tripulara amigo o encarnizado rival, pues muy dañado saldría de la refriega quien a tiro se pusiera. 

            Por supuesto existían otros grupos de gran enjundia y poder, pero muy lejos se encontraban y a todo el reino su poder no abarcaba. Esos últimos bandos pareciénronles a nuestros héroes que mucho distaban de saber apreciar las grandes gestas y  victorias que prestos a conseguir estaban. 

             Pepito y Curro se aplicaron y con esmero estudiaron las ventajas e inconvenientes que presentaban los dos bandos dominantes para encontrar al que sus inmensas cualidades mejor conviniera. Muy pronto el clan de los sevillanos descartado fue. Recién formado estaba, gozaba de buena salud y enorme lista de espera había entre sus fieles vasallos para obtener los altos cargos que el estado necesitaba. Además, tanto a Pepito como a Curro les habían enseñado en el colegio que las hordas socialistas y comunistas más devastadoras eran que los vándalos del norte, y toda buena gente sabía que a los niños y curas se comían. Ellos, fieles creyentes, no querían desobedecer a maestros tan cultos, honestos y religiosos. Así que como buenos y honorables caballeros causa tenían por la que luchar y enemigos acérrimos a quienes combatir en su santa cruzada: el  virrey Felipe de Sevilla y Arfonzo el Batallador eran los temibles infieles a los que se tendrían que enfrentar en sanguinarias contiendas que superarían a las más grandes batallas que jamás se narraran en novelas de caballería. 

            Decididos estaban a unir sus fuerzas a las del gran brujo Fragante. Sabido era en todo el reino que el viejo estaba cansado y decíase que buscaba sucesor al que enseñarle todos sus conjuros y pócimas secretas, que dotarían de un poder omnímodo y sobrenatural a aquel afortunado que le sucediera. Graznarín pensó que si todas sus cualidades aprovechaba, podría ser el sucesor del gran brujo, pero un grave problema existía que solución fácil no tenía. Si el presunto heredero no se presentara muy bien preparado para superar las temibles pruebas que el Gran Fragante pusiera, toda la ira de éste caería sobre el ingenuo que profanara su templo, y el desdichado impostor y farsante desaparecería para siempre de la faz del universo. El muy apuesto y valiente Barón Restringe y el emprendedor hidalgo Hernandito de la Mancha con las pruebas del brujo osáronse enfrentar. Intención tenían de alcanzar poderes sobrenaturales, pero escaldados y lacerados salieron de tan terrible embate y nunca jamás en la noche de los tiempos se supo de aquellos nobles impetuosos y no muy sensatos caballeros que al sitial del brujo optaron. 

            Coces pensaba que a ellos jamás les pasaría semejante desgracia, puesto que fuertes e ingeniosos eran y muy partidario se mostraba de coger al toro por los cuernos e ir directos al castillo. 

            –No creo yo que tan fieros sean los brujos como los pintan –dijo con gran suficiencia. 

           Pero Graznarín considerábase más astuto y por algo era el jefe. Pensó que no precipitarse la mejor solución sería, y dejar pasar el tiempo con paciencia, una postura sensata. No podían presentarse en la corte del Fragante en inferioridad de condiciones y sin presentar unos avales con los que muy poderosos parecieran.

            –Apreciado y precipitado Curro, si el gran Fragante viésenos desesperados y ansiosos de poder, nuevas víctimas seríamos de sus temibles y despiadados conjuros, y tal vez diésenos pócima secreta que en burro, en cerdo o en serpiente nos transformara con sus grandes poderes sobrenaturales, y nunca más volviéramos al mundo de los seres pensantes. 

           –Mire vos por mi bien, por su corazón se lo pido, que de burro yo no quisiera vivir. Si es preciso prefiero águila, león o incluso buitre. Yo seré bruto, pero nunca burro mi señor –dijo Curro, preso de un gran congojo. 

           –Anímate hombre y no subestimes mi ingenio. Ten presente que no estás sirviendo a un mago primerizo que vulgares palomas saca de un pañuelo, ni pobre buhonero soy que venda falsas recetas de jarabe medicinal. Alquimista pude ser, pero qué era la piedra filosofal para alguien que puede crear un mundo real sin necesidad de colas de lagartija o hierbas secretas. Yo soy el cerebro Curro, la mente pura y diáfana que todo lo ve. Yo a la meta llegaré sin cadenas que me paralicen, sin hilos que me dirijan, sin mordazas que en mudo me conviertan. Sólo mi trovo y mi ingenio bástanme para romper cadenas, burlar conjuros y exorcizar brujerías. 

           –Cuanto más oígolo mi venerado caballero, más me fío de los poderes de sus pláticas verbales. Mas, ¿cómo piensa vuesa merced vencer a tan temible brujo? 

           –Nada de vencerle Curro, convencerle hemos con una valiosa ofrenda que en señal de concordia y amistad le daremos. 

           –¿Cómo? –dijo muy sorprendido– Perdone señor Graznarín, pero riquezas no nos sobran. ¿Qué ofrenda podremos hacerle al grande brujo para su plena confianza lograr?    

           –Una ínsula, tenemos que conquistar una ínsula valiosa para ofrecérsela al gran Fragante en señal de estima y respeto a su mandato –dijo Pepito, convencido de su gran astucia.  

          –Perdone el señor la lentitud de mis cavilaciones, pero cuéstame horrores encontrar las grandes ventajas de vuestro plan. Pienso yo que si le damos una ínsula al brujo, con más poder él contará y nunca querrá renunciar a su trono.

            –Mira Curro, aquello que oyeres no siempre significare lo que pareciere. Una ínsula conquistaremos a las huestes del desalmado virrey de Sevilla y a los pies de Fragante pondremos, pero nuestra gesta que pareciera el noble gesto de dos fieles súbditos honestos, refinada artimaña es para que el brujo nos conceda audiencia en su corte y nos considere dignos depositarios de sus poderes y conjuros, y gobernadores en su nombre de esas tierras nos proclame. No es lo mismo mi fiel Curro ir a por el trono y salir por la tronera, que ofrecer ínsula y quedarse con imperio. 

           –Qué grandes son tus proclamas amo mío, ya conformárame yo con saber decir algunas de esas fermosas palabras que tan bien colocadas salen de tu boca. 

           –Tiempo al tiempo estimado amigo, pronto, muy pronto poder notable tendrás para que tus dichos dejen de ser coces y se conviertan en leyes. Y las leyes, leyes son y el pueblo las respeta como si de mandamientos divinos se tratara. 

           –Séalo mi señor, séalo como vos decís, que mi emoción muy grande será cuando ese día llegue. 

               Y tras esta acertada decisión, Graznarín y su escudero Coces subieron a su vespa y emprendieron el camino de Castilla para hacer frente a su más dura prueba: la que le podría suponer al valiente trovador el ascenso a la orden de caballería de la Santa Cruzada del gran brujo Fragante.

Octubre 1, 2006

Capítulo 1 Graznarín

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DE CÓMO GRAZNARÍN HÍZOSE AMIGO DE COCES Y JUNTOS PROYECTARON GLORIOSAS AVENTURAS POR UN REINO DE DESDICHAS EN BUSCA DEL PODER.             Era Pepito Graznarín un joven muy despabilado, de ágiles entendederas y de fluido verbo dotado que permitíale componer hermosos y variados trovos. Estudiaba con ahínco en un prestigioso y clerical colegio, de mucho pago, para convertirse en un hombre muy preparado, sagaz, emprendedor y de provecho para la sociedad en el día de mañana. Con un brillante abogado soñaba su madre, con un eficaz funcionario conformábase su padre, pero Pepito ambiciones secretas tenía y sus miras puestas en un lugar mucho, pero que mucho más lejano, aunque planteárselo no quiso a su familia ni afines por temor al escarnio.           

      Junto a sus indudables capacidades intelectuales no uníase un cuerpo esbelto, espigado y musculoso que levantara pasiones, ni siquiera tímidas adhesiones. Menudo era, con flequillo de monaguillo obediente o de aprendiz de novillero impaciente. Sus cejas, hermosas autopistas de pelo negro, tenían cierta tendencia a unirse sobre su apéndice nasal, lo que hacía prever un brillante futuro conciliador entre extremos, pero Pepito aún no había captado esa brillante cualidad de mediador y aterrábale que le pudieran llamar unicejo o cejijunto, u otras cosas peores que se podrían decir. Visto que de debajo de la nariz brotáronle hermosos filamentos, fuertes como cerdas, diose cuenta nuestro héroe de la gran ventaja que muchos políticos le sacaron a frondosos, pequeños, retorcidos, salvajes, siniestros y extravagantes bigotes. Ese era el elemento clave que complementaría su incuestionable personalidad de líder nato que fuera querido, respetado y aclamado por las masas.   

      Pero Pepito no era feliz, triste estaba porque ni la prole, ni tan siquiera los prójimos que le rodeaban, habían sabido descubrir sus infinitas cualidades políticas. Tras sonoro fracaso en las elecciones a delegado de clase, en las que fue el único candidato propuesto, se dio cuenta de que su complejo carisma no era entendido por las masas. Graznarín se sumió en una profunda y trascendente reflexión y, tras muchos dimes y diretes, llegó a la acertada conclusión de que toda empresa política no sólo necesitaba de brillantes trovadores de verbo sonoro y claro, capaces de inventar verdades y que tuvieran una personalidad emblemática y porte regio. Para que su proyecto triunfara y extenderse pudiera por toda la faz de la tierra y allende los mares, necesitaba de un brazo aliado fiel y fuerte, muy devoto a sus ideas y de no sobrada sesera para que complejas preguntas no hiciera, y sobre todo y más importante, que siempre presto a defenderle estuviera de agresiones y afrentas, y a los miserables rompedores de proclamas y trovos amedrentar pudiera y su merecido les diera si a la razón de su lógica no se atuvieran.        

       Andaba por el colegio un joven fornido y bravucón, con semblante de bruto labrador y pose de noble maniquí, hidalgo, cursi y altanero por los finos tejidos que componían su selecta indumentaria. Este sin par y aguerrido personaje era temido y evitado por todos los estudiantes, profesores y clérigos con sotana que por el colegio andaban. Su espíritu pendenciero y los golpes por él lanzados, tanto de palabra como de obra, le habían convertido en el mancebo más duro y temerario de la comarca y alrededores. En el colegio era conocido por “Coces” aunque nadie que en sus cabales estuviera había sido lo suficientemente osado para nombrárselo en su cara. Curro, que era el nombre del que Coces presumía, aparte de sus notables cualidades físicas y de su facilidad para la provocación y amenaza, no debía de ser muy tonto puesto que los cursos aprobaba y en convertirse en alguien muy poderoso confiaba. 

           Un día paseaba Pepito triste y cabizbajo por el patio del colegio, iba pensando en cómo podría un brillante joven normal hacerse respetar en un mundo hostil en el que sólidos valores tradicionales de la familia habían sido aplastados por unos melenudos de abrigos largos y lanzadores de proclamas hippies de amor libre, vivencia comunal y que puño en alto pregonaban los peligrosos valores de la anarquía, comunismo y libertad. Curiosamente, presumían todos ellos de haber estado en París durante la excursión de fin de curso de mayo del 68, mientras él se tuvo que conformar con una modesta visita a la feria del campo, y mucho fue el disfrute recibido cuando vio en televisión una hermosa demostración sindical en la que miles de trabajadores, vestidos de inmaculado blanco, realizaban hermosos y bien planificados ejercicios gimnásticos. 

            En un banco del patio se encontraba Curro mondando y devorando con saña una enorme bolsa de pipas. Solo estaba y su rostro fiel reflejo era de la satisfacción que producía el estómago lleno. Pepito, siempre ágil, pensó que fiera bien comida el peligro perdía, y dócil y juguetona mostrarse podría si con habilidad sus piezas movía. Mejor momento de abordaje nunca hallaría. 

           –¿Sentarme puedo en aqueste lado? –preguntó Pepito, situándose a la diestra de su banco.   

           –Bueno, pero tú no pienses que pipas a mi costa comerás –respondió Curro con cierto resquemor.

           –Regaliz prefiero maese Curro –dijo, mientras sacaba varias barritas del bolsillo–. ¿Quiere vuesa merced una? 

           –Bueno, comerémela más tarde –contestó al tiempo que las cogía todas. 

           Desde ese momento los dos pensaron que habían ganado la batalla. Pepito cerciorado estaba de que contaría con un brazo poderoso y fiel a su lado por el módico precio de una barras de regaliz; mientras Curro había logrado a un suministrador que no le exigía pipas a cambio, y que parecía fácil de doblegar en caso de afrenta o disputa. 

           –¿Qué glorioso futuro vislumbra en lontananza vuesa merced lograr? –preguntó Pepito. 

           –¿Qué has dicho? –dijo Coces, preparando el puño por si de agresión, mofa o insulto se tratara. 

           –Te decía que qué quieres ser de mayor. 

           –¡Ah! ¿Se trataba de eso?  

          –Claro, ¿qué habías entendido vos? 

           –Algo parecido ciertamente. Para vuesa complacencia os diré que importante y muy poderoso caballero seré. 

           –¿Cómo lo piensas conseguir? Suponiendo que impropia la pregunta no consideres. 

           –Aún no lo sé, pero ten por seguro que lo lograré. Y tú, ¿qué quieres ser?  

          Pepito, antes de contestar, rígido puso su cuerpo y situó en posición enhiesta su precoz bigote. 

           –Yo líder, el líder político más importante que esta Europa haya dado, diese o diere.  

          –Pero, ¿tú sabes cómo hablarle a las masas y que ellas te sigan sin condiciones? 

           –Claro que hablar sé, nunca lo dudes maese Curro. Trovador soy, mi palabra es fluida y mi verbo locuaz, es más, sé muy bien lo que sugiero cuando digo y conozco plenamente el sentido de lo referido. Yo puedo convencer a todos los que me oyeren de que mis relucientes argumentos aportan las mejores ideas para que el cumplimiento de la felicidad llegara a la nobleza, hidalgos, plebeyos y demás gente de baja alcurnia.  

           –Joder, eso es la leche –dijo Curro fascinado–. Con esas palabras tan bien arrejuntadas pudieras lograr todo lo que quisieras.  

          –Palabras solas, aunque sonoras, no bastan y problema grave es conseguir que el vulgo se siente presto a escucharme con devoción. Mi presencia aunque altiva, no deslumbra tanto como mi trovo, y sabido es por anunciantes, camelantes y demás publicitarios liantes que imagen fermosa vende más que cientos de párrafos pulidos y esmerilados –dijo Graznarín con cierta resignación.  

          –Por eso preocuparte no debes mi buen amigo, conmigo a tu lado nadie se atreverá a moverse del asiento, y si yo, sin grandes entendederas, pasaríame siglos que no horas escuchando vuestro rico verbo; el resto del mundo, ¡vive Dios que ha de hacerlo, como me llamo Curro, y Coces me apodan!   

         –Si fiel a mi causa permanecieres, te prométo que haré de ti el hombre más poderoso y temido de este país –proclamó Graznarín con gran solemnidad.  

          –Y tú, ¿qué sacarás con ello?   

         –Yo seré el líder más venerado, respetado y querido que nunca haya existido en oriente y occidente.   

         –De acuerdo –dijo Curro inmediatamente, sabiendo que la veneración, el respeto y el cariño, aunque valiosos, eran cosas intangibles y perecederas, pero el poder era el poder, como su propio nombre indicaba, algo real, directo y nada volátil, y nadie como él lo sabría administrar. Y pobre de aquel que oponerse intentara a sus rectas medidas disciplinarias, pues con su ira topara, que aún no siendo divina para apaciguar a los humanos bastaba.     

             Y así es cómo se conocieron y pactaron sobre su glorioso futuro don Pepito, señor de Graznarín y su fiel y pendenciero escudero Curro Coces. Con esmero se prepararon para lanzarse a un mundo lleno de aventuras y peligros, donde ellos serían los cruzados que impusieran el orden y la paz a cambio de ser proclamados, en solemne ceremonia, como los salvadores de la humanidad.

Septiembre 29, 2006

Prólogo Graznarín

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PRÓLOGO  

         Prometo por mi honor, si es que lo tuviere, que este libelo lejos está de buscar agravios y disputas, y en momento alguno dañar he pretendido el honor de personas eminentes y honradas, y si algún noble señor de alta alcurnia ofensa viere, fincado de hinojos perdón le suplicare, pues no ha sido fin de este modesto farsante entablar pleitos ni habitar cárcel. Sin buscar una estricta fidelidad ni un preciso reflejo histórico he afrontado los acontecimientos aquí narrados. Sólo escribir una modesta e imaginaria historia de caballerías he pretendido.   

          ¿Por qué escribir novelucha caballeresca cuando ha cientos años desaparecer caballeros? ¿Por saña? No, por hambre.  

        Este plebeyo de baja ralea y nula alcurnia parado está y sin recursos pecuniarios muy difícil es engañar al estómago. Mas como el ingenio es libre y no necesita de títulos ni prebendas, y el Señor no se fija, cuando lo entrega, si su portador será un noble empresario, rico banquero, afortunado heredero, político insigne, clérigo devoto, militar poderoso, como habría de ser menester; o por el contrario, lo reparte de forma irresponsable a pobre labrador, explotado minero, molesto mendigo, peligroso pensador, rufián sin prejuicios o inútil parado. Y yo me pregunto, ¿qué puede hacer con el ingenio alguien que no lo merece, según dicen las normas sociales decentes? Puesto que devolverlo no puedo, la televisión no me divierte y a lobotomía no me presto; en papel, tinta y palabras he invertido mi modesto entendimiento que no mi dinero puesto que de él carezco y su color ignoro.             Si de algo es millonario un parado es en tiempo, y díjeme para mis adentros que se acabaron las quejas, los lamentos y los lloros por mi infortunio. No más colas en el paro ni tarjetas de desempleo, no quisiera que sólo las estadísticas reflejasen mi inadaptación al muy justo sistema de oferta y demanda que incorruptos empresarios sugieren y el gobierno, como brazo ejecutor, libremente impone.

         El lector libre es de leer o ignorar lo que aquí se narra, de reírse o de llorar, de mofarse o de indignarse, aunque la sonrisa mucho mejor para la salud es que la rabia. Y si este panfleto no se vendiera, ni leyera, ni publicara, ni divirtiera, seguramente yo ingenio no tuviera ni mi hambre saciara, pero al menos quedaríame papel impreso para comer y rico en celulosa es, y puesto que parado sin dinero, sin ingenio y sin subsidio por desempleo en plantita se convierte, buena sea la celulosa para el crecimiento de este geranio y suplico que mano piadosa lo riegue de vez en cuando con la esperanza de que flor brotara que al menos belleza diera.

Las aventuras del ilustre caballero Graznarín el trovador y su escudero pendenciero

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En el primer escrito de mi recién inaugurado cuaderno de bitácora comentaba que estaba dispuesto a incluir alguna obra que considerara adecuada para este tipo de publicación que se lanza a la red en busca del lector desconocido. Para empezar no lo hago con un cuento o relato breve, no, voy directamente con un novela que ofreceré en treinta y tres capítulos, que iré alternando con otras reflexiones o apuntes en mi cuaderno durante los próximos meses.           

Esta novela fue la tercera que escribí, aunque siempre me costó incluirla en el currículum junto al resto de mis novelas. No nació con una idea clara sino como consecuencia de un intento fallido. Tengo que remontarme hasta el Festival de Teatro Clásico de Almagro del año 96. Había acudido a visitar a unos amigos que se dedicaban a la farándula. Por entonces no tenía pensado instalarme en la ciudad. Mis amigos colaboraban con una emisora de radio haciendo entrevistas a distintas personalidades que acudían al festival.  

Durante ese fin de semana llegó a la ciudad el recién estrenado Presidente del Gobierno y mis amigos se estrellaron con las férreas medidas de seguridad en su intento de entrevistarlo. Recuerdo que estábamos en el salón de su casa con otra pareja de actores amigos que también estaban de visita en la ciudad. Yo comenté la posibilidad de grabar una hipotética entrevista a un supuesto presidente y a una supuesta ministra de cultura. A partir de ese momento todo ocurrió de forma vertiginosa. Yo iba escribiendo el guión en hojas sueltas y se lo pasaba para que ellos lo grabaran. En menos de media hora habíamos terminado y la entrevista se emitió al día siguiente en la emisora provocando un gran revuelo entre los que la aplaudían y sus detractores. De hecho se tuvo que emitir la grabación otro día. Yo no guardé las hojas que había escrito y el guión se perdió, pero una idea comenzó a rondarme y no me podía deshacer de ella, a pesar de carecer de interés por escribir algo que tuviera que ver con los políticos.           

Durante varios meses me dediqué a ello con ahínco hasta que consideré que había llegado el momento de enviar la novela a un par de editoriales y a algunos premios de novela humorística, pero el silencio fue la única respuesta que recibí. Otros proyectos fueron pidiendo paso y la caballeresca novela permanecía enquistada en el ordenador.           

Han pasado diez años y no la he dejado a muchos lectores. Entre mis proyectos no se encuentra editarla porque mi línea va en otra dirección, pero me da pena que quede olvidada para siempre.           

Así que en este cuaderno se podrá leer esta parodia política, escrita en clave de novela de caballerías, que en ningún momento pretende hacer un ajuste de cuentas con nuestros gobernantes. Sólo se trata de una irónica versión que un parado realiza, sin mantener ningún rigor histórico, de la situación política de los años noventa. Pepito Graznarín y Curro Coces son dos jóvenes aspirantes a políticos triunfadores que emprenden una cruzada a través de siniestros caminos, en la que han de superar terribles pruebas y celadas para alcanzar la más formidable de las conquistas: EL PODER.    

Septiembre 28, 2006

Del autor al lector

Archivado en: Uncategorized — ebaobab @ 12:01 pm

Bajo este lema, que puede sonar pretencioso, no se esconde un propósito meramente publicitario en donde se ofrece al lector la posibilidad de estar en contacto con el autor de la obra que está leyendo. Con él pretendo reflejar un compromiso que en la actualidad, y ante el mercado editorial existente, no se da: que el escritor sea responsable y dueño de su propia obra, desde que la concibe hasta que se entrega al lector editada en libro.           

 Se dice que en España se publica mucho, y probablemente sea cierto, pero no se dice qué es lo que no debe ser editado, como tampoco se dice que existen obras de gran calidad que son desconocidas porque nadie ha pensado que se pueda hacer un buen negocio con ellas. No hay que engañarse, el principal afán y casi único del mercado editorial, cada vez más globalizado en torno a grandes grupos mediaticos, es hacer negocio en el menor tiempo posible sin reparar en la calidad de lo ofrecido: la literatura de amortización rápida. Hay editores que aparecen como auténticos mecenas en los medios de comunicación, pero son los mismos que se niegan a leer una sola página de un manuscrito que llegue a su editorial si no va avalado por una prestigiosa agente literaria, que a su vez tampoco admite recibir cualquier texto en su agencia porque su tiempo es muy valioso para perderlo leyendo.           

En televisión y prensa escrita cada cierto tiempo aparece la entrega de un premio importante, y todos quedamos subyugados por la cantidad de dinero que se va a llevar determinado escritor. No hay que olvidar que los premios más cuantiosos sólo están al alcance de los escritores más conocidos o de aquellos comunicadores que gozan de una gran influencia mediática. Cada cierto tiempo aparece alguien nuevo en quien hay mucho interés en promocionar, y no siempre por su calidad literaria. Una gran editorial no da premios de doscientos a seiscientos mil euros si no tiene la confianza de recuperar su inversión multiplicada al menos por diez. Y no hay que olvidar que un premio sólo supone el anticipo de los derechos de autor. El escritor firma un contrato por el que entrega su obra a la editorial durante un periodo mínimo de veinticinco años por el que no cobrará un céntimo hasta que no esté amortizada toda la inversión. Pondré un ejemplo que ayude a comprender la situación: para un premio dotado con trescientos mil euros y con un precio de venta al público de 18 euros por ejemplar, habría que vender 175.000 libros para que el autor volviera a cobrar el 10% que le correspondería de su obra. No hay que ser muy lúcido para darse cuenta de que en muchos casos no basta con veinticinco años para vender esa cantidad de ejemplares.           

No pretendo hacer más cálculos ni afirmar que ganar un premio cuantioso sea un negocio ruinoso porque todos los que nos dedicamos a la literatura tenemos vanidad y nos gusta el reconocimiento. Lo que pretendo demostrar es que el autor no es el auténtico protagonista, porque sólo mantiene el diez por ciento de la propiedad de su obra (en algunos casos sólo el 8%) cuando firma un contrato con una editorial. Puede figurar como autor del libro, pero la propiedad no es suya y carece de poder de decisión sobre cómo deber ser editada y presentada a los lectores. Y todo esto sin hablar de aquellos escritores que son publicados y cuya novela no se vende en una primera edición. En ese caso, ni ganaran dinero ni podrán recuperar el dominio sobre su obra.            

Mi propia experiencia me lleva a reivindicar la figura del escritor-editor y vendedor de su propia obra. Con esto no pretendo decir que haya que hacer la guerra a las grandes editoriales porque esa es una batalla perdida de antemano; lo que quiero trasmitir es que la mayoría de los autores con un mínimo de experiencia sabe cuando su obra está preparada para ser publicada y cómo le gustaría que se editara.

Sé que muchos se asustan cuando se habla de autoedición porque suena a ruina y a falta de calidad. Creemos que se trata de un trabajo farragoso con la imprenta y tememos que la obra permanezca siempre condenada al ostracismo al tener una mala edición y nula difusión. Muchos escritores se niegan a abandonar el territorio donde se sienten cómodos y dicen no entender de diseño, maquetación y presupuestos. Y creo que este temor surge porque posiblemente no nos hayamos detenido a poner precio a nuestro trabajo y no sólo en lo artístico. ¿Cuántas horas dedicamos a escribir una novela? Ya sé que es muy difícil de cuantificar porque no sólo cuentan las horas que pasamos delante del ordenador, puede que otro tanto o más tiempo lo pasemos pensando en la historia, en los personajes y en cómo estructurarla. Pero supongamos que le dedicamos un total de mil quinientas horas –lo habitual es bastante más–, aproximadamente las horas laborables de un trabajador al cabo de un año. Si tenemos en cuenta que el trabajo de escritor requiere de cierta calificación profesional, podríamos deducir que esas horas de trabajo nos podrían aportar un salario anual de unos veinticuatro mil euros. Luego habría que añadir lo que nos gastaríamos en la impresión, encuadernación y envío de copias del manuscrito a editoriales, agentes y concursos literarios; y, posteriormente, ante la ausencia de una respuesta satisfactoria nos cuestionaríamos dónde nos hemos equivocamos y revisaríamos toda la obra para cambiar una serie de detalles que la hicieran más atractiva, otras muchas horas que sumar. A todo esto hay que añadir la sensación de provisionalidad con que realizamos nuestra labor. Los escritores nos sentimos amparados cuando mostramos un manuscrito porque sabemos que no se trata de algo definitivo, que el compromiso con la obra no está cerrado del todo porque faltaría una última revisión antes de la edición. Pero si el tiempo pasa, y nuestra obra no encuentra el interés de los que tienen poder para editarla, podemos darla por perdida, y en ese caso no cuantificamos el valor de todas las horas invertidas en su creación porque la depresión nos habrá vencido.

Algunos escritores desisten tras el primer fracaso, otros aguantan hasta el segundo, pero hay otros que no podemos desistir por más reveses que recibamos. En mi caso, no vivo la literatura como una experiencia artística, está más cercana a una necesidad vital descubierta tarde y a la que ya no puedo renunciar. Yo no escribo con el afán de encontrar a muchos lectores –lo que no me disgusta–, sino por la necesidad de sacar a la luz las historias que guardo en mi interior y que se podrían convertir en dañinas si se quedaran enquistadas. Tras largos periodos de espera y bastantes decepciones, me he negado a deprimirme ante la ausencia de respuesta que han recibido algunas de mis obras y he decidido culminar el ciclo con varias de ellas, en función de mis posibilidades económicas, que son limitadas.

Puede que me precipitara al publicar mi primera novela «La futura memoria» en 1997, pero ahora sé que no me equivoqué, a pesar de que haya supuesto un fracaso económico y de que guarde muchas cajas de libros que me cuesta encontrar sitio para almacenar. Aquella novela supuso el inicio de un compromiso que hasta varios años después no he sabido entender. Me permitió desprenderme del manuscrito, como si fuera un hijo ante la mayoría de edad, y dejar que la novela quedara a merced de los lectores. Las opiniones que recibí me ayudaron a creerme escritor y los ingresos obtenidos, a añadirle el adjetivo de maldito o proscrito, que es un recurso estilístico para definir la pobreza económica en un escritor. Después de aquella experiencia seguí escribiendo teatro, cuentos y nuevas novelas.

Cuando el escritor pasa a ser editor se vuelve más exigente con su propio trabajo y deja menos margen al azar de que aparezca un hada madrina que lo descubra y lo lance a la fama. Un día, después de muchos meses de trabajo, de cuatro revisiones y de algunos rechazos editoriales y silencio de concursos, supe que había terminado mi tercera novela: «Y el pirata creó el mar». Había llegado el momento de editarla o de olvidarla para siempre porque esa historia respondía a un periodo de mi vida y si un día volvía a retomarla la debería escribir de una manera distinta. Decidí que había llegado el momento de recuperar mi sello editorial: Baobab Ediciones, pero en lugar de hacerlo con precariedad, como en mi primera experiencia, decidí darle un acabado al libro que estuviera a la altura de las mejores editoriales. Tengo la fortuna de contar con un amigo que es un gran diseñador gráfico, y se involucró en la historia realizando un trabajo impagable, tanto en el diseño de portada, maquetación, como seguimiento en la imprenta.

Al principio parecía que iba a seguir el mismo camino que mi anterior novela, pero poco a poco se fue abriendo camino entre algunos lectores que tuvieron fe en la historia y me ayudaron a difundirla. Esa acogida, todavía a pequeña escala, me permitió seguir el mismo camino con mi siguiente novela: «Cuatro hilos para un epitafio», con la que quedé finalista del Premio Emilio Alarcos Llorach 2004.

El siguiente paso fue abrir en 2005 mi propia tienda frente al Corral de Comedias de Almagro, donde bajo el lema Del autor al lector ofrecí y sigo ofreciendo mis obras a los lectores, lo que ha supuesto un considerable aumento de las ventas de mis libros y el incremento de los títulos editados, a lo que también ha ayudado la concesión de Premio Río Manzanares de Novela 2005 a mi novela Papel carbón, la primera de la que no soy editor. Pero lo más grato de esta experiencia es el contacto cercano con los lectores, escuchar los comentarios que hacen de los libros y sus palabras de ánimo para que siga escribiendo. Me gustaría saber cuantos de los escritores reconocidos serían capaces de trabajar de cara al público y defender su obra ante los lectores.

Ahora, después de nueve años nadando contra corriente, sé que el esfuerzo merece la pena y estoy preparado para editar la siguiente novela en primavera, sin depender de las imposiciones de una editorial, ni de los gustos de los jurados de los premios literarios, ni de los consejos de los agentes sobre la línea argumental y estilística que debo seguir con las novelas que escribo.

En los últimos tiempos varios escritores se han puesto en contacto conmigo confiando en que yo pudiera editar su obra. A todos les he contado mi experiencia y les he dicho que la inversión en la edición de un libro se puede equiparar al veinte por ciento del valor de las horas que dedicamos a su creación. Si uno está convencido de que la obra tiene valor, el precio a pagar no es muy alto, aunque también cabe la posibilidad de que no se disponga de unos recursos mínimos para afrontar el gasto, que en ningún caso es superior al cobrado por las empresas de coedición. Pero todo escritor que afronta su propia edición tiene algo muy claro: él es el único propietario de su obra y sabe que cuenta en sus manos con una buena tarjeta de presentación en el caso de que algún día tenga que negociar con agentes o editores.

            Por último, paso a lanzar una idea para que la analicen aquellos escritores que se encuentren en una situación similar o los que alguna vez se han planteado dar este paso y no se han atrevido. La gran dificultad que tenemos los escritores que creamos nuestro propio sello editorial es la difusión y venta de nuestra obra, y después de todo lo que he dicho me parece que sería absurdo defender la teoría de que hay que buscar un buen distribuidor. Puede que seamos bastantes los que nos encontremos en una situación parecida y hasta es posible que no fuera una mala idea crear un espacio de encuentro desde el que se pueda ofrecer nuestra obra, algo parecido a un gremio de escritores independientes, donde a través de una página web uniéramos nuestra experiencia de cara a una mejor difusión. No pretendo decir que creemos un sello único ni que afrontemos nuevos gastos que no podríamos soportar. Cada uno seguiría siendo el editor y almacenista de sus propias obras, pero a través de un sello externo podríamos darnos más fácilmente a conocer y tomar algo de peso en el mercado literario. Sé que falta mucho por discutir, pero creo que la idea no es descabellada, y para los que hemos andado mucho tiempo por caminos tortuosos sólo supone un pequeño paso más. Se admiten todo tipo de sugerencias.

Francisco Romero

Septiembre 27, 2006

Y el pirata creó su cuaderno de bitácora

Archivado en: Uncategorized — ebaobab @ 6:04 pm

Aquellos que me conocen y que se han aventurado a leer mis novelas o piezas teatrales, saben que mi primera incursión en el mundo de los blogs (extraña e insulsa palabra que trataré de evitar) no podría llevar otro título. Pronto se van a cumplir ocho años desde que una fría mañana estaba en el Corral de Comedias de Almagro vendiendo las entradas para la representación de la noche. No recuerdo si se trataba de La Mandrágora, Entre bobos anda el juego o El médico a palos. No era un día en que hubiera muchos turistas en la ciudad y parecía que no íbamos a vender muchas entradas. Desde detrás de la reja de la ventana miraba la plaza, mientras el viento frío se incrustaba hasta los huesos. No parecía un día ideal para que la inspiración se acercara y me ofreciera una buena historia. Por entonces mi bagaje literario no era amplio: una novela autopublicada y otra terminada (ambas nacidas de guiones que nunca llegaron al cine). También había escrito varios cuentos, tres obras de teatro y otros guiones que estaban guardados en carpetas después de que un productor me amenazara con echarme del mundo del cine al negarme a alterar uno de mis guiones que él quería producir.        

   Después de muchos años de pensar en ello, sigo sin saber por qué algunas ideas que considero buenas terminan olvidadas en un callejón sin salida, mientras otras que no parecen muy originales me guían hacia hermosos caminos que merece la pena transitar.        

   En aquella mañana de otoño una conversación trivial sobre piratas y niños perdidos se convirtió en el origen de Y el pirata creó el mar, la primera novela que escribí sin contar con un guión previo. Entonces estaba muy lejos de imaginar todo el gozo y la emoción que me produjo esa novela, tanto en su gestación como en la repercusión que ha tenido en muchos de los lectores que se han atrevido a leerla y que se han convertido en los principales distribuidores.        

    Ocho años después bastantes cosas han cambiado en mi carrera, aunque sigo siendo un escritor ajeno a las grandes editoriales y a los agentes literarios. Ahora lo veo como una opción en la que merece la pena trabajar bajo el lema: Del autor al lector, con el que mantengo mi sello editorial, Baobab Ediciones; mi página web, ebaobab.com; y una tienda enfrente del Corral de Comedias de Almagro donde tengo toda mi obra a disposición de los que quieran conocerla y darme su opinión.

    Ahora este «pirata» crea su cuaderno de bitácora con el título de La biblioteca de los proscritos, desde donde daré salida a aquello que no cuento en los libros, a algunos relatos y hasta una novela con forma de parodia política por entregas a la que se le pasó el tiempo de la publicación, aunque no el humor con el que miró una época de la historia de España que es difícil de clasificar como reciente o remota. 

Francisco Romero  

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